5 de mayo de 2008
Goretti
 

“Enhorabuena por ese premio que has ganado”, me dijo el otro día mi sobrina, Goretti, una niña de seis añitos que el próximo octubre (todavía queda) cumplirá siete, como siete son los enanitos de esa Blancanieves que tanto le gusta y de la que se ha disfrazado en algunos Carnavales. Hubo un año en que intentó que yo hiciera de Tontín, pero al final me libré porque el traje me quedaba pequeño y aun de rodillas medía más que ella. También le dije que de todas formas siempre me he identificado más con Gruñón.

Es cierto que todavía es una niña, y que le queda mucho de niña, que qué bien, pero ya sabe hasta leer, que no es poco, sobre todo en estos nuevos tiempos que le ha tocado vivir, tan dados a internet, a la ‘Game Boy’ y todo eso. Claro que tampoco le ha dado espalda a eso de los marcianitos, en especial a Super Mario. Se llega hasta la fase quinta o algo así. A veces competimos pero siempre me gana, así que de un tiempo a esta parte prefiero limitarme a mirarla jugar.

También se le da muy bien hablar, aunque por teléfono es otra cosa, y reconozco que no la entiendo mucho cuando intenta comunicarse conmigo a través del aparato. Me da que se lo pega demasiado a la boca: si no se lo come al menos lo debe llenar de babas, aunque no sea su intención, y me hace dudar de si estoy hablando con ella o con un dibujo animado. Supongo que no le va mucho eso de hablar a tanta distancia como la que separa Errenteria de Cuenca, su inocencia de mis treinta y un años que a ella ya le llegarán, pero que tarden.

Hay veces, lamentablemente pocas, en que dormimos juntos en una misma casa, ya sea en Cuenca o en Errenteria, y aunque ella se levante antes, siempre me espera para desayunar. A veces pienso que es porque le apetece estar conmigo pero otras me da que lo que quiere es ganarme a Super Mario o que le dé un trozo de los donuts que me saco del sombrero, como el mago que soy o que ella, equivocadamente, cree que tiene como tío.

Cuando más me divierte es cuando la veo coger uno de esos muslos de pollo asado que hace mi madre con las manos y lo llena todo de grasa. Es tan bonito verla disfrutar con la gastronomía casera que nunca la reñimos.

Y también me hace mucha gracia cuando le doy un beso en la cama, antes de dormir, me pregunta que a ver si yo también me voy a la piltra y yo le respondo que no, que me voy de marcha. “¡Jo, qué morro!”, me contesta. Y es cuando pienso que ya me gustaría a mí tener su edad y quedarme en casa como ella, durmiendo a pierna suelta, y despertarme nueve horas después sin resaca y en ese estado de felicidad del que sólo ella es capaz. Que siga disfrutando.


Gorka Díez
Periodista