31 de marzo de 2008 |
| Semana Santa en
Cuenca |
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| Estar en Semana Santa en Cuenca le permite a uno
contemplar una Cuenca muy distinta de la que se puede ver el resto
del año. Son unos días tan llenos de imágenes,
que huelen tanto a incienso, que hasta la siguiente Semana Santa
perduran en la memoria esos momentos en los que se nos atraganta
la emoción cuando el paso de María Magdalena baja
por la calle Alfonso VIII al ritmo lento y sufriente de la inevitable
condena a muerte de Jesús.
Cuenca, que parece una ciudad resignada, capaz de conformarse hasta
con lo que no tiene, apegada por costumbre a ese 'ea' que viene
a significar algo así como 'qué le vamos a hacer',
es sin embargo una ciudad muy comprometida con sus tradiciones que
en los días semanasenteros muestra lo mejor y lo más
hondo de sí, dejándose llevar por la luz que irradian
todas esas imágenes de la Pasión de Cristo, en su
mayoría realizadas por Luis Marco Pérez, quien en
sus días y sus noches parió obras tan bellas como
la de la Virgen de las Angustias, el San Juan, el Jesús de
las Seis, la Soledad del Puente, el Cristo Yacente o la Verónica.
Prácticamente toda Cuenca sale a la calle para contemplar
las procesiones combatiendo el frío con varias capas de ropa
y tragos de resoli, que no se sabe muy bien qué abriga más.
Claro que esta festividad no sólo está hecha para
ser contemplada, sino también para participar en ella con
la túnica de nuestros antepasados, oculto el dolor bajo el
capúz de la hermandad que nos ha visto nacer, crecer y todo
lo demás que ha habido hasta ahora. Especial mérito
merecen, desde luego, esos valientes hermanos que cargan con su
paso procesional a través de las interminables y empinadísimas
cuestas, de varios kilómetros, que separan el puente de San
Antón de la Plaza Mayor. Eso sí que es penitencia
y una buena muestra de compromiso y amor por lo que somos cuando
nos vemos en el espejo o al mirar atrás.
Todas las procesiones que salen en Cuenca tienen su misterio, su
penitencia y su historia, pero hay una que es algo así como
el estandarte de todas ellas, que sirve para aumentar el valor de
esta festividad en su conjunto y atrae a más público
que el fútbol, que ya es decir: me refiero a esa procesión
Camino del Calvario que encabeza una gran manada de turbos que lanzan
improperios a la imagen de Jesús y hacen desafinar sus tambores
y clarines para sumergir en la máxima crueldad posible los
últimos momentos de vida de quien un año más
pagarará en la cruz por los pecados de toda la humanidad,
que son tantos que lo cierto es que darían para una crucifixión
diaria.
"Ser de Cuenca y no haber visto nunca las turbas, lo mismo
que no pertenecer a ninguna hermandad de la Semana Santa, es algo
así como no ser de Cuenca", me dicen algunos amigos
míos conquenses de nacimiento y corazón, confirmándome
algo que obstante ya llevo seis años apreciando en estos
ciudadanos capaces de vivir otros treinta años sin que se
peatonalice ninguna de sus calles, pero que si les quitaran la temporada
de setas, el resoli y, por supuesto, la Semana Santa, se nos echarían
al monte cabreados y no volverían a Carretería y sus
alrededores hasta que se les garantizara la perpetuidad de sus fiestas,
que todos tenemos derecho a pasárnoslo tan bien como podamos.
Como ocurre en todos sitios, eso sí, en Cuenca también
hay quienes pasan olímpicamente y hasta se atreven a ridiculizar
su fiesta mayor como si estuvieran por encima del bien y del mal.
