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Es el amigo por excelencia de mis padres, pero
también el mío, que el tiempo y el contacto nos han
ido juntando en lo bueno y en lo malo, en los conciertos de Sabina
y en las barricadas, en los toros y en las retenciones de tráfico
a la vuelta del verano, en los chiringuitos de playa y en los pasillos
de los hospitales, siempre fríos, pero que él sabe
cómo hacer algo más cálidos.
Es alguien que nunca escucha ni lee las noticias, y hace bien.
Porque lo que le interesan otras cosas: la vida, por ejemplo.
Es un jubilado que no para de trabajar: se pasa mañanas
y tardes haciendo chapuzas en su buhardilla para una de sus hijas,
que tiene una tienda de bisutería (la otra es una azafata
que vuela por el cielo). Cuando se lo pido, en menos que canta un
gallo me hace un apaño para mi novia, a quien le ha arreglado
una pulsera y un collar sin que ella lo sepa. Yo soy el que queda
bien, pero el mérito es suyo.
Sin que se lo pidiera también me ha ayudado en alguna de
esas mudanzas a las que los estudios y el trabajo me han ido llevando.
Y siempre lo ha hecho a cambio de nada, con la única condición
de que después me dejara invitar a una ración de chuletillas
de cordero o calamares, según mi apetito, con un poco de
vino para regarlo todo.
La radicalidad no le va, sobre todo cuando entran en juego la patria
y las banderas, pero es un partidario radical de la alegría.
Incluso cuando está triste, si es que alguna vez lo está.
Porque José Mari un vasco de mundo que está por encima
de su lugar de nacimiento, que es el mío, y al igual que
yo le gusta perderse en el recuento de los sitios que le han dejado
con la boca abierta a lo largo de una vida que no ha querido desperdiciar
en el sofá de siempre, ese desde el que de todas formas también
es posible viajar, bien sea con un libro, con la imaginación
o, como es su caso, con esa guitarra española cuya técnica
desconoce pero que él sabe tocar, como nadie, con el corazón
que lleva por corbata.
Cojea de una pierna, pero lo hace con dignidad, que es como no
cojear, o como volar, incluso, eso que es imposible para todos menos
para su entusiasmo. Prueba de ello es lo mucho y lo bien que baila
siempre que se le presenta la oportunidad, ya sea en las fiestas
del pueblo o en los hoteles de veraneo, en la discoteca o en el
ascensor, en el sueño o en la vida, que también tiene
mucho sueño.
“La vida sigue”, acostumbra a decir a menudo, como
un suspiro, este filósofo de la calle, del hogar, de la vida.
Hace poco ha tenido dos operaciones casi seguidas, ninguna de las
dos de excesiva gravedad, pero dos operaciones a fin de cuentas,
y se ha enfrentado a ellas como sólo lo sabe hacer, que es
con buen humor, con valentía de torero, optimismo y ganas
de volver a asomar la cabeza no sólo por sobrevivir, sino
para poder seguir pasándolo tan bien como la primera vez,
esa que, ay, tantas veces parece que fue ayer.
Me cuentan que se está recuperando bien de sus heridas y
me alegro. Ahora espero que pronto pueda volver a trotar por el
mundo como tanto le gusta hacer, y sus cerca de setenta años
no sean un impedimento, sino todo lo contrario, para que en compañía
de su inseparable mujer se decida a hacer las maletas y darse una
vuelta por Río de Janeiro, por Suráfrica, por Praga,
por París, por Barcelona, por Valladolid, por Málaga,
por Calpe, por Cuenca o por donde narices le venga en gana, que
lo que importa no es tanto la meta como el camino y el mundo es
mucho más grande que un pañuelo.
Que la vida siga para él y nuestra amistad. Él sabrá
aprovecharla a tope, desde luego, que en eso es un experto, y yo
por lo menos prometo que lo intentaré.
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