| Al principio creía que mi amiga Susi era
cleptómana. Pero resulta que no, que ella no roba porque
sí, porque se lo pida el cuerpo y ya está, sino con
conocimiento de causa y por joder al sistema capitalista, del que
está encontra, dice, que ya está bien de que todas
las políticas que se aplican no sólo contribuyan a
mantener, sino que incluso agranden, esa distancia que separa a
los ricos de los pobres, al martini con pajita de la caries de los
que no tienen nada que llevarse a la boca.
Que conste, eso sí, que mi amiga nunca roba nada de las pequeñas
tiendas de comestibles y modestos negocios familiares que justo
dan de comer a cuatro bocas. "Esos ya tienen bastante con pagar
a sus distribuidores y atender a sus clientes, que menudos pelmas
que son la mayoría con eso de que en teoría la razón
siempre está de su parte", argumenta. A ella lo que
le van son los grandes centros comerciales, como el Carrefour, el
Corte Inglés o el FNAC. Recorre sus pasillos ocultándose
de las cámaras de videovigilancia como una lagartija que
se sabe perseguida por un grupo de niños sanguinarios y cuando
sale a la calle con el bolso a rebosar nunca se siente culpable
por su fechoría, sino orgullosa de haber puesto su granito
de arena a la revolución. "Lo único que me fastidia
es lo poco que les jode a esos macronegocios que me lleve un jersey
o un CD de sus estanterías. Tienen tanto que nunca echan
nada de menos", dice.
Cuando la veo enojada no dudo en darle la razón, no vaya
a tomarla conmigo, y la invito a tomar unas cañas en el local
de la esquina para ver si la cerveza le ayuda a ver las cosas de
otra forma. Por supuesto que no acabamos en ninguna de esas franquicias
que cada vez proliferan más por todas partes, sino en el
bar de Bruno, que lleva en el barrio toda la vida y gana lo justo
o incluso menos. Claro que apunto estuvimos el otro día de
montar un botellón en la plaza, "que sale más
barato y además está prohibido", que dice la
Susi. Al final no encontramos ninguna tienda de comestibles que
nos abasteciera de litronas, así que nos encaminamos al bar
porque la Susi no estaba dispuesta a dar de comer ni a los ricachones
del supermercado ni a la mafia de las tiendas de los chinos, "que
vender caro es un robo y trabajar las 24 horas una explotación
indigna del ser humano".
Una vez en el bar de Bruno, le explico que en parte comparto sus
ideas, pero que tampoco me gusta pensar tan detenidamente en cada
cosa que hago y en las consecuencias que van a tener mis actos:
a fin de cuentas no creo que ese sistema capitalista que ella tanto
dice aborrecer se vaya a mantener gracias a mis hábitos de
consumo o irse al garete porque un buen día decida no gastarme
un euro más en esas propuestas de ocio y tiempo libre que
nos venden por todos sitios a través de mil y un reclamos
publicitarios.
Uno solo puede hacer bien poco contra el mundo.
Se enoja conmigo y me llama cobarde, y para evitar que la discusión
vaya a más abogamos por ir al cine. Yo le sugiero ver la
última de Santiago Segura o Woody Allen, pero quien manda
es ella y lo que le pide el cuerpo, o el cerebro, más bien,
es la reposición de 'La chinoise', de Godard, ese filme de
arte y ensayo y prentensiones de filosofía e intelectualidad
del que este año se cumple el cuarenta aniversario. Ante
sus reiterativas imágenes me pongo a pensar que, por mucha
revolución que soñemos, nunca habrá más
futuro que la repetición de los errores del pasado. Al menos
a mitad del filme me duermo y no vuelvo a abrir los ojos hasta los
créditos finales. De buena me he librado.
A la salida del cine, la Susi me hace un detallado análisis
del filme que me entra por un oído y me sale por el otro.
Después nos despedimos hasta otro día en medio del
bullicio de la Gran Vía madrileña. Entonces me da
un beso y se monta rápido en un taxi, cosa que me sorprende
de alguien tan preocupado por el reparto de la riqueza. ¿Por
qué no se habrá ido a casa andando o en transporte
público?, me pregunto. Pero, bueno, supongo que a mitad de
carrera se las arreglaría para abandonar rápidamente
el taxi e irse sin pagar, sobre todo si el vehículo en cuestión
llevaba estampitas de la Virgen o sintonizaba la COPE.
Y es que la Susi es así, la chica más revolucionaria
del planeta, alguien tan contra el mundo que incluso dice estar
en contra de sí misma. En fin. Que su lucha sirva para algo,
y si no es así que al menos acepte su derrota con deportividad
y dentro de unos años no mire con odio y ánimo de
revancha este tiempo que nos ha tocado vivir bajo cuyos adoquines,
igual que ocurrió hace cuarenta años, me temo que
nunca encontraremos nada que rascar. Hace demasiado tiempo que alguien
repartió las fichas para jugar a eso que llaman vida y remontar
partiendo de tan bajo va a ser imposible para quienes no salimos
agraciados del reparto. Incluso para la Susi, por mucho que se empeñe.
No queda otra que joderse y claudicar, por lo menos, con la cabeza
alta. Es la única victoria a la que podemos aspirar, mal
que nos pese. ¡Viva la revolución!
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