9 de junio de 2008
Faltas de ortografía
 

Años escribiendo y presumiendo de que lo hago, si no con calidad, al menos como mandan las reglas gramaticales, es decir, correctamente, y resulta que igual ni lo uno ni lo otro: que no sólo escribo cosas tontas, que a nadie interesan y que si alguien lee será con indeferencia, sino que incluso cometo faltas (no una, sino miles) de ortografía, de forma que, a lo mejor, en vez de escritor y periodista, que es lo que pensaba que era, soy un analfabeto, alguien que se cree que escribe pero sólo relincha, como un vulgar burro, con todos mis respetos para los burros, como tampoco podría ser de otra manera: yo soy uno de ellos.

Y es que resulta que me acabo de enterar, nueve años después (llego a tarde a todo, ya lo ven) de que en 1999 entraron en vigor unas nuevas reglas de la cosa esa de la gramática, la cual se supone que es mi herramienta de trabajo como la de otros es el pico o la pala. Y según esas reglas ‘solo’ ya no se acentúa cuando se puede sustituir por solamente, como me enseñaron en la escuela, con la única excepción de que se pueda confundir con el ‘solo’ sin acento de toda la vida, que era el de la soledad, ese que nunca se podía sustituir por solamente.

Del mismo modo, tampoco se acentúan los ‘este’, ‘ese’ y ‘aquel’ (lo mismo que sus respectivos femeninos y plurales) salvo en caso de que exista el riesgo de doble sentido o anfibología, que le llaman, aunque a mí esta última palabra me suena más a la ciencia que estudia a la vida de los peces.

Los de la RAE podían, la verdad, haber invertido unos cuantos euros en propaganda y haber hecho llegar a los hogares, casa por casa, información sobre los nuevos cambios, que a ver por qué sólo las cosas inútiles llegan al buzón. Y es que yo me he enterado de las nuevas reglas esta semana, como quien dice ayer, y qué curioso que haya sido leyendo una revista musical, la ‘Rockdelux’, que parece que estas cosas se tienen que conocer en otros sitios: en los periódicos de supuesto prestigio que uno lee, en los libros de texto, en la Facultad (que todavía estaba allí en 1999) o en mi puesto de trabajo, que hasta ahora siempre ha sido un periódico (me da que es que no valgo para otra cosa, aunque lo mismo ni para esto valgo, con tantas faltas que cometo).

Ahora que conozco la nueva reglamentación gramatical, dudo entre cambiar mis herramientas de trabajo o seguir como hasta ahora, que total nadie me había recriminado esa forma mía de expresarse que por lo que veo se ha quedado antigua. ¿O el antiguo soy yo?

El caso es que ahora ya no puedo evitar fijarme en los citados adverbios y demostrativos cada vez que leo un libro, el periódico o un prospecto médico. Y me agrada comprobar que casi todo el mundo sigue escribiendo como antes, es decir, mal, es decir, como yo. Por ejemplo, la editorial Visor acaba de publicar unos poemas póstumos de Ángel González, ‘Nada grave’, y en él aparece el adverbio ‘solo’ acentuado en por lo menos una de esas ocasiones en las que según las nuevas normas de la RAE debería ir sin tilde. Es cierto que el poeta fallecido en enero de este año quizá lo escribió antes del 99, pero en tal caso ahí estaban el prestigioso editor Chus Visor y el prologuista Luis García Montero para corregirlo. Pero no lo han hecho. Y los ejemplos de escritura a la antigua usanza se cuentan a patadas. Quién sabe si a lo mejor quienes seguimos cometiendo estas infracciones no somos unos analfabetos, sino unos revolucionarios de la lengua, y en parte también de la vida, que no se entendería sin la palabra escrita. En fin.

Yo de momento pienso seguir como hasta ahora (llegado a este punto del artículo, el lector habrá advertido más de un adverbio ‘solo’ acentuado), por lo menos mientras no me digan nada en el trabajo o no se dirijan personalmente a mí los de la RAE. Porque hay cosas que no se pueden cambiar tan fácilmente, señores académicos, y menos cuando uno tiene ya su educación y sus estudios y una importante biblioteca de libros, que relee con placer, de antes de 1999.

Por favor, si vuelven a introducir nuevos cambios en la gramática, preocúpense de darles un poco de publicidad, que así a lo mejor logran algún resultado. Porque de momento, ya digo, lo único que han conseguido es que la gran mayoría de los escritores seamos unos revolucionarios. O unos analfabetos, según se mire.


Gorka Díez
Periodista