| Creo que estas palabras pueden venirle bien a algunos
de los que, como yo, padecen de intenciones crónicas, de
los que llevan a dieta intermitente desde el año 72 y tienen
tremendas recaídas en forma de pasteles de chocolate. Es
público objetivo de este texto, aquél que está
en su domicilio, esperando inquieto en el sofá, a que llegue
la fecha de la declaración de la renta pera hacer cualquier
otra cosa.
Probablemente a estas alturas ya tengamos apuntado algún
cambio, alguna nueva actividad que queremos realizar.
A menudo compruebo que las fechas señaladas, los cumpleaños,
las fiestas de guardar, especialmente el primero de año,
acontecimientos que esperamos –la llegada de una carta, una
llamada telefónica--, se convierten en una verdadera losa.
Saco a colación este tema, porque los grandes almacenes ya
están inundando las calles con la publicidad navideña,
el ayuntamiento de mi ciudad ya ha colocado luces y no hemos terminado
el mes de octubre. Hay muchos estímulos que provocan ese
estado de ansiedad que nos lleva a permanecer en una constante y
agotadora alerta, y desgraciadamente, apartarse de ellos no es trivial
–no habrá un ciudadano que camine por una gran urbe,
que no se vea increpado por este exceso de empujones al consumo,
la felicidad de anuncio de turrones y a la vida familiar--. No en
vano, aumentan los casos de depresión cuando llega diciembre.
Uno de los efectos –negativos-- que provocan las fechas señaladas,
es un estado de espera, en el que todo se pospone hasta la llegada
de las mismas. El fin de año es probablemente el acontecimiento
que mejor ejemplifica lo que deseo exponer. Esperamos al uno de
enero para ponernos a régimen –y lo hacemos a lo bruto
después de habernos alimentado de polvorones, cenas de trece
platos, vinos y licores durante varios días--. Esperamos
al uno de enero para ponernos a estudiar, para empezar a hacer deporte,
y para cualquier otra cosa. En ocasiones, este aplazamiento es inconsciente,
se debe a inquietud, en otras, es simple pereza.
Ninguna de las dos cosas debe servirnos como excusa, la inquietud,
la ansiedad, porque es un estado negativo en sí mismo, que
incluso tiene impacto en la salud, y precisamente, la forma de pelear
más fácil y productiva que existe, es mostrarnos activos,
tomar una dirección y seguirla. En cuanto a la pereza, pues
ya se sabe que es la madre de todos los vicios y –según
Zimbardo—uno de los orígenes del mal. Seguir nuestros
buenos hábitos como en cualquier otro momento, procurar evitar
centrarnos en el acontecimiento esperado, o incluso realizar esas
tareas que hemos ido posponiendo, como limpiar un armario o coserle
los bajos a unos pantalones, pueden servir de ayuda.
Además, está el hecho de que, dejarlo todo para después
del acontecimiento, desembocará en un exceso de actividades
a realizar, con sus consiguientes esfuerzos acumulados y sus gastos
asociados, ya sea en tiempo, en dinero o en cualquier otro concepto.
Es mucho más probable que podamos introducir cambios uno
a unos que todos de una vez, los cambios, incluso los positivos,
provocan estrés. Así, podremos celebrar en el futuro
el aniversario del día en el que comenzamos a correr, o del
que nos apuntamos a clases de fotografía. Y todo sin aglomeraciones
–los días posteriores a las fiestas navideñas,
los gimnasios parecen un mercadillo playero a las puertas de un
estadio--.
Empecemos con algún cambio ahora mismo.
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