| “Enhorabuena por ese premio que has ganado”,
me dijo el otro día mi sobrina, Goretti,
una niña de seis añitos que el próximo octubre
(todavía queda) cumplirá siete, como siete son los
enanitos de esa Blancanieves que tanto le gusta y de la que se ha
disfrazado en algunos Carnavales. Hubo un año en que intentó
que yo hiciera de Tontín, pero al final me libré porque
el traje me quedaba pequeño y aun de rodillas medía
más que ella. También le dije que de todas formas
siempre me he identificado más con Gruñón.
Es cierto que todavía es una niña, y que le queda
mucho de niña, que qué bien, pero ya sabe hasta leer,
que no es poco, sobre todo en estos nuevos tiempos que le ha tocado
vivir, tan dados a internet, a la ‘Game Boy’ y todo
eso. Claro que tampoco le ha dado espalda a eso de los marcianitos,
en especial a Super Mario. Se llega hasta la fase quinta o algo
así. A veces competimos pero siempre me gana, así
que de un tiempo a esta parte prefiero limitarme a mirarla jugar.
También se le da muy bien hablar, aunque por teléfono
es otra cosa, y reconozco que no la entiendo mucho cuando intenta
comunicarse conmigo a través del aparato. Me da que se lo
pega demasiado a la boca: si no se lo come al menos lo debe llenar
de babas, aunque no sea su intención, y me hace dudar de
si estoy hablando con ella o con un dibujo animado. Supongo que
no le va mucho eso de hablar a tanta distancia como la que separa
Errenteria de Cuenca, su inocencia de mis treinta y un años
que a ella ya le llegarán, pero que tarden.
Hay veces, lamentablemente pocas, en que dormimos juntos en una
misma casa, ya sea en Cuenca o en Errenteria, y aunque ella se levante
antes, siempre me espera para desayunar. A veces pienso que es porque
le apetece estar conmigo pero otras me da que lo que quiere es ganarme
a Super Mario o que le dé un trozo de los donuts que me saco
del sombrero, como el mago que soy o que ella, equivocadamente,
cree que tiene como tío.
Cuando más me divierte es cuando la veo coger uno de esos
muslos de pollo asado que hace mi madre con las manos y lo llena
todo de grasa. Es tan bonito verla disfrutar con la gastronomía
casera que nunca la reñimos.
Y también me hace mucha gracia cuando le doy un beso en
la cama, antes de dormir, me pregunta que a ver si yo también
me voy a la piltra y yo le respondo que no, que me voy de marcha.
“¡Jo, qué morro!”, me contesta. Y es cuando
pienso que ya me gustaría a mí tener su edad y quedarme
en casa como ella, durmiendo a pierna suelta, y despertarme nueve
horas después sin resaca y en ese estado de felicidad del
que sólo ella es capaz. Que siga disfrutando.
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