29 de octubre de 2007
Uno de tantos apuntes sobre fechas señaladas

Creo que estas palabras pueden venirle bien a algunos de los que, como yo, padecen de intenciones crónicas, de los que llevan a dieta intermitente desde el año 72 y tienen tremendas recaídas en forma de pasteles de chocolate. Es público objetivo de este texto, aquél que está en su domicilio, esperando inquieto en el sofá, a que llegue la fecha de la declaración de la renta pera hacer cualquier otra cosa.
Probablemente a estas alturas ya tengamos apuntado algún cambio, alguna nueva actividad que queremos realizar.

A menudo compruebo que las fechas señaladas, los cumpleaños, las fiestas de guardar, especialmente el primero de año, acontecimientos que esperamos –la llegada de una carta, una llamada telefónica--, se convierten en una verdadera losa. Saco a colación este tema, porque los grandes almacenes ya están inundando las calles con la publicidad navideña, el ayuntamiento de mi ciudad ya ha colocado luces y no hemos terminado el mes de octubre. Hay muchos estímulos que provocan ese estado de ansiedad que nos lleva a permanecer en una constante y agotadora alerta, y desgraciadamente, apartarse de ellos no es trivial –no habrá un ciudadano que camine por una gran urbe, que no se vea increpado por este exceso de empujones al consumo, la felicidad de anuncio de turrones y a la vida familiar--. No en vano, aumentan los casos de depresión cuando llega diciembre.

Uno de los efectos –negativos-- que provocan las fechas señaladas, es un estado de espera, en el que todo se pospone hasta la llegada de las mismas. El fin de año es probablemente el acontecimiento que mejor ejemplifica lo que deseo exponer. Esperamos al uno de enero para ponernos a régimen –y lo hacemos a lo bruto después de habernos alimentado de polvorones, cenas de trece platos, vinos y licores durante varios días--. Esperamos al uno de enero para ponernos a estudiar, para empezar a hacer deporte, y para cualquier otra cosa. En ocasiones, este aplazamiento es inconsciente, se debe a inquietud, en otras, es simple pereza.

Ninguna de las dos cosas debe servirnos como excusa, la inquietud, la ansiedad, porque es un estado negativo en sí mismo, que incluso tiene impacto en la salud, y precisamente, la forma de pelear más fácil y productiva que existe, es mostrarnos activos, tomar una dirección y seguirla. En cuanto a la pereza, pues ya se sabe que es la madre de todos los vicios y –según Zimbardo—uno de los orígenes del mal. Seguir nuestros buenos hábitos como en cualquier otro momento, procurar evitar centrarnos en el acontecimiento esperado, o incluso realizar esas tareas que hemos ido posponiendo, como limpiar un armario o coserle los bajos a unos pantalones, pueden servir de ayuda.

Además, está el hecho de que, dejarlo todo para después del acontecimiento, desembocará en un exceso de actividades a realizar, con sus consiguientes esfuerzos acumulados y sus gastos asociados, ya sea en tiempo, en dinero o en cualquier otro concepto. Es mucho más probable que podamos introducir cambios uno a unos que todos de una vez, los cambios, incluso los positivos, provocan estrés. Así, podremos celebrar en el futuro el aniversario del día en el que comenzamos a correr, o del que nos apuntamos a clases de fotografía. Y todo sin aglomeraciones –los días posteriores a las fiestas navideñas, los gimnasios parecen un mercadillo playero a las puertas de un estadio--.
Empecemos con algún cambio ahora mismo.


Jaime Miranda
Psicólogo

Blog:
Actividades karma