24 de marzo de 2008
Voces
 

Las voces impostadas están por todas partes. Ahí tenemos esa que en el metro nos informa de la próxima estación, que casi nunca es esperanza, el “cuiden sus pertenencias” de las terminales de autobús, el robot que responde al otro lado del teléfono y con el que la comunicación es imposible, los actores de cine a los que el doblador de turno ha robado todo su arte y creatividad, la azafata que antes de despegar nos recuerda que tenemos un chaleco salvavidas debajo del asiento...

Las voces que menos soporto, no obstante, son las de mis amigos periodistas que trabajan en la radio o en la televisión: los tengo tan en mente cuando escucho su noticia del día que no puedo evitar indignarme por ese empeño que muestran en asimilarse a un robot en vez de perseguir la naturalidad que todos llevamos dentro, que en teoría debería ser la mejor manera de hacer creíble aquello que decimos.

Me exasperan otro tanto esos poetas de pacotilla que inundan algunas calles (en San Sebastián hay uno en pleno paseo de la Concha) y recitan con voz de figurín poemas de Neruda y de otros grandes literatos que cuánto mejor quedarían en una de esas voces de lija que hablan desde el alma o la enfermedad.

El colmo de los colmos lo sufrí el otro día en el Museo del Prado, cuando mi acompañante se hizo con uno de esos aparatos conectados a unos cascos que te explican la historia de algunos de los cuadros que allí se exponen: las voces que salían eran más falsas que esas fotografías de sacar y tirar que hacen las cámaras digitales tan de moda. En cuanto escuché algo sobre no sé qué cuadro de Velázquez abandoné el museo rumbo al bar más cercano en busca del consuelo de un vino que moderara mi nivel de mi tensión. Tuvieron que ser dos pero al final conseguí el resultado esperado. Bendito vino.

El problema está en que cada día y en el sitio más insospechado me vuelvo a encontrar con una de esas voces impostadas, maquilladas de mentira. Supongo que es lo que tiene vivir en una sociedad que cada vez que se le presenta la oportunidad no duda en hacernos tragar palabras e imágenes con el embudo de lo superfluo y el mal gusto. La palabra escrita, por el contrario, sigue de capa caída, y cada vez somos menos los románticos que nos empeñamos en desnudarla a la luz de la pantalla del ordenador y que creemos que comunicar no es exagerarlo todo, sino dejar rodar lo que hay, o creemos que hay, dentro de nosotros, que a lo mejor no es nada pero es nuestro. Que la suerte nos acompañe porque al ritmo que va la cosa cualquier día de estos nos ponemos a escribir todos igual y nuestra literatura se asemeja a una de esas voces impostadas que a ver si se quedan afónicas de una puta vez y sus autores se callan, que de boca cerrada no salen moscas.


Gorka Díez
Periodista