| Andaba yo enfadado, demasiado enfadado, con el
que se supone que es mi equipo de fútbol de toda la vida,
o al menos de los primeros años de mi vida, cuando uno no
tiene capacidad para elegir por sí mismo y se hace bandera
de lo que le viene impuesto, lo cual aunque no quiera le marcará
para el resto de años que vendrán después.
El caso es que esta vuelta después de cuarenta años
a la Segunda División de la Real Sociedad ha estado tan plagada
de cambios de presidente, de entrenador, de jugadores, que uno ya
ha hace tiempo que se perdió y ahora es capaz de confundir
a los blanquiazules con un equipo de aficionados que se juntan para
darle al balón los domingos por la mañana y escapar
así de sus mujeres por un rato.
Para colmo, los futbolistas volvieron a hacer de las suyas firmando
un documento en el que mostraban su disconformidad con la ilegalización
de ANV. No es que este hecho me parezca alarmante por sí
solo, pero si que la reacción se produzca después
de que nunca hayan sido capaces de hacer un comunicado similar para
denunciar un atentado de ETA, que tiempos ha habido en los que se
han sucedido casi todos los días, y todavía hoy el
País Vasco sigue padeciendo una preocupante falta de libertades.
Pero todo cambia cuando uno conoce que el nuevo entrenador del
equipo es Juan Manuel Lillo, uno de esos intelectuales del fútbol
que tanto escasean y que logra que leer la prensa deportiva deje
de ser una pérdida de tiempo y se convierta en algo de interés.
Y es que este señor lo mismo nombra a Kant o a Shopenhauer
que nos hace reír con su elegante dialéctica, su fina
ironía, su cultura siempre respetuosa, en las antípodas
de la tónica habitual de los luises aragoneses, javieres
clementes y louises van gales de turno.
Por ejemplo, el otro día este pequeño y gran Valdano
dijo en una mesa redonda que cambiaría todos los años
que lleva de entrenador “por jugar un minuto en un campo”.Y
añadió que todavía hoy, cuando se acuesta,
sueña con jugar. Y no sólo eso, sino también
con ganar. Y remató su comentario con una broma de lo más
irónica: «Hay algunos que, soñando, empatan».
Justo a día siguiente, en una entrevista a ‘El Diario
Vasco’ se pronunció sobre lo difícil que es
conseguir el favor de la gente cuando se es entrenador, porque en
realidad da igual lo que uno haga o deje de hacer. “No aciertas
nunca. Si ellos me quieren ver de una manera, me verán así.
Necesitan que uno se ajuste al prejuicio que tienen de él”.
La verdad es que entrenadores así hacen que el fútbol
sea un deporte un poco más digno de lo que hace tiempo dejó
de ser, porque con tantos millones como los futbolistas han empezado
a ganar de un tiempo a esta parte es más difícil encontrar
un jugador que lea un libro que una virgen en una discoteca.
Recuerdo que cuando empecé a estudiar en Salamanca, Lillo
acaba de contribuir, como entrenador, al ascenso del equipo a Primera
División (llegó a subirle de segunda B a Primera en
dos años), y siempre lo ví como a alguien muy querido
por los futbolistas, medios de comunicación y afición,
que es la que nunca miente.
El problema es que su atrevimiento en jugar para divertirse yendo
al ataque con un equipo que no tenía tantos millones como
otros le pasó factura, y la delicada situación de
la Unión Deportiva, en los últimos puestos de la clasificación,
le puso de patitas en la calle, de vuelta a la realidad, aunque
ello no evitó que los futbolistas le defendieran con uñas
y dientes y le montaran una buena fiesta de despedida, que éstas
siempre son mucho más emotivas que las de bienvenida.
Me da que Lillo es algo más que un entrenador, así
que gracias a él la Real Sociedad pasa a ser algo más
que un equipo de fútbol. Por fin los aficionados tienen una
buena noticia que llevarse a la boca. Yo creo que ahora mismo lo
importante no es que se suba a Primera, sino que se mantenga este
fichaje, que con ello ya hemos ganado más de lo que nunca
podíamos haber soñado. Aunque a ver si dura.
El Getafe
A propósito del fútbol, debo estar entre los pocos
españoles que no vieron el partido del otro día del
Getafe. Pero después me enteré del resultado, y de
la forma dramática en que éste se produjo, y por los
comentarios que he oído en el trabajo y en los bares tengo
claro que la derrota del equipo madrileño ha sido la derrota
de todo el país, lo que vuelve a confirmar que todos tiramos
más por el débil que por el poderoso, por David frente
a Goliat, y que el fútbol es una de las pocas cosas capaz
de unirnos a los españoles tanto en la victoria como en el
fracaso. Me parece que hay otras cosas mucho más importantes
pero, en fin, el fútbol sigue estando por encima de todas
las cosas. Amén.
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