2 de junio de 2008
Jose Mari
 

Es el amigo por excelencia de mis padres, pero también el mío, que el tiempo y el contacto nos han ido juntando en lo bueno y en lo malo, en los conciertos de Sabina y en las barricadas, en los toros y en las retenciones de tráfico a la vuelta del verano, en los chiringuitos de playa y en los pasillos de los hospitales, siempre fríos, pero que él sabe cómo hacer algo más cálidos.

Es alguien que nunca escucha ni lee las noticias, y hace bien. Porque lo que le interesan otras cosas: la vida, por ejemplo.

Es un jubilado que no para de trabajar: se pasa mañanas y tardes haciendo chapuzas en su buhardilla para una de sus hijas, que tiene una tienda de bisutería (la otra es una azafata que vuela por el cielo). Cuando se lo pido, en menos que canta un gallo me hace un apaño para mi novia, a quien le ha arreglado una pulsera y un collar sin que ella lo sepa. Yo soy el que queda bien, pero el mérito es suyo.

Sin que se lo pidiera también me ha ayudado en alguna de esas mudanzas a las que los estudios y el trabajo me han ido llevando. Y siempre lo ha hecho a cambio de nada, con la única condición de que después me dejara invitar a una ración de chuletillas de cordero o calamares, según mi apetito, con un poco de vino para regarlo todo.

La radicalidad no le va, sobre todo cuando entran en juego la patria y las banderas, pero es un partidario radical de la alegría. Incluso cuando está triste, si es que alguna vez lo está.

Porque José Mari un vasco de mundo que está por encima de su lugar de nacimiento, que es el mío, y al igual que yo le gusta perderse en el recuento de los sitios que le han dejado con la boca abierta a lo largo de una vida que no ha querido desperdiciar en el sofá de siempre, ese desde el que de todas formas también es posible viajar, bien sea con un libro, con la imaginación o, como es su caso, con esa guitarra española cuya técnica desconoce pero que él sabe tocar, como nadie, con el corazón que lleva por corbata.

Cojea de una pierna, pero lo hace con dignidad, que es como no cojear, o como volar, incluso, eso que es imposible para todos menos para su entusiasmo. Prueba de ello es lo mucho y lo bien que baila siempre que se le presenta la oportunidad, ya sea en las fiestas del pueblo o en los hoteles de veraneo, en la discoteca o en el ascensor, en el sueño o en la vida, que también tiene mucho sueño.

“La vida sigue”, acostumbra a decir a menudo, como un suspiro, este filósofo de la calle, del hogar, de la vida.

Hace poco ha tenido dos operaciones casi seguidas, ninguna de las dos de excesiva gravedad, pero dos operaciones a fin de cuentas, y se ha enfrentado a ellas como sólo lo sabe hacer, que es con buen humor, con valentía de torero, optimismo y ganas de volver a asomar la cabeza no sólo por sobrevivir, sino para poder seguir pasándolo tan bien como la primera vez, esa que, ay, tantas veces parece que fue ayer.

Me cuentan que se está recuperando bien de sus heridas y me alegro. Ahora espero que pronto pueda volver a trotar por el mundo como tanto le gusta hacer, y sus cerca de setenta años no sean un impedimento, sino todo lo contrario, para que en compañía de su inseparable mujer se decida a hacer las maletas y darse una vuelta por Río de Janeiro, por Suráfrica, por Praga, por París, por Barcelona, por Valladolid, por Málaga, por Calpe, por Cuenca o por donde narices le venga en gana, que lo que importa no es tanto la meta como el camino y el mundo es mucho más grande que un pañuelo.

Que la vida siga para él y nuestra amistad. Él sabrá aprovecharla a tope, desde luego, que en eso es un experto, y yo por lo menos prometo que lo intentaré.


Gorka Díez
Periodista