| No sale bien parada la ciudad de San Sebastián
en ‘Todos estamos invitados’, esa nueva película
de Manuel Gutiérrez Aragón que no pone el dedo en
la llaga de la actividad de ETA, lo cual ya está muy sobado,
sino en el miedo de una sociedad que da la espalda a las víctimas
de la bestia, hasta llegar incluso al punto de culpar de la intranquilidad
que allí se vive a quienes condenan el terrorismo a viva
voz. Y es que, según la retorcida teoría de algunos,
si los amenazados mantuvieran la boca cerrada otro gallo les cantaría
y hasta es posible que se redujera el clima de confrontación
en el País Vasco. Diálogo, sí, pero que los
que ponen a parir a los que matan se mantengan calladitos.
Yo que lo he vivido sé que es cierto eso de que la libertad
de expresión no existe, o está muy perseguida, en
esa ciudad que es una de la más bonitas del mundo, sino la
más, pero que hace tiempo perdió su dignidad por culpa
del silencio de sus gentes, que como muchos silencios me parece
cómplice, cobarde, aterrador.
En San Sebastián y en gran parte de las ciudades vascas
los amenazados se han convertido en, digamos, unos apestados, unos
seres con los que no conviene cruzarse por la calle, o con los que
cuando uno se cruza lo mejor que puede hacer es hacerse el sueco,
mirar para otro lado, no vaya a ser que uno de esos abanderados
de la patria vasca te vea pararte a hablar con ellos y te inscriban
en la lista negra.
Como bien narra la película recientemente estrenada, en
las cenas de amigos y familiares hay un tema tabú: la política.
Nada de hablar de esos asuntos. Ni siquiera lo mucho que se bebe
ayuda a que se suelten la lenguas.
En un contexto así me choca que San Sebastián se
haya atrevido a presentar su candidatura a la Capitalidad Cultural
Europea en 2016. Está claro que sería una seria aspirante
si en esa batalla por hacerse con la preciada corona sólo
contara la programación de actividades de ocio y cultura
que tienen lugar a lo largo del año, porque en ese aspecto
la capital guipuzcoana tendría todas las de ganar: ahí
está ese Festival Internacional de Cine, el más prestigioso
de España, y los conciertos previstos para este año
de Bruce Springteen, Nick Cave o Liza Minelli, a lo que hay que
añadir toda una gran infraestructura cultural que encabeza
el Kursaal de Moneo y continúa el histórico y elegante
Victoria Eugenia.
Pero, sin embargo, todo eso se viene abajo por culpa del terrorismo,
porque a ver de qué cultura puede hacer gala una ciudad que
todavía no ha superado lo del tiro en la nuca y, salvo en
contadas excepciones, ni siquiera tiene huevos para salir a la calle
a defender la vida, la libertad, la dignidad.
Una de las escenas más esclarecedoras del filme de Gutiérrez
Aragón es la de ese profesor de Universidad a punto de ser
asaltado por la espalda por las calles de una ciudad que vive su
fiesta grande, la de la tamborrada, en una noche donde el jolgorio
de la multitud aporrea los tambores y el cielo se baña con
los colores de los fuegos artificiales: en esos instantes se nos
muestra cómo en cualquier momento puede haber un atentado
sin que la vasca repare en ello y siga adelante con su fiesta, que
es lo que importa, dirán, y además no hay que meterse
en problemas.
Así que supongo que ‘Todos estamos invitados’
no gustará en San Sebastián, que pocos estamos preparados
para hacer autocrítica, mirar la realidad con imparcialidad
y correr el riesgo de llegar a conclusiones que nos dejen rojos
de vergüenza.
Sin embargo, a mí me parece una película necesaria,
que cuenta algunas verdades como puños y nos regala la magistral
interpretación de Oscar Jaeneda: todo un actorazo que sigue
la estela del mejor Javier Bardem y que según me cuentan
preparó su personaje de etarra frecuentando los bares más
radicales del País Vasco, buscando en ellos un acento de
la tierra, una mirada asesina que acercara a ese clima de angustia
que se vive en Euskadi y que, lamentable, el cine no puede hacer
nada para resolver. Claro que sus ciudadanos, por el momento, tampoco
están dispuestos a hacer gran cosa para que la situación
mejore.
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