Es el caso, por ejemplo, de muchos militantes de Izquierda Unida,
que me parece muy bien que proclamen a los cuatro vientos su ateísmo,
que comparto, pero no que menosprecien un acontecimiento sentimental
y cultural que trasciende toda religión: la Semana Santa
es otra cosa. A ver si lo comprenden también ciertos tipos
que conozco, de mente bastante cerrada, que se mosquean cuando alguien
llama Casas Colgantes a sus Casas Colgadas (lo cual viene a ser
algo así como referirse a mi tierra como Vascongadas en vez
de como Comunidad Autónoma Vasca, País Vasco o Euskadi),
y luego no tienen ni idea de en qué procesión desfila
la Soledad del Puente o el Cristo de la Agonía.
Yo reconozco mi ignorancia semanasantera, pero en la medida que
puedo me sumo al sentimiento de la gran mayoría de conquenses
que adoran esta festividad sin par. Y espero animarme a salir un
año de estos tocando el tambor de turbo en esa procesión
de Viernes Santo que no deja indiferente a nadie, ni siquiera a
las piedras, que hay muchas, en esta ciudad. Nada de tirarse en
paracaídas, visitar Nueva York o hacer puenting, como dicen
ahora que hay que hacer los vividores de la burguesía: lo
que tendría que hacer todo el mundo antes de morirse es salir
de turbo en la procesión Camino del Calvario de Cuenca tocando
el tambor desde las cinco y media de la tarde y hasta las doce del
mediodía, aguante el cuerpo o no. No hacerlo equivale a no
conocer Cuenca. O a casi.
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Rafael Azcona
Si Fernando Fernan-Gómez era el actor y Francisco Umbral
el escritor, y los dos murieron el pasado año, ahora a quien
le ha tocado decirnos adiós para siempre es al guionista,
Rafael Azcona, escritor de algunas de las películas más
importantes que se han hecho en este país, como 'El verdugo'
(1963) o 'Plácido' (1961), ese profesional del cine que ha
derrochado la creatividad de la que tantas veces se sirvieron el
director español por excelencia, Luis García Berlanga,
el productor, Elías Querejeta, y muchos otros de nuestros
grandes cineastas, como Fernando Trueba, José Luis García
Sánchez o Carlos Saura.
De su estilo de escritura me gusta esa apuesta por intentar reflejar
lo que pasa en la calle o en el bar, el uso del humor irónico,
muchas veces negro y amargo, como ese inolvidable final de 'Plácido',
su empeño en cederle el protagonismo a los perdedores y antihéroes,
su coherencia ideológica, siempre a la izquierda y siempre
en la acera contraria a la iglesia, y ese rigor consigo mismo y
con el público que le impide caer en los sentimentalismos
baratos y le permite sacar un sentimiento de verdad al mundo que
nos rodea, lo cual es mucho más difícil de lo que
se pueda soñar.
Ahora que se ha muerto nos quedan, como suele decirse, sus películas,
y junto a ellas la esperanza de que entre las nuevas generaciones
salga gente que recoga el relevo de su buen hacer costumbrista con
un pie en la seriedad y otro en una cáscara de plátano
de esas que nos hacen resbalar a todos de la risa. Ahí está,
por ejemplo, ese David Trueba a quien se puede considerar uno de
los más convincentes herederos de Azcona, de quien ha bebido
en guiones como 'Two much' o 'Los peores años de nuestra
vida', aunque dada su juventud todavía le queda mucho por
escribir para que sea posible algún tipo de comparación.
Y tras sus talones hay otras figuras emergentes como el propio sobrino
de David, Jonás Trueba, y ese gran descreído militante
que es Víctor García León: entre los dos firmaron
esa gran comedia agridulce del cine español de este siglo
llamada 'Vete de mí'.
Las expectativas no son malas, pero a pesar de todo nunca se podrá
volver a aquel pasado grandioso que fue el cine de Azcona, sobre
todo en la década de los sesenta. Todo indica que, por mucho
tiempo más, él seguirá siendo el irrepetible,
el único, el descomunal escritor de cine, el guionista español
con mayúsculas. Así que descanse en paz, si es que
al menos allá en el cielo, o donde coño sea que vayamos
a ir a parar cuando nos toca, se puede descansar un poco. Que a
saber.
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Gorka Díez
Periodista
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