12 de noviembre de 2007
Objetivos

En el capítulo anterior de nuestra saga describía una propuesta para abordar un plan y, como siempre, surgieron los objetivos. Me encanta lo de los objetivos, porque trabajo en un entorno corporativo y esa palabra resbala de la boca con una frecuencia tan aplastante que, a fuerza de repetirla, pierde su verdadero significado. Creo con sinceridad que la creencia errónea de que las cosas repetidas mil veces se convierten en verdad es una de las lacras de la vida moderna. Aunque a veces ocurre.
Ya he escrito en mi bitácora sobre la diferencia entre objetivos de ejecución y objetivos de realización. Como repaso, diré que un objetivo de ejecución es uno de esos que tienen una fecha fin; es una entidad corpórea (como entregar un informe, perder dos kilos, comprar papel higiénico). Un objetivo de realización es uno que implica, no la consecución final, sino el emprender y mantener una conducta (como ir al gimnasio o comer saludablemente). Los de ejecución, por razones que en ocasiones se deben a nuestra cultura, son los que más suelen motivar. Así, en su libro “Los siete hábitos de la gente altamente efectiva”, Stephen Covey nos dice que es un buen hábito empezar con el final en mente: visualizar el objetivo. Me parece un gran consejo, pero propongo comenzar con el principio en mente, con el primer paso que tenemos que dar. En plena acción. Imaginémonos con la ropa de deporte y calzándonos las zapatillas. Imaginemos el aire fresco de la mañana en la piel. Imaginemos el parque y la agradable sensación del descanso tras el esfuerzo, ese pequeño pinchazo de orgullo cuando conseguimos nuestros diez o veinte primeros minutos corriendo.
Para aproximarnos a nuestros objetivos de realización es buena idea que diseñemos nuestro propio programa de Control de Estímulos. Se considera que todos estamos regulados en parte por una motivación intrínseca –que viene de dentro-- y en parte por una extrínseca –que llega del exterior. Por ejemplo, si pretendemos seguir una dieta no es muy buena idea que tengamos almacenadas tabletas de chocolate por toda la casa, o que pasemos en ayunas por delante del escaparate de una pastelería. Por ahí va el control de estímulos. Hagamos un breve autoanálisis –creo que va siendo urgente que hablemos de las hojas de registro— y decidamos, en base a nuestros objetivos, qué estímulos nos ayudan. Por ejemplo, pegar en la nevera una foto de un luchador de sumo suele ayudar a controlar el consumo de alimentos, y una foto de una corredora puede recordar cada día que tenemos que hacer deporte. No son dos ejemplos muy sutiles, pero creo que ilustran bien lo que significa el control de estímulos. La tecnología puede darnos un empujoncito: una alarma en el móvil o una nota en la agenda electrónica pueden servir de disparador de la conducta que queremos realizar. El control de estímulos a veces no tiene como objetivo hacer, sino dejar de hacer. Volved a pensar en lo de la pastelería en ayunas y el próximo lunes dad una vuelta al bloque para no pasar por delante. Además, así haréis más ejercicio. También estaría bien que salieseis desayunados.


Jaime Miranda
Psicólogo

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