14 de abril de 2008
Juanma Lillo
 

Andaba yo enfadado, demasiado enfadado, con el que se supone que es mi equipo de fútbol de toda la vida, o al menos de los primeros años de mi vida, cuando uno no tiene capacidad para elegir por sí mismo y se hace bandera de lo que le viene impuesto, lo cual aunque no quiera le marcará para el resto de años que vendrán después.

El caso es que esta vuelta después de cuarenta años a la Segunda División de la Real Sociedad ha estado tan plagada de cambios de presidente, de entrenador, de jugadores, que uno ya ha hace tiempo que se perdió y ahora es capaz de confundir a los blanquiazules con un equipo de aficionados que se juntan para darle al balón los domingos por la mañana y escapar así de sus mujeres por un rato.

Para colmo, los futbolistas volvieron a hacer de las suyas firmando un documento en el que mostraban su disconformidad con la ilegalización de ANV. No es que este hecho me parezca alarmante por sí solo, pero si que la reacción se produzca después de que nunca hayan sido capaces de hacer un comunicado similar para denunciar un atentado de ETA, que tiempos ha habido en los que se han sucedido casi todos los días, y todavía hoy el País Vasco sigue padeciendo una preocupante falta de libertades.

Pero todo cambia cuando uno conoce que el nuevo entrenador del equipo es Juan Manuel Lillo, uno de esos intelectuales del fútbol que tanto escasean y que logra que leer la prensa deportiva deje de ser una pérdida de tiempo y se convierta en algo de interés. Y es que este señor lo mismo nombra a Kant o a Shopenhauer que nos hace reír con su elegante dialéctica, su fina ironía, su cultura siempre respetuosa, en las antípodas de la tónica habitual de los luises aragoneses, javieres clementes y louises van gales de turno.

Por ejemplo, el otro día este pequeño y gran Valdano dijo en una mesa redonda que cambiaría todos los años que lleva de entrenador “por jugar un minuto en un campo”.Y añadió que todavía hoy, cuando se acuesta, sueña con jugar. Y no sólo eso, sino también con ganar. Y remató su comentario con una broma de lo más irónica: «Hay algunos que, soñando, empatan».

Justo a día siguiente, en una entrevista a ‘El Diario Vasco’ se pronunció sobre lo difícil que es conseguir el favor de la gente cuando se es entrenador, porque en realidad da igual lo que uno haga o deje de hacer. “No aciertas nunca. Si ellos me quieren ver de una manera, me verán así. Necesitan que uno se ajuste al prejuicio que tienen de él”.

La verdad es que entrenadores así hacen que el fútbol sea un deporte un poco más digno de lo que hace tiempo dejó de ser, porque con tantos millones como los futbolistas han empezado a ganar de un tiempo a esta parte es más difícil encontrar un jugador que lea un libro que una virgen en una discoteca.

Recuerdo que cuando empecé a estudiar en Salamanca, Lillo acaba de contribuir, como entrenador, al ascenso del equipo a Primera División (llegó a subirle de segunda B a Primera en dos años), y siempre lo ví como a alguien muy querido por los futbolistas, medios de comunicación y afición, que es la que nunca miente.

El problema es que su atrevimiento en jugar para divertirse yendo al ataque con un equipo que no tenía tantos millones como otros le pasó factura, y la delicada situación de la Unión Deportiva, en los últimos puestos de la clasificación, le puso de patitas en la calle, de vuelta a la realidad, aunque ello no evitó que los futbolistas le defendieran con uñas y dientes y le montaran una buena fiesta de despedida, que éstas siempre son mucho más emotivas que las de bienvenida.

Me da que Lillo es algo más que un entrenador, así que gracias a él la Real Sociedad pasa a ser algo más que un equipo de fútbol. Por fin los aficionados tienen una buena noticia que llevarse a la boca. Yo creo que ahora mismo lo importante no es que se suba a Primera, sino que se mantenga este fichaje, que con ello ya hemos ganado más de lo que nunca podíamos haber soñado. Aunque a ver si dura.

El Getafe


A propósito del fútbol, debo estar entre los pocos españoles que no vieron el partido del otro día del Getafe. Pero después me enteré del resultado, y de la forma dramática en que éste se produjo, y por los comentarios que he oído en el trabajo y en los bares tengo claro que la derrota del equipo madrileño ha sido la derrota de todo el país, lo que vuelve a confirmar que todos tiramos más por el débil que por el poderoso, por David frente a Goliat, y que el fútbol es una de las pocas cosas capaz de unirnos a los españoles tanto en la victoria como en el fracaso. Me parece que hay otras cosas mucho más importantes pero, en fin, el fútbol sigue estando por encima de todas las cosas. Amén.


Gorka Díez
Periodista