| Siempre me he declarado un fiel defensor del cine
que se hace en España, tan denostado por los opinadores,
sobre todo por los que son muy de derechas, aunque basta que lo
sean sólo un poco para que pongan a parirlo todo menos Garci.
Pero desde luego que no ayudan en nada a mi parecer películas
como ‘Ocho citas’, filme que no sé cómo
narices se me ocurrió ir a ver el otro día, porque
los cinco euros que me gasté podía haberlos invertido
en cualquier otra empresa más productiva, la verdad, como
dárselos a un mendigo, que al menos así éste
hubiera tenido para comer. O para drogarse, claro, que cada uno
puede hacer con su dinero lo que quiera mientras no nos joda a los
demás.
Este engendro sin pies ni cabeza está concebido por dos
cineastas noveles y muy jóvenes, Peris Romano y Rodrigo Sorogoyen,
se hacen llamar, y no sólo es que no aporte nada nuevo al
séptimo arte, sino que ni siquiera entretiene ni hace reír
a pesar de su tono de comedia y a su pretensión de poner
el amor patas arriba y reírse de esas convenciones de las
que está tan lleno del mundo del corazón.
De las ocho historias que se narran en el filme, me temo que ninguna
se salva de la quema: todas las situaciones en las que se ven envueltos
unos y otros están plagadas de tópicos, de superficialidades,
de aliento a lugares comunes.
Ahí tenemos, entre otros personajes, al típico enamorado
que no se atreve a confesarle a la chica lo mucho que la quiere,
a esa pareja que acaba en la cama tras una noche loca, al novio
que visita por primera vez a la familia de su chica con un ramo
de flores en las manos o al típico guaperas que acaba de
dejarlo con su novia y trata de buscarle sustituta en una discoteca
donde le alcohol será el que dicte sentencia. Son, en fin,
situaciones tan tópicas que no hay cabida para la sorpresa.
Sólo supera la prueba el trabajo de algún que otro
actor, como el talento emergente de Raúl Arévalo o
la veteranía de Miguel Ángel Solá, de quienes
nunca se puede esperar nada malo, pero cuyo buen hacer no impide
que uno se vea obligado a irse del cine por la puerta de atrás
un poco antes de que todo acabe, no sea que algún conocido
nos vea salir de la sala después de ver tamaño engendro,
que qué vergüenza.
Me queda al menos el consuelo de que se acaba de estrenar una pequeña
joya como ‘Mil años de oración’, de. Wayne
Wang, brillante ganadora en el Festival de San Sebastián
de 2007, y que para un futuro próximo se esperan títulos
españoles a priori interesantes, como las óperas primeras
de Belen Macías y David Planell, ‘El patio de la cárcel’
y ‘La vergüenza’, respectivamente, que para mí
cuentan con el aliciente de la actriz conquense Natalia Mateo. Espero
que con ello mejore el cine español. Por el momento, el próximo
domingo invertiré los cinco euros en otra cosa. Si veo algún
mendigo lo mismo se los doy. Y, si no, me los guardo en la hucha,
que siempre viene bien ahorrar un poco.
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