| Años escribiendo y presumiendo de que lo
hago, si no con calidad, al menos como mandan las reglas gramaticales,
es decir, correctamente, y resulta que igual ni lo uno ni lo otro:
que no sólo escribo cosas tontas, que a nadie interesan y
que si alguien lee será con indeferencia, sino que incluso
cometo faltas (no una, sino miles) de ortografía, de forma
que, a lo mejor, en vez de escritor y periodista, que es lo que
pensaba que era, soy un analfabeto, alguien que se cree que escribe
pero sólo relincha, como un vulgar burro, con todos mis respetos
para los burros, como tampoco podría ser de otra manera:
yo soy uno de ellos.
Y es que resulta que me acabo de enterar, nueve años después
(llego a tarde a todo, ya lo ven) de que en 1999 entraron en vigor
unas nuevas reglas de la cosa esa de la gramática, la cual
se supone que es mi herramienta de trabajo como la de otros es el
pico o la pala. Y según esas reglas ‘solo’ ya
no se acentúa cuando se puede sustituir por solamente, como
me enseñaron en la escuela, con la única excepción
de que se pueda confundir con el ‘solo’ sin acento de
toda la vida, que era el de la soledad, ese que nunca se podía
sustituir por solamente.
Del mismo modo, tampoco se acentúan los ‘este’,
‘ese’ y ‘aquel’ (lo mismo que sus respectivos
femeninos y plurales) salvo en caso de que exista el riesgo de doble
sentido o anfibología, que le llaman, aunque a mí
esta última palabra me suena más a la ciencia que
estudia a la vida de los peces.
Los de la RAE podían, la verdad, haber invertido unos cuantos
euros en propaganda y haber hecho llegar a los hogares, casa por
casa, información sobre los nuevos cambios, que a ver por
qué sólo las cosas inútiles llegan al buzón.
Y es que yo me he enterado de las nuevas reglas esta semana, como
quien dice ayer, y qué curioso que haya sido leyendo una
revista musical, la ‘Rockdelux’, que parece que estas
cosas se tienen que conocer en otros sitios: en los periódicos
de supuesto prestigio que uno lee, en los libros de texto, en la
Facultad (que todavía estaba allí en 1999) o en mi
puesto de trabajo, que hasta ahora siempre ha sido un periódico
(me da que es que no valgo para otra cosa, aunque lo mismo ni para
esto valgo, con tantas faltas que cometo).
Ahora que conozco la nueva reglamentación gramatical, dudo
entre cambiar mis herramientas de trabajo o seguir como hasta ahora,
que total nadie me había recriminado esa forma mía
de expresarse que por lo que veo se ha quedado antigua. ¿O
el antiguo soy yo?
El caso es que ahora ya no puedo evitar fijarme en los citados
adverbios y demostrativos cada vez que leo un libro, el periódico
o un prospecto médico. Y me agrada comprobar que casi todo
el mundo sigue escribiendo como antes, es decir, mal, es decir,
como yo. Por ejemplo, la editorial Visor acaba de publicar unos
poemas póstumos de Ángel González,
‘Nada grave’, y en él aparece el adverbio ‘solo’
acentuado en por lo menos una de esas ocasiones en las que según
las nuevas normas de la RAE debería ir sin tilde. Es cierto
que el poeta fallecido en enero de este año quizá
lo escribió antes del 99, pero en tal caso ahí estaban
el prestigioso editor Chus Visor y el prologuista
Luis García Montero para corregirlo. Pero
no lo han hecho. Y los ejemplos de escritura a la antigua usanza
se cuentan a patadas. Quién sabe si a lo mejor quienes seguimos
cometiendo estas infracciones no somos unos analfabetos, sino unos
revolucionarios de la lengua, y en parte también de la vida,
que no se entendería sin la palabra escrita. En fin.
Yo de momento pienso seguir como hasta ahora (llegado a este punto
del artículo, el lector habrá advertido más
de un adverbio ‘solo’ acentuado), por lo menos mientras
no me digan nada en el trabajo o no se dirijan personalmente a mí
los de la RAE. Porque hay cosas que no se pueden cambiar tan fácilmente,
señores académicos, y menos cuando uno tiene ya su
educación y sus estudios y una importante biblioteca de libros,
que relee con placer, de antes de 1999.
Por favor, si vuelven a introducir nuevos cambios en la gramática,
preocúpense de darles un poco de publicidad, que así
a lo mejor logran algún resultado. Porque de momento, ya
digo, lo único que han conseguido es que la gran mayoría
de los escritores seamos unos revolucionarios. O unos analfabetos,
según se mire.
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