| Aunque últimamente mis columnas iban más
en la línea del cuento zen, alguien me recordó que
estaba relatando lo que significaban las razones para no prevenir
las conductas inadecuadas, o cómo llevar conductas de salud.
Soy proclive a romper mis propias reglas si los efectos no revisten
gravedad, pero, en atención a la advertencia, he decidido
retomar el camino inicial.
Nos quedamos, si mal no recuerdo –tendría bastante
delito, puesto que mi querido anfitrión ha tenido a bien
dejar unos ordenados enlaces a las columnas anteriores- en el mal
uso de las habilidades propias, punto que viene seguido de la incapacidad
de trasladar el pensamiento a la acción.
Hablamos de habilidades para referirnos al conocimiento de unas
técnicas. Por ejemplo: escuchar, dar las gracias, recibir
e interpretar instrucciones son habilidades sociales. Aunque exista
quien sea más capaz, quien parezca tener un don, muchas habilidades
pueden trabajarse. También hay quien parece no tener esas
habilidades en absoluto –creo que he leído decenas
de artículos sobre jefes poco respetuosos que no escuchan—
y quien, de hecho, no las tiene.
Centrémonos en el ejemplo de los jefes por un momento: un
individuo que ha completado un cierto grado de educación,
que ha escalado puestos en una empresa, que ha sido subordinado
de otros y que a menudo ha tratado con clientes y proveedores tiene
que haber practicado muchas habilidades de comunicación diferentes.
Sin embargo, puede que no las esté empleando, o que no lo
haga del todo. Es muy posible que no preste atención, o que
le cueste mantenerla durante el tiempo necesario, o que no sea agradecido
o respetuoso.
¿Por qué?
Bueno, hay una máxima en psicología. Hacemos las
cosas de cierta forma porque nos funciