| En un alarde de intrusismo, puesto que aquí
de música la que sabe es mi compañera escupidora
de erudiciones, voy a salirme fuera de mi línea habitual
para hablar sobre canciones.
Como usuario frecuente de parques y jardines de mi ciudad, he comprobado
que aquellos que corremos solos solemos portar un reproductor de
música. En las clases de aeróbic nos ponen ritmos
a seguir, y también en los supermercados. Está perfectamente
estudiado el fenómeno. La música influye en el aspecto
anímico de nuestra vida. Hace trabajar áreas cerebrales
diferentes que la lectura o la palabra. Nos completa. Nos ajustamos
al “beat” de las canciones que escuchamos, así
que un poco de música puede ayudarnos a mejorar una marca
personal, o simplemente a estar animados durante el evento. Gracias
a una elección correcta de canciones, yo mismo he conseguido
arañar unos minutos a mi marca en diez kilómetros.
A veces, una canción nos recuerda a alguien o a alguna situación
–no siempre buena, lo reconozco. Por ejemplo, en una serie
titulada “¿Samantha quién?”, dedican un
capítulo a un recuerdo bloqueado por la protagonista, que
llora exacerbadamente cada vez que escucha una cancioncilla que,
sin embargo, tiene un ritmo alegre. Resulta cómico por lo
exagerado, pero no es tan increíble. En una ocasión
fui recabando canciones tristes de mis amigos. Les preguntaba qué
música les ponía en un estado melancólico o
incluso les arrancaba lágrimas. Fue un éxito. Algunas
de esas canciones me provocan verdaderas catarsis.
Hace poco, un amigo me habló de unas canciones de los Beatles
para que sus sobrinos aprendiesen inglés. Recuerdo también
que un conocido regaló a su novia un disco en el que había
grabado una canción seleccionada por cada uno de los amigos
de ambos. Un regalo precioso a mi parecer.
La música ayuda a moverse, a relacionarse, a producir. Por
ejemplo, el Ingeniero Javier Manterota mencionó
en una entrevista a EL PAIS, que "A veces, cuando pensaba en
una obra nueva me ponía a Bach, para ver si mis ideas así
filtradas daban algo sublime".
Aunque defiendo el silencio y opino que somos una sociedad ruidosa
–especialmente en nuestra latitud--, creo en la música.
Encontrar esa mezcla perfecta para correr, para estudiar, esa mezcla
para provocar o ayudar a los sentimientos a viajar desde lo profundo
a lo superficial, es una ciencia. Esos son los deberes para hoy,
los deberes que yo mismo me pongo antes de eventos diversos: elegir
música para el ejercicio, el amor, un viaje, concentrarse,
llorar, y porque no, para reírse.
Espero que Paula pueda ayudarnos con ello.
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