| En el capítulo anterior de nuestra saga
describía una propuesta para abordar un plan y, como siempre,
surgieron los objetivos. Me encanta lo de los objetivos, porque
trabajo en un entorno corporativo y esa palabra resbala de la boca
con una frecuencia tan aplastante que, a fuerza de repetirla, pierde
su verdadero significado. Creo con sinceridad que la creencia errónea
de que las cosas repetidas mil veces se convierten en verdad es
una de las lacras de la vida moderna. Aunque a veces ocurre.
Ya he escrito en mi bitácora sobre la diferencia entre objetivos
de ejecución y objetivos de realización. Como repaso,
diré que un objetivo de ejecución es uno de esos que
tienen una fecha fin; es una entidad corpórea (como entregar
un informe, perder dos kilos, comprar papel higiénico). Un
objetivo de realización es uno que implica, no la consecución
final, sino el emprender y mantener una conducta (como ir al gimnasio
o comer saludablemente). Los de ejecución, por razones que
en ocasiones se deben a nuestra cultura, son los que más
suelen motivar. Así, en su libro “Los siete hábitos
de la gente altamente efectiva”, Stephen Covey nos dice que
es un buen hábito empezar con el final en mente: visualizar
el objetivo. Me parece un gran consejo, pero propongo comenzar con
el principio en mente, con el primer paso que tenemos que dar. En
plena acción. Imaginémonos con la ropa de deporte
y calzándonos las zapatillas. Imaginemos el aire fresco de
la mañana en la piel. Imaginemos el parque y la agradable
sensación del descanso tras el esfuerzo, ese pequeño
pinchazo de orgullo cuando conseguimos nuestros diez o veinte primeros
minutos corriendo.
Para aproximarnos a nuestros objetivos de realización es
buena idea que diseñemos nuestro propio programa de Control
de Estímulos. Se considera que todos estamos regulados en
parte por una motivación intrínseca –que viene
de dentro-- y en parte por una extrínseca –que llega
del exterior. Por ejemplo, si pretendemos seguir una dieta no es
muy buena idea que tengamos almacenadas tabletas de chocolate por
toda la casa, o que pasemos en ayunas por delante del escaparate
de una pastelería. Por ahí va el control de estímulos.
Hagamos un breve autoanálisis –creo que va siendo urgente
que hablemos de las hojas de registro— y decidamos, en base
a nuestros objetivos, qué estímulos nos ayudan. Por
ejemplo, pegar en la nevera una foto de un luchador de sumo suele
ayudar a controlar el consumo de alimentos, y una foto de una corredora
puede recordar cada día que tenemos que hacer deporte. No
son dos ejemplos muy sutiles, pero creo que ilustran bien lo que
significa el control de estímulos. La tecnología puede
darnos un empujoncito: una alarma en el móvil o una nota
en la agenda electrónica pueden servir de disparador de la
conducta que queremos realizar. El control de estímulos a
veces no tiene como objetivo hacer, sino dejar de hacer. Volved
a pensar en lo de la pastelería en ayunas y el próximo
lunes dad una vuelta al bloque para no pasar por delante. Además,
así haréis más ejercicio. También estaría
bien que salieseis desayunados.
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