| Acabo de leer esa sangría de libro que es
‘Un día de cólera’, de Arturo
Pérez-Reverte, y reconozco que me he quedado boquiabierto
de sentir tan vivamente, en cada página, el valor de esos
ciudadanos anónimos a los que el escritor y periodista de
Cartagena ha puesto nombre y apellidos, y en muchos casos hasta
domicilio y profesión, esas personas cuya valentía
descomunal y sin condiciones les llevó a lanzarse a una lucha
sin escrúpulos en la que a sus vidas antepusieron la defensa
de aquello en lo que creían: un país, España,
y un rey, Fernando VII, que seguramente no se los
merecía, porque ningún pueblo se merece una monarquía
que vive apaciblemente a costa de su sudor.
Esta novela histórica nos vuelve a confirmar que, al final,
siempre caen los mismos, y que quienes luchan por una causa común
son precisamente quienes nunca disfrutarán de los beneficios
que genere su lucha: ellos acabarán en la tumba o incapacitados
de por vida, mientras que los resultados se los llevarán
esos otros que se quedaron de brazos cruzados, atemorizados, sin
dignarse si quiera a abrir la puerta a los cuerpos en busca de auxilio
de quienes lucharon por la colectividad.
Para colmo, en caso del Dos de Mayo los héroes de la defensa
de España tuvieron que cargar con el desprecio y el insulto
de las clases superiores, como es el caso de la Iglesia, que se
refirió a ellos como “ciego y necio vulgo” y
solicitó “la vigilancia más activa y esmerada
de las autoridades”. Y también con la traición
de esos chivatos de la burguesía que les denunciaron para
ganarse el favor de las todopoderosas tropas de francesas. Que los
ricos siempre hacen lo que les conviene y lo que les conviene es
llevarse bien con el poder.
“Mira alrededor, compañero. ¿Qué ves?...
Gente del pueblo. Pobres diablos como tú y como yo. Ni un
oficial detenido, ni un comerciante rico, ni un marqués.
A ninguno de ésos he visto luchando en las calles. Hemos
dado la cara los pobres, como siempre. Los que no teníamos
nada que perder, salvo nuestras familias, el poco pan que ganamos
y la vergüenza”, comenta uno de los heroicos combatientes
a la espera de su fusilamiento en el cuartel del Prado Nuevo.
Curiosamente, el Dos de mayo está precedido en el calendario
por el Día del Trabajador, esa conmemoración que lleva
demasiado tiempo de capa caída, casi invisible. Yo desde
luego que hace años que dejé de asistir a esas manifestaciones,
y no porque no crea en los derechos de los trabajadores, sino porque
no observo conciencia de clase obrera por ningún sitio y
desde luego que no estoy dispuesto a luchar por quienes, en cuanto
mi lucha les haya dado ciertos beneficios, me pongan la zancadilla
para quitarme de en medio.
Me temo, sinceramente, que en el mundo actual, tan competitivo,
tan bruto, tan falto de solidaridad, tan a su bola, es imposible
una revuelta colectiva como la que hace doscientos años empujó
a la calle al pueblo de Madrid. Ni aunque estén en juego
los derechos de los trabajadores, este país llamado o España
o nuestra dignidad colectiva. Tenemos demasiadas comodidades en
nuestro ámbito privado como para complicarnos nuestro futuro
por los demás. Y, además, la lección aprendida
de que nadie nos agradecerá nuestro esfuerzo salvo con una
patada en el culo. Que se salve quien pueda.
Mi admiración y recuerdo, desde luego, a todos esos ciudadanos
que dieron su vida por España y por la dignidad del ser humano
en ese día de hace doscientos años en el que nuestro
país, quizá por primera y última vez, parecía
de verdad una nación, “una nación orgullosa
e indomable”, que dice Reverte en su libro. Y todos mis respetos
hacia esos militares, terriblemente pocos, que se unieron al pueblo
y dieron su vida por la colectividad a pesar de las órdenes
de sus superiores. En especial a los capitanes de artillería
Luis Daoiz y Velarde, que con su coraje dieron un poco de dignidad
a este país, o lo que narices seamos. De algo debería
habernos servido su ejemplo, aunque no sé.
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