| Las voces impostadas están por todas partes.
Ahí tenemos esa que en el metro nos informa de la próxima
estación, que casi nunca es esperanza, el “cuiden sus
pertenencias” de las terminales de autobús, el robot
que responde al otro lado del teléfono y con el que la comunicación
es imposible, los actores de cine a los que el doblador de turno
ha robado todo su arte y creatividad, la azafata que antes de despegar
nos recuerda que tenemos un chaleco salvavidas debajo del asiento...
Las voces que menos soporto, no obstante, son las de mis amigos
periodistas que trabajan en la radio o en la televisión:
los tengo tan en mente cuando escucho su noticia del día
que no puedo evitar indignarme por ese empeño que muestran
en asimilarse a un robot en vez de perseguir la naturalidad que
todos llevamos dentro, que en teoría debería ser la
mejor manera de hacer creíble aquello que decimos.
Me exasperan otro tanto esos poetas de pacotilla que inundan algunas
calles (en San Sebastián hay uno en pleno paseo de la Concha)
y recitan con voz de figurín poemas de Neruda y de otros
grandes literatos que cuánto mejor quedarían en una
de esas voces de lija que hablan desde el alma o la enfermedad.
El colmo de los colmos lo sufrí el otro día en el
Museo del Prado, cuando mi acompañante se hizo con uno de
esos aparatos conectados a unos cascos que te explican la historia
de algunos de los cuadros que allí se exponen: las voces
que salían eran más falsas que esas fotografías
de sacar y tirar que hacen las cámaras digitales tan de moda.
En cuanto escuché algo sobre no sé qué cuadro
de Velázquez abandoné el museo rumbo al bar más
cercano en busca del consuelo de un vino que moderara mi nivel de
mi tensión. Tuvieron que ser dos pero al final conseguí
el resultado esperado. Bendito vino.
El problema está en que cada día y en el sitio más
insospechado me vuelvo a encontrar con una de esas voces impostadas,
maquilladas de mentira. Supongo que es lo que tiene vivir en una
sociedad que cada vez que se le presenta la oportunidad no duda
en hacernos tragar palabras e imágenes con el embudo de lo
superfluo y el mal gusto. La palabra escrita, por el contrario,
sigue de capa caída, y cada vez somos menos los románticos
que nos empeñamos en desnudarla a la luz de la pantalla del
ordenador y que creemos que comunicar no es exagerarlo todo, sino
dejar rodar lo que hay, o creemos que hay, dentro de nosotros, que
a lo mejor no es nada pero es nuestro. Que la suerte nos acompañe
porque al ritmo que va la cosa cualquier día de estos nos
ponemos a escribir todos igual y nuestra literatura se asemeja a
una de esas voces impostadas que a ver si se quedan afónicas
de una puta vez y sus autores se callan, que de boca cerrada no
salen moscas.
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