| El déficit en controlar los impulsos implica
que no se es capaz de controlar un acto que supone un daño.
El daño puede ser para uno mismo o para los demás,
claro. Son casos de falta de control como picar entre horas, o fumar.
Si las conductas dañinas se acentúan, pueden llevar
a trastornos, adicciones severas, manías como la piromanía
o la cleptomanía, que generan graves problemas a los que
los que los padecen. En este artículo, sólo vamos
a tratar de aprender algún truco para paliar algún
déficit menor.
Lo primero que tenemos que tener en cuenta es si nuestra compulsión
es leve o si ya ha trascendido esa barrera. Si se trata de algo
que ya es preocupante –volvemos con la mitad de nuestro sueldo
en compras cada vez que salimos a ver escaparates—lo mejor
es salir corriendo a buscar un terapeuta sin mirar escaparates por
el camino.
Si por el contrario sólo queremos tratar una conducta del
tipo de comer colines mientras estudiamos –que es una de mis
formas más recurrentes de coger kilos, y que me hizo llegar
a pensar que el saber ocupaba mucho lugar en la cintura— podemos
ponernos manos a la obra e intentar mejorar la cuestión con
técnicas más sencillas.
“Cada vez que me siento a ver la tele, me pongo hasta arriba
de chucherías”
Si en algún momento hemos dicho o pensado eso, hemos realizado
una forma de detección de antecedentes, que podríamos
definir como aquellas conductas, situaciones, lugares que acaban
por desembocar en la conducta que queremos evitar. Bueno, como diría
mi abuelita, no te sientes en el sofá. Es decir, tenemos
que identificar como llegamos hasta la situación en la que
nos ponemos a hacer eso que no queremos. Hablábamos de evitar
el escaparate de la pastelería, por ejemplo. Pero no todo
es tan fácil de identificar. A lo mejor es en presencia de
una persona, porque es la que compra las chucherías, o porque
nos regañan demasiado –llamar la atención en
exceso sobre una conducta no adecuada la refuerza en muchos casos,
es efecto madre pesada es francamente negativo--. Puede que sea
la hora del día, o que nos entra hambre y nos resulta más
cómodo que hacer comida de verdad.
Una vez podamos analizar nuestro registro, seguro que se nos ocurren
formas de evitar los antecedentes, al menos algunos de ellos.
“No me he dado ni cuenta”
Seguidamente vamos a trabajar en hacer consciente la conducta.
Uno de los problemas de estas compulsiones de medio pelo es que
las hacemos de forma automática. Es como el momento en el
que conducimos el coche. Si tenemos experiencia no pensamos “acelerador
derecho, embrague izquierdo” sino que sencillamente, conducimos.
El trabajo de hace conscientes las cosas es dificilillo, pero se
puede hacer. Trabajar frente al espejo puede ayudar, comprobar precursores
precoces –conductas que ya son parte del problema, como llevarse
la mano a la boca, coger gominolas de un cajón…-- para
aprender a identificarlas y evitar caer en la tentación.
Aunque en este caso, lo mejor, es no tener nada indebido a mano.
Nada de prepararse el área de estudio con un surtido de caramelos
y chocolates.
Conductas incompatibles.
Entrenar conductas que sean incompatibles con la que nos preocupa
es otro truco importante. En la conducta que venimos analizando,
por ejemplo, el determinante no es el hambre –algunos terapeutas,
de hecho, analizarían porque tenemos una ansiedad que deriva
en comer entre horas, lo que sería muy positivo--. Algo tan
sencillo como apretar una pelota puede ayudar a no acudir al cajoncito.
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