28 de abril de 2008
Cine español
 

Siempre me he declarado un fiel defensor del cine que se hace en España, tan denostado por los opinadores, sobre todo por los que son muy de derechas, aunque basta que lo sean sólo un poco para que pongan a parirlo todo menos Garci. Pero desde luego que no ayudan en nada a mi parecer películas como ‘Ocho citas’, filme que no sé cómo narices se me ocurrió ir a ver el otro día, porque los cinco euros que me gasté podía haberlos invertido en cualquier otra empresa más productiva, la verdad, como dárselos a un mendigo, que al menos así éste hubiera tenido para comer. O para drogarse, claro, que cada uno puede hacer con su dinero lo que quiera mientras no nos joda a los demás.

Este engendro sin pies ni cabeza está concebido por dos cineastas noveles y muy jóvenes, Peris Romano y Rodrigo Sorogoyen, se hacen llamar, y no sólo es que no aporte nada nuevo al séptimo arte, sino que ni siquiera entretiene ni hace reír a pesar de su tono de comedia y a su pretensión de poner el amor patas arriba y reírse de esas convenciones de las que está tan lleno del mundo del corazón.

De las ocho historias que se narran en el filme, me temo que ninguna se salva de la quema: todas las situaciones en las que se ven envueltos unos y otros están plagadas de tópicos, de superficialidades, de aliento a lugares comunes.

Ahí tenemos, entre otros personajes, al típico enamorado que no se atreve a confesarle a la chica lo mucho que la quiere, a esa pareja que acaba en la cama tras una noche loca, al novio que visita por primera vez a la familia de su chica con un ramo de flores en las manos o al típico guaperas que acaba de dejarlo con su novia y trata de buscarle sustituta en una discoteca donde le alcohol será el que dicte sentencia. Son, en fin, situaciones tan tópicas que no hay cabida para la sorpresa.

Sólo supera la prueba el trabajo de algún que otro actor, como el talento emergente de Raúl Arévalo o la veteranía de Miguel Ángel Solá, de quienes nunca se puede esperar nada malo, pero cuyo buen hacer no impide que uno se vea obligado a irse del cine por la puerta de atrás un poco antes de que todo acabe, no sea que algún conocido nos vea salir de la sala después de ver tamaño engendro, que qué vergüenza.

Me queda al menos el consuelo de que se acaba de estrenar una pequeña joya como ‘Mil años de oración’, de. Wayne Wang, brillante ganadora en el Festival de San Sebastián de 2007, y que para un futuro próximo se esperan títulos españoles a priori interesantes, como las óperas primeras de Belen Macías y David Planell, ‘El patio de la cárcel’ y ‘La vergüenza’, respectivamente, que para mí cuentan con el aliciente de la actriz conquense Natalia Mateo. Espero que con ello mejore el cine español. Por el momento, el próximo domingo invertiré los cinco euros en otra cosa. Si veo algún mendigo lo mismo se los doy. Y, si no, me los guardo en la hucha, que siempre viene bien ahorrar un poco.

 


Gorka Díez
Periodista