19 de mayo de 2008
Susi la revolucionaria
 

Al principio creía que mi amiga Susi era cleptómana. Pero resulta que no, que ella no roba porque sí, porque se lo pida el cuerpo y ya está, sino con conocimiento de causa y por joder al sistema capitalista, del que está encontra, dice, que ya está bien de que todas las políticas que se aplican no sólo contribuyan a mantener, sino que incluso agranden, esa distancia que separa a los ricos de los pobres, al martini con pajita de la caries de los que no tienen nada que llevarse a la boca.

Que conste, eso sí, que mi amiga nunca roba nada de las pequeñas tiendas de comestibles y modestos negocios familiares que justo dan de comer a cuatro bocas. "Esos ya tienen bastante con pagar a sus distribuidores y atender a sus clientes, que menudos pelmas que son la mayoría con eso de que en teoría la razón siempre está de su parte", argumenta. A ella lo que le van son los grandes centros comerciales, como el Carrefour, el Corte Inglés o el FNAC. Recorre sus pasillos ocultándose de las cámaras de videovigilancia como una lagartija que se sabe perseguida por un grupo de niños sanguinarios y cuando sale a la calle con el bolso a rebosar nunca se siente culpable por su fechoría, sino orgullosa de haber puesto su granito de arena a la revolución. "Lo único que me fastidia es lo poco que les jode a esos macronegocios que me lleve un jersey o un CD de sus estanterías. Tienen tanto que nunca echan nada de menos", dice.

Cuando la veo enojada no dudo en darle la razón, no vaya a tomarla conmigo, y la invito a tomar unas cañas en el local de la esquina para ver si la cerveza le ayuda a ver las cosas de otra forma. Por supuesto que no acabamos en ninguna de esas franquicias que cada vez proliferan más por todas partes, sino en el bar de Bruno, que lleva en el barrio toda la vida y gana lo justo o incluso menos. Claro que apunto estuvimos el otro día de montar un botellón en la plaza, "que sale más barato y además está prohibido", que dice la Susi. Al final no encontramos ninguna tienda de comestibles que nos abasteciera de litronas, así que nos encaminamos al bar porque la Susi no estaba dispuesta a dar de comer ni a los ricachones del supermercado ni a la mafia de las tiendas de los chinos, "que vender caro es un robo y trabajar las 24 horas una explotación indigna del ser humano".

Una vez en el bar de Bruno, le explico que en parte comparto sus ideas, pero que tampoco me gusta pensar tan detenidamente en cada cosa que hago y en las consecuencias que van a tener mis actos: a fin de cuentas no creo que ese sistema capitalista que ella tanto dice aborrecer se vaya a mantener gracias a mis hábitos de consumo o irse al garete porque un buen día decida no gastarme un euro más en esas propuestas de ocio y tiempo libre que nos venden por todos sitios a través de mil y un reclamos publicitarios.
Uno solo puede hacer bien poco contra el mundo.

Se enoja conmigo y me llama cobarde, y para evitar que la discusión vaya a más abogamos por ir al cine. Yo le sugiero ver la última de Santiago Segura o Woody Allen, pero quien manda es ella y lo que le pide el cuerpo, o el cerebro, más bien, es la reposición de 'La chinoise', de Godard, ese filme de arte y ensayo y prentensiones de filosofía e intelectualidad del que este año se cumple el cuarenta aniversario. Ante sus reiterativas imágenes me pongo a pensar que, por mucha revolución que soñemos, nunca habrá más futuro que la repetición de los errores del pasado. Al menos a mitad del filme me duermo y no vuelvo a abrir los ojos hasta los créditos finales. De buena me he librado.

A la salida del cine, la Susi me hace un detallado análisis del filme que me entra por un oído y me sale por el otro. Después nos despedimos hasta otro día en medio del bullicio de la Gran Vía madrileña. Entonces me da un beso y se monta rápido en un taxi, cosa que me sorprende de alguien tan preocupado por el reparto de la riqueza. ¿Por qué no se habrá ido a casa andando o en transporte público?, me pregunto. Pero, bueno, supongo que a mitad de carrera se las arreglaría para abandonar rápidamente el taxi e irse sin pagar, sobre todo si el vehículo en cuestión llevaba estampitas de la Virgen o sintonizaba la COPE.

Y es que la Susi es así, la chica más revolucionaria del planeta, alguien tan contra el mundo que incluso dice estar en contra de sí misma. En fin. Que su lucha sirva para algo, y si no es así que al menos acepte su derrota con deportividad y dentro de unos años no mire con odio y ánimo de revancha este tiempo que nos ha tocado vivir bajo cuyos adoquines, igual que ocurrió hace cuarenta años, me temo que nunca encontraremos nada que rascar. Hace demasiado tiempo que alguien repartió las fichas para jugar a eso que llaman vida y remontar partiendo de tan bajo va a ser imposible para quienes no salimos agraciados del reparto. Incluso para la Susi, por mucho que se empeñe. No queda otra que joderse y claudicar, por lo menos, con la cabeza alta. Es la única victoria a la que podemos aspirar, mal que nos pese. ¡Viva la revolución!


Gorka Díez
Periodista