Sigamos conociendo al protagonista. El diario personal.
Existen varias versiones. Una de mis favoritas personales, es la
de Christine Baldwin: redactar un diario, según esta autora,
debe hacerse acorde a dos reglas: tener fecha en las entradas, y
no tener más reglas.
Yo recomendaría usar formas de expresión que nos resulten
inusuales: puede escribirse en un cuaderno –ideal para no
perder las hojas – pero también en grandes pliegos
de papel, en tarjetas de visita, en folios, o en un procesador de
texto. Pueden pegarse en el diario fotos de revistas, las entradas
del cine, esas de la película en la que dimos un primer beso
a alguien, las de aquel concierto al que fuimos, las de aquel al
que no fuimos porque teníamos algo mejor que hacer. Podemos
dibujar, podemos escribir con diferentes colores.
La imaginación cuenta.
Lo importante es que seamos capaces de expresarnos como si hablásemos
con un amigo, volcarnos.
Las palabras han sido consideradas mágicas desde tiempos
remotos. Verbalizar algo que flota en nuestro interior puede provocar
una catarsis seria. Las palabras construyen pensamiento, y el pensamiento,
palabras. Es un ciclo.
Cuando escribimos un diario, nos desahogamos, nos ordenamos, nos
preparamos e incluso creamos al relacionar unos pensamientos con
otros y usarlos como ladrillos de otros pensamientos que no estaban
ahí.
Personalmente, escribo mi diario en múltiples rincones que,
de cuando en cuando reúno para mi propio disfrute. Miro los
retales y pienso <<¿Así que éste era
yo hace un verano?>>
Hay versiones más ordenadas, podemos construir un registro.
Los deportistas llevan diarios de sus entrenamientos, por ejemplo,
y reflejan en ellos lo que han hecho, como se encontraban, o lo
que han comido. Estos registros son muy útiles para asuntos
concretos. Se merecen su propio capítulo.
Existen instrumentos guiados para escribir diarios:
o Tristane Rainer propone un método epistolar, escribir cartas.
Podemos escribírselas a personas que ya no pueden recibirlas,
a personas que han desaparecido de nuestra vida, e incluso, por
qué no, a nosotros mismos.
o Mahoney propone comienzos para las frases, por ejemplo, escribir
cinco frases que comiencen diciendo <<Quisiera que…>>
(quisiera que lloviese, quisiera que ella se fijara en mí,
quisiera cambiar de trabajo)
o Podemos transformar nuestro diario en historias. En una ocasión,
un amigo que se veía incapaz de abordar una situación
en primera persona, la explicó en forma de cuento. Podemos
recurrir a ello, pero paulatinamente, debemos comenzar a ser nosotros
mismos los sujetos de nuestras frases.
o Podemos escribir todo lo que se nos pase por la cabeza a primera
hora de la mañana.
Es importante deshacerse de las inhibiciones. Lo más difícil
puede ser la primera frase. Veamos algunas alternativas.
o Explica la razón por la que llevas un diario.
o Dónde compraste o adquiriste ese folio, cuaderno, o soporte.
o Dónde estas escribiendo, describe el sitio.
o Escribe algo práctico: que quieres hacer en el día,
la lista de la compra –es todo un universo el del manejo de
estos datos, ¿veis como de un escrito llegamos a otros?—,
dosis de medicamentos, tu peso.
o Escribe algo copiado. Vamos, es un diario. Por copiar un poema
o la letra de la canción que tienes en al cabeza, no estás
plagiando a nadie.
o Pega algo.
Existe también la posibilidad de usar algo de tecnología.
Estamos en la era digital, o eso dicen. ¿Qué tal hacer
una foto al día? Nos la podemos hacer a nosotros mismos,
con esa cara que tenemos al levantarnos, o ya vestiditos. Si tenemos
una cámara, aunque sea de poca calidad, que llevar con nosotros,
podemos sorprendernos con los resultados.
¿Y un diario en vídeo? ¿y uno grabado en un
viejo cassette?
Lo importante es expresarse.
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