12 de mayo de 2008
Dos de mayo
 

Acabo de leer esa sangría de libro que es ‘Un día de cólera’, de Arturo Pérez-Reverte, y reconozco que me he quedado boquiabierto de sentir tan vivamente, en cada página, el valor de esos ciudadanos anónimos a los que el escritor y periodista de Cartagena ha puesto nombre y apellidos, y en muchos casos hasta domicilio y profesión, esas personas cuya valentía descomunal y sin condiciones les llevó a lanzarse a una lucha sin escrúpulos en la que a sus vidas antepusieron la defensa de aquello en lo que creían: un país, España, y un rey, Fernando VII, que seguramente no se los merecía, porque ningún pueblo se merece una monarquía que vive apaciblemente a costa de su sudor.

Esta novela histórica nos vuelve a confirmar que, al final, siempre caen los mismos, y que quienes luchan por una causa común son precisamente quienes nunca disfrutarán de los beneficios que genere su lucha: ellos acabarán en la tumba o incapacitados de por vida, mientras que los resultados se los llevarán esos otros que se quedaron de brazos cruzados, atemorizados, sin dignarse si quiera a abrir la puerta a los cuerpos en busca de auxilio de quienes lucharon por la colectividad.

Para colmo, en caso del Dos de Mayo los héroes de la defensa de España tuvieron que cargar con el desprecio y el insulto de las clases superiores, como es el caso de la Iglesia, que se refirió a ellos como “ciego y necio vulgo” y solicitó “la vigilancia más activa y esmerada de las autoridades”. Y también con la traición de esos chivatos de la burguesía que les denunciaron para ganarse el favor de las todopoderosas tropas de francesas. Que los ricos siempre hacen lo que les conviene y lo que les conviene es llevarse bien con el poder.

“Mira alrededor, compañero. ¿Qué ves?... Gente del pueblo. Pobres diablos como tú y como yo. Ni un oficial detenido, ni un comerciante rico, ni un marqués. A ninguno de ésos he visto luchando en las calles. Hemos dado la cara los pobres, como siempre. Los que no teníamos nada que perder, salvo nuestras familias, el poco pan que ganamos y la vergüenza”, comenta uno de los heroicos combatientes a la espera de su fusilamiento en el cuartel del Prado Nuevo.

Curiosamente, el Dos de mayo está precedido en el calendario por el Día del Trabajador, esa conmemoración que lleva demasiado tiempo de capa caída, casi invisible. Yo desde luego que hace años que dejé de asistir a esas manifestaciones, y no porque no crea en los derechos de los trabajadores, sino porque no observo conciencia de clase obrera por ningún sitio y desde luego que no estoy dispuesto a luchar por quienes, en cuanto mi lucha les haya dado ciertos beneficios, me pongan la zancadilla para quitarme de en medio.

Me temo, sinceramente, que en el mundo actual, tan competitivo, tan bruto, tan falto de solidaridad, tan a su bola, es imposible una revuelta colectiva como la que hace doscientos años empujó a la calle al pueblo de Madrid. Ni aunque estén en juego los derechos de los trabajadores, este país llamado o España o nuestra dignidad colectiva. Tenemos demasiadas comodidades en nuestro ámbito privado como para complicarnos nuestro futuro por los demás. Y, además, la lección aprendida de que nadie nos agradecerá nuestro esfuerzo salvo con una patada en el culo. Que se salve quien pueda.

Mi admiración y recuerdo, desde luego, a todos esos ciudadanos que dieron su vida por España y por la dignidad del ser humano en ese día de hace doscientos años en el que nuestro país, quizá por primera y última vez, parecía de verdad una nación, “una nación orgullosa e indomable”, que dice Reverte en su libro. Y todos mis respetos hacia esos militares, terriblemente pocos, que se unieron al pueblo y dieron su vida por la colectividad a pesar de las órdenes de sus superiores. En especial a los capitanes de artillería Luis Daoiz y Velarde, que con su coraje dieron un poco de dignidad a este país, o lo que narices seamos. De algo debería habernos servido su ejemplo, aunque no sé.


Gorka Díez
Periodista