19 de noviembre de 2007
Mencionábamos un plan

Mencionábamos un plan, mencionábamos unos objetivos. Lo que no hemos mencionado es que existen una serie de razones que parecen detenernos a la hora de abordar los cambios. Del mismo libro al que me refería en la columna de la semana pasada, Psicología Preventiva, he extraído una parte de las razones identificadas por las que no movemos el trasero. He aquí la lista:
a. Carencia de motivación.
b. Déficit de control impulsivo.
c. Ausencia de perseverancia.
d. Uso incorrecto de las habilidades.
e. Incapacidad trasladando pensamiento a la acción.
f. Falta de habilidad para completar las tareas y llevarlas hasta el final.
g. Fracaso para iniciar.
h. Miedo al fracaso.
i. Dilación o procrastinación.
j. Mala atribución de culpa.
k. Autocompadecimiento.
l. Dependencia excesiva.
m. Falta de concentración.
n. Incapacidad para retrasar la gratificación.
o. Autoconfianza insuficiente.
Aunque hay muchas que son evidentes, quisiera ir profundizando en ellas, para que podamos –cada uno de nosotros— identificar en que punto estamos y tratar de desbloquear nuestros movimientos favorables.
Comenzaré con la falta de motivación. Alguna vez he dicho que cada vez que oigo la palabra motivación me imagino a un americano de unos cuarenta años muy bien llevados, vestido con un mono de licra, que arenga desde un escenario a un montón de adeptos a una suerte de secta de la salud. Vamos, que me provoca un poco de grima. Y es que la palabreja está presente en todas partes: revistas, entrenamientos deportivos, reality shows, y cada mañana en boca de la mitad de los mandos intermedios de organizaciones de todo el mundo.
Pero no se usa demasiado bien en muchas ocasiones. Para empezar, confundir la motivación con el impulso es un error muy común. El impulso es lo que me hace realmente salir disparado, las ganas. La motivación debe identificarse con las razones que tengo para hacer las cosas. Es decir: como porque me resulta necesario para tener energía y vivir, ese es mi motivo, pero puedo tener o no tener gana de comer. Si atendiésemos a esta diferencia, el primer punto (carencia de motivación) podría indicar que no existe razón alguna para iniciar movimientos. Es lícito.
Si, por el contrario, lo que nos falta es impulso, ganas, entonces tenemos un asuntillo que solventar.
Se dice que existen dos tipos de motivación según su procedencia sea interior –motivación intrínseca— o exterior –motivación extrínseca. La primera es mucho más poderosa a la larga. Aunque comencemos con pequeñas ayudas, refuerzos y recompensas, será cuando aprendamos que las tareas nos proporcionan un beneficio por si mismas, cuando generemos un gusto por ellas y por cómo nos hacen sentir. Entonces estaremos realmente en muy buen camino. Además, está comprobado que, cuanto más esfuerzo hemos de invertir, más nos satisfacen los resultados. Concentrémonos pues en la realización de la tarea y en lo que nos hace sentir, ya sea practicar una actividad deportiva, la comprensión de una lección que resultaba difícil o el logro de una tarea complicada en el trabajo.
Y la semana que viene, el déficit de control impulsivo.


Jaime Miranda
Psicólogo

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