| Hace un tiempo practiqué algo de Aikido,
y sé que volveré a hacerlo. En realidad, nunca lo
he dejado del todo. No me pongo la Hakama, no hago de uke ni de
tori en una sesión organizada, pero algunas de aquellas enseñanzas
están siempre conmigo.
Lo primero que me enseñó el maestro fue a caer. Me
obligó a repetir hasta la extenuación un movimiento
que es bello cuando se ejecuta bien. Era tan poco intuitivo y yo
tan torpe, que caí sobre mi cara, sobre mis brazos y sobre
el pecho varias veces. Debía ser tan armonioso y yo tan rígido
que me hice daño y me agoté. Hasta que un día
simplemente caí hacia delante, rodé sujetando una
gran tinaja imaginaria y me puse en pie sin que participase mi mente,
esa que cuenta los relatos y que busca soluciones a problemas planteados
en mi vida cotidiana.
Me emocioné un poco. Sonreí.
Cuando quise darme cuenta el maestro me tocaba el hombro, dando
su aprobación, y fue satisfactorio, pero yo ya sabía
que lo había conseguido.
Así, en las vueltas que daba evitando que se me retorciesen
las muñecas, viví un proceso que conectaba con enseñanzas
teóricas que me quedaban no tan lejos de allí en términos
geográficos, pero mucho en términos conceptuales.
En el tatami cultivaba el cuerpo, en la universidad la mente.
Ese era mi error: separar ambos. Son un todo. Muchas veces me lo
recordaban mis ejercicios, el aprendizaje a veces inconsciente.
En psicología te enseñan que existen actos controlados
y actos automáticos, esos que hacemos sin pensar, como el
uso del volante o de la palanca de cambios al conducir. Convertir
un acto controlado y poco intuitivo en un acto automático,
uno que sale del interior de una mente en blanco, exige dedicación,
esfuerzo, y muchas repeticiones.
Y conseguir hacer ese esfuerzo te provoca una satisfacción
que no es equiparable a nada, una que no puede igualarse con recompensas
externas.
Llevo ya media página y no he abordado el tema que pretendía
ser central: las caídas. Así que disculpa, lector
perdido, el circunloquio.
Caer es un arte. Hablamos de caer de pie, de caer en gracia, caer
mal, caer en la tentación o caer en la cuenta. Pero caer,
ese preciso instante en el que perdemos el equilibrio y nuestro
centro de gravedad permanente se mueve, ese instante es terrible.
Saber caer en todos los casos es imposible.
Sin embargo el practicante de Ukemi cae huyendo del dolor, un dolor
al que a veces somos adictos o que, sencillamente, creemos que es
parte inherente de nuestra vida –cuánta es la tentación
que tengo que resistir para no hablar de la Venus de las Pieles
y la lección de vida que hay en su texto.
El Ukemi es un paso de baile fuera del círculo del dolor,
un suave y armonioso giro que sin embargo es enérgico, veloz
y liberador. Evita el impacto, te aleja del peligro, te da un respiro.
¿Dónde deberíamos ejercitar nuestro próximo
Ukemi?
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