26 de noviembre de 2007
Control de los impulsos

El déficit en controlar los impulsos implica que no se es capaz de controlar un acto que supone un daño.

El daño puede ser para uno mismo o para los demás, claro. Son casos de falta de control como picar entre horas, o fumar. Si las conductas dañinas se acentúan, pueden llevar a trastornos, adicciones severas, manías como la piromanía o la cleptomanía, que generan graves problemas a los que los que los padecen. En este artículo, sólo vamos a tratar de aprender algún truco para paliar algún déficit menor.
Lo primero que tenemos que tener en cuenta es si nuestra compulsión es leve o si ya ha trascendido esa barrera. Si se trata de algo que ya es preocupante –volvemos con la mitad de nuestro sueldo en compras cada vez que salimos a ver escaparates—lo mejor es salir corriendo a buscar un terapeuta sin mirar escaparates por el camino.
Si por el contrario sólo queremos tratar una conducta del tipo de comer colines mientras estudiamos –que es una de mis formas más recurrentes de coger kilos, y que me hizo llegar a pensar que el saber ocupaba mucho lugar en la cintura— podemos ponernos manos a la obra e intentar mejorar la cuestión con técnicas más sencillas.

“Cada vez que me siento a ver la tele, me pongo hasta arriba de chucherías”

Si en algún momento hemos dicho o pensado eso, hemos realizado una forma de detección de antecedentes, que podríamos definir como aquellas conductas, situaciones, lugares que acaban por desembocar en la conducta que queremos evitar. Bueno, como diría mi abuelita, no te sientes en el sofá. Es decir, tenemos que identificar como llegamos hasta la situación en la que nos ponemos a hacer eso que no queremos. Hablábamos de evitar el escaparate de la pastelería, por ejemplo. Pero no todo es tan fácil de identificar. A lo mejor es en presencia de una persona, porque es la que compra las chucherías, o porque nos regañan demasiado –llamar la atención en exceso sobre una conducta no adecuada la refuerza en muchos casos, es efecto madre pesada es francamente negativo--. Puede que sea la hora del día, o que nos entra hambre y nos resulta más cómodo que hacer comida de verdad.
Una vez podamos analizar nuestro registro, seguro que se nos ocurren formas de evitar los antecedentes, al menos algunos de ellos.

“No me he dado ni cuenta”

Seguidamente vamos a trabajar en hacer consciente la conducta. Uno de los problemas de estas compulsiones de medio pelo es que las hacemos de forma automática. Es como el momento en el que conducimos el coche. Si tenemos experiencia no pensamos “acelerador derecho, embrague izquierdo” sino que sencillamente, conducimos. El trabajo de hace conscientes las cosas es dificilillo, pero se puede hacer. Trabajar frente al espejo puede ayudar, comprobar precursores precoces –conductas que ya son parte del problema, como llevarse la mano a la boca, coger gominolas de un cajón…-- para aprender a identificarlas y evitar caer en la tentación. Aunque en este caso, lo mejor, es no tener nada indebido a mano. Nada de prepararse el área de estudio con un surtido de caramelos y chocolates.

Conductas incompatibles.

Entrenar conductas que sean incompatibles con la que nos preocupa es otro truco importante. En la conducta que venimos analizando, por ejemplo, el determinante no es el hambre –algunos terapeutas, de hecho, analizarían porque tenemos una ansiedad que deriva en comer entre horas, lo que sería muy positivo--. Algo tan sencillo como apretar una pelota puede ayudar a no acudir al cajoncito.


Jaime Miranda
Psicólogo

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