17 de diciembre de 2007
Feliz Navidad

A juzgar por los anuncios de juguetes, las torres inmensas de turrón que han dispuesto los supermercados, las guirnaldas callejeras, los conos luminosos que hacen hoy en día de árbol, el frío intenso con el que se quiebran las orejas, creo que ya no puedo seguir resistiéndome. Lo acepto: la Navidad está ya aquí. Ya no es solo cosa de los grandes almacenes, el calendario también lo dice. Y yo recito con pasión automática esa frase tan inteligente que nos brindaron humoristas de tiempos pretéritos: odio tener que estar feliz a piñón fijo. Escucho cancioncitas en la radio, villancicos en un microsurco –para lectores menores de veintiocho años: antes teníamos vinilos, buscad en la wikipedia o algo— que mi madre desempolva con una sonrisa cada vez que se nos aproximan las fechas.

Y me pillo envuelto en una bufanda, haciendo compras, tarareando anuncios que dicen cosas bonitas.

A mí también me afectan las fiestas. Como cada uno, hago lo que puedo.

Son sin duda unas fechas en las que uno se estresa. Hay que ser de piedra para que no te afecten: lo de los sentimientos a plazo fijo es algo más que una frase graciosa –aunque para mí perdió la gracia a principios de los noventa--, y lo cierto es que es habitual que nos pille en un estado de nervios de categoría. La presión social es tremenda, hay compromisos múltiples, cenas de empresa, con amigos, con familiares, hay que comprar regalos en lugares cuajados de gente con prisa, conducir en condiciones atroces recorriendo distancias prolongadas en primera y sabiendo que el aparcamiento más cercano a nuestro destino se va a encontrar a kilómetros del mismo. La agenda de cualquiera se convierte en interminables listas emborronadas. Qué decir de los gastos. No parece que podamos movernos un milímetro sin dejar unos euros en el camino. Las comidas son especialmente copiosas y desequilibradas, dormimos menos, bebemos más alcohol. Comienzan las llamadas de los ex-novios y ex-novias. Los celosos se trastornan. Llega el fin de año y queremos completar nuestra maravillosa lista de propósitos elaborada en enero. ¿No has dejado de fumar? ¡Qué mejor momento que éste en el que el estrés te está matando! Algún espabilado se pone a dieta un mes antes y llega flojo, alguno va al gimnasio a quemarlo todo en el menor tiempo posible y se le hacen contracturas como huevos de gallina. Otros se saltan comidas y los hay que, en pleno ataque de desinformación, creen que dos polvorones sustituyen a una comida.

Si nos centramos en las cenas familiares, la cosa llega a extremos desproporcionados, porque si somos pareja, a menudo no nos acaba de caer bien la familia del otro y, si no lo somos, a veces nos cae mal la propia. Como dice mi madre: una cosa es querer y otra soportar.

¿Y qué hacemos?

Lo primero es dejar de rezongar. Sí, así de triste –o no--. La pildorita navideña se pasa, es cierto. Yo ya he pasado por más de treinta y no me ha sucedido nada. Así que, si no estamos dispuestos a afrontarlo de otra forma, un poquito de resignación. Para el que tenga la posibilidad, es recomendable un viaje a algún lugar caliente. Pero para el que prefiera ser sociable, hacer feliz a mamá, a la abuelita, y divertirse un poco, lo mejor es pensar en un concepto: generosidad. El hecho de que haya unas fiestas que, seamos del credo que seamos, inviten a ser generosos es importante. Y no consiste en comprar el regalo más caro, sino en que, gracias a estas ocasiones, en las que nos obligamos a ver a la familia, a los suegros, llamamos a ese amigo que vive en otra provincia y al que vemos una vez al año. Si lo hacemos con nuestra mejor sonrisa, si estamos dispuestos a disfrutar de las pequeñas cosas, todo irá mejor, y probablemente nos daremos cuenta de que la felicidad también radica en hacer felices a los demás.


En cuanto al efecto del fin de año, lo mejor es hacer acopio de fuerzas y repasar lo que hemos conseguido, aunque no llegásemos al objetivo final y lo que no nos interesa repetir. Aprender, continuar nuestro camino, comprender que la vida es un cambio y un quehacer continuo en el que hay que obtener algo de todos los actos, y no una carrera de velocidad. Dejemos la lista a medias, no es tan terrible. Puede que hayamos descubierto que tenemos un pequeño talento para servir el vino, que consiguiésemos salir a correr con cierta regularidad, que hayamos visto a casi la mitad de las personas que teníamos en la lista, pero que en realidad son el doble que el año anterior. Centrémonos en lo bueno que nos ha pasado.

En cualquier caso, el año entrante es un cuaderno en blanco que tenemos que empezar.

Además, debemos buscar algún refuerzo. Son las fechas adecuadas para pensar en ese pequeño capricho que no nos hemos dado. No es necesario que nos pasemos, seguro que hay alguna cosa para la que estábamos ahorrando, o algo que no hemos hecho y podemos hacer –subir a la sierra, tirarse en trineo.

Por supuesto, todos los consejos de no excederse, no querer conseguir demasiado, hacer las compras con antelación y todas esas cosas que nos dicen en las revistas –que básicamente son las mismas todos los años--, los recortaremos para pegarlos en la nevera, y empezar a ponerlos en funcionamiento el octubre siguiente, que lo cierto es que para esta vez ya es tarde.

Feliz Navidad pues, o como sea.


Jaime Miranda
Psicólogo

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