| Perseverancia, según el diccionario de la
RAE, es –y mira que me desagrada eso de comenzar citando el
diccionario-- mantenerse constante en la prosecución de lo
comenzado, en una actitud o en una opinión. Vamos, la perseverancia,
que en ocasiones puede confundirse con la tozudez, es esa capacidad
de apuntarse al gimnasio e ir, de salir a correr una mañana
y volver a la siguiente, de estudiar todos los días. La perseverancia,
a la que algunos llaman directamente voluntad, cometiendo un cierto
error que no viene a cuento todavía, es un bien escaso.
Si nos falta perseverancia, es evidente que no vamos a llegar muy
lejos, porque lo más probable es que sólo demos los
primeros pasos. Pero la perseverancia se puede mejorar, así
que vamos a echar un vistazo a un truco con esa intención.
El truco tiene el nombre de un tal David Premack, de ahí
que se le llame principio de Premack. La enunciación del
principio es algo compleja y llena de palabras de las que se usan
en estudios de aprendizaje animal, pero lo cierto es que casi todos
lo hemos usado de una forma u otra. Es lo que hacemos cuando, por
ejemplo, nos negamos la posibilidad de cenar hasta que no hayamos
terminado de leer un capítulo del libro, o en esas ocasiones
en que miramos el reloj y nos proponemos seguir en la brecha hasta
una hora determinada. En resumen: lo que propone Premack es que,
si se establece una relación de contingencia entre dos conductas,
una reforzante (es decir, una que nos guste) y una de menor preferencia
(que será nuestra conducta objetivo), aumentará la
frecuencia de esta última. Cuanto más fuerte sea la
relación entre ambas conductas, más probable será
que perseveremos en la conducta objetivo.
Elijamos pues una conducta, o varias, que nos guste realizar con
frecuencia, y pongámoslas en asociación con las conductas
objetivo. No cenar hasta que no hayamos ido al gimnasio, no jugar
con la videoconsola hasta no haber estudiado, no ver la tele hasta
que no hayamos fregado los platos. Por supuesto, podemos darle la
vuelta y asociar una no conducta con otra: si no he picado entre
horas a las ocho, puedo jugar una hora extra con mi videojuego favorito.
Como puede apreciarse, podemos además aplicar la técnica
de las actividades alternativas e incompatibles –alguno podrá
comer bollos jugando a la Wii, pero no me parece recomendable.
Desde luego, hay otras técnicas para trabajar la perseverancia.
Podemos intentar un verdadero empujón físico: poner
el despertador fuera del alcance de nuestra mano por la mañana
hace maravillas. Pagar una pasta por el gimnasio y pegar en la puerta
de la nevera el recibo puede ser más útil que colocar
la foto de Brad Pitt en el espejo del tocador.
Pero para perseverar lo imprescindible es querer perseverar. Que
sea la propia conducta objetivo lo que nos haga sentir bien es lo
que debemos perseguir. Aunque parezca algo un poco raro, recomiendo
poner en lugar visible una instrucción que nos recuerde que
queremos hacerlo, y leerla con convencimiento y entusiasmo cada
mañana, recordando por qué hacemos ese esfuerzo.
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