| En principio es una buena noticia que Tom
Waits vaya a dar unos conciertos en España, en concreto
en San Sebastián y Barcelona, que no son muchas ciudades,
pero algo es algo. Sin embargo, uno se entera del precio al que
van a salir a la venta las entradas, ¡entre 100 y 125 euros!,
y piensa que la noticia a lo mejor no es tan buena, o incluso es
todo lo contrario, porque da la impresión de que este genial
músico estadounidense de voz rota y melodías noctámbulas
va a venir a España a robarle la ilusión a sus admiradores
de clase media y baja, que no van a poder pagarse una entrada para
sus actuaciones, o que si lo hacen será a cambio de tener
que abrocharse el cinturón buena parte del verano y de sentirse
poco menos que atracados, si no por Tom al menos por este libre
mercado que piensa más en el bolsillo de unos pocos que en
la felicidad global.
Entiendo que un concierto de Tom Waits deba valer lo suyo: el músico
tiene su caché, en España hay muchas ganas de verle
y para tocar aquí tiene que hacer un largo viaje desde EEUU,
acompañado además de una banda de músicos profesionales
que, según anuncia en su web, tocan “con la precisión
de un coche de carreras y son verdaderos prestidigitadores”.
Sólo faltaba que fuera a traer consigo unos músicos
de mierda, vamos.
Por mucha calidad que tengan Tom y su grupo, pagar cien euros para
escucharlos desde el gallinero, que es un lugar desde donde no se
ve ni torta, o 125 desde una distancia un poco más humana,
pero a fin de cuentas distancia, me parece desorbitadamente exagerado
por mucho que el pollo y el cordero y tantas otras cosas más
hace tiempo que se hayan puesto por las nubes.
Me preocupa especialmente que estos conciertos de Tom Waits en
España puedan sentar un precedente y contribuyan a acabar
con el carácter popular de la música en directo, que
corre el riesgo de convertirse en una ‘delicatessen’
para la minoría burguesa. Y es que como tomen nota del paso
del autor de ‘Take care of all my children’ artistas
como Bob Dylan, Lou Reed o Van Morrison,
que hasta la fecha cargan bastante, pero no tanto, sus actuaciones,
la cosa puede ser para echarse a temblar.
No sé si estaré el 12 de julio en San Sebastián,
pero donde desde luego que no me encontraré esa noche a partir
de las 21.30 horas es en el auditorio del Kursaal. No porque no
me guste Waits, a quien admiro, sino porque no estoy dispuesto a
verle a cualquier precio. Me gusta que cien euros me duren algo
más que hora y media.
Dicen que Bjork ya hace años que cobra algo parecido, así
que me da que estamos camino de volver a aquellos tiempos en los
que sólo los ricos tenían acceso a los teatros. Y
no porque tuvieran cultura, que muchas veces no era el caso, sino
porque a los poderosos siempre les ha ido eso de hacer ostentación
pública de su clase social. Porque no vale con ser, también
hay que aparentarlo.
En fin. De todas formas si estoy en San Sebastián el 12
de julio lo mismo me acerco al Kursaal. No a ver cantar a Tom Waits,
claro está, sino a ver a la salida de su actuación
la cara de todas esas personas para las que el dinero no es ningún
problema. A lo mejor hasta me acerco con ropa de pobre y me pongo
a pedir limosna frente a las puertas del auditorio. Seguro que me
cae un buen puñado de billetes, digo yo, con tanto rico como
andará suelto por ahí.
|