| A juzgar por los anuncios de juguetes, las torres
inmensas de turrón que han dispuesto los supermercados, las
guirnaldas callejeras, los conos luminosos que hacen hoy en día
de árbol, el frío intenso con el que se quiebran las
orejas, creo que ya no puedo seguir resistiéndome. Lo acepto:
la Navidad está ya aquí. Ya no es solo cosa de los
grandes almacenes, el calendario también lo dice. Y yo recito
con pasión automática esa frase tan inteligente que
nos brindaron humoristas de tiempos pretéritos: odio tener
que estar feliz a piñón fijo. Escucho cancioncitas
en la radio, villancicos en un microsurco –para lectores menores
de veintiocho años: antes teníamos vinilos, buscad
en la wikipedia o algo— que mi madre desempolva con una sonrisa
cada vez que se nos aproximan las fechas.
Y me pillo envuelto en una bufanda, haciendo compras, tarareando
anuncios que dicen cosas bonitas.
A mí también me afectan las fiestas. Como cada uno,
hago lo que puedo.
Son sin duda unas fechas en las que uno se estresa. Hay que ser
de piedra para que no te afecten: lo de los sentimientos a plazo
fijo es algo más que una frase graciosa –aunque para
mí perdió la gracia a principios de los noventa--,
y lo cierto es que es habitual que nos pille en un estado de nervios
de categoría. La presión social es tremenda, hay compromisos
múltiples, cenas de empresa, con amigos, con familiares,
hay que comprar regalos en lugares cuajados de gente con prisa,
conducir en condiciones atroces recorriendo distancias prolongadas
en primera y sabiendo que el aparcamiento más cercano a nuestro
destino se va a encontrar a kilómetros del mismo. La agenda
de cualquiera se convierte en interminables listas emborronadas.
Qué decir de los gastos. No parece que podamos movernos un
milímetro sin dejar unos euros en el camino. Las comidas
son especialmente copiosas y desequilibradas, dormimos menos, bebemos
más alcohol. Comienzan las llamadas de los ex-novios y ex-novias.
Los celosos se trastornan. Llega el fin de año y queremos
completar nuestra maravillosa lista de propósitos elaborada
en enero. ¿No has dejado de fumar? ¡Qué mejor
momento que éste en el que el estrés te está
matando! Algún espabilado se pone a dieta un mes antes y
llega flojo, alguno va al gimnasio a quemarlo todo en el menor tiempo
posible y se le hacen contracturas como huevos de gallina. Otros
se saltan comidas y los hay que, en pleno ataque de desinformación,
creen que dos polvorones sustituyen a una comida.
Si nos centramos en las cenas familiares, la cosa llega a extremos
desproporcionados, porque si somos pareja, a menudo no nos acaba
de caer bien la familia del otro y, si no lo somos, a veces nos
cae mal la propia. Como dice mi madre: una cosa es querer y otra
soportar.
¿Y qué hacemos?
Lo primero es dejar de rezongar. Sí, así de triste
–o no--. La pildorita navideña se pasa, es cierto.
Yo ya he pasado por más de treinta y no me ha sucedido nada.
Así que, si no estamos dispuestos a afrontarlo de otra forma,
un poquito de resignación. Para el que tenga la posibilidad,
es recomendable un viaje a algún lugar caliente. Pero para
el que prefiera ser sociable, hacer feliz a mamá, a la abuelita,
y divertirse un poco, lo mejor es pensar en un concepto: generosidad.
El hecho de que haya unas fiestas que, seamos del credo que seamos,
inviten a ser generosos es importante. Y no consiste en comprar
el regalo más caro, sino en que, gracias a estas ocasiones,
en las que nos obligamos a ver a la familia, a los suegros, llamamos
a ese amigo que vive en otra provincia y al que vemos una vez al
año. Si lo hacemos con nuestra mejor sonrisa, si estamos
dispuestos a disfrutar de las pequeñas cosas, todo irá
mejor, y probablemente nos daremos cuenta de que la felicidad también
radica en hacer felices a los demás.
En cuanto al efecto del fin de año, lo mejor es hacer acopio
de fuerzas y repasar lo que hemos conseguido, aunque no llegásemos
al objetivo final y lo que no nos interesa repetir. Aprender, continuar
nuestro camino, comprender que la vida es un cambio y un quehacer
continuo en el que hay que obtener algo de todos los actos, y no
una carrera de velocidad. Dejemos la lista a medias, no es tan terrible.
Puede que hayamos descubierto que tenemos un pequeño talento
para servir el vino, que consiguiésemos salir a correr con
cierta regularidad, que hayamos visto a casi la mitad de las personas
que teníamos en la lista, pero que en realidad son el doble
que el año anterior. Centrémonos en lo bueno que nos
ha pasado.
En cualquier caso, el año entrante es un cuaderno en blanco
que tenemos que empezar.
Además, debemos buscar algún refuerzo. Son las fechas
adecuadas para pensar en ese pequeño capricho que no nos
hemos dado. No es necesario que nos pasemos, seguro que hay alguna
cosa para la que estábamos ahorrando, o algo que no hemos
hecho y podemos hacer –subir a la sierra, tirarse en trineo.
Por supuesto, todos los consejos de no excederse, no querer conseguir
demasiado, hacer las compras con antelación y todas esas
cosas que nos dicen en las revistas –que básicamente
son las mismas todos los años--, los recortaremos para pegarlos
en la nevera, y empezar a ponerlos en funcionamiento el octubre
siguiente, que lo cierto es que para esta vez ya es tarde.
Feliz Navidad pues, o como sea.
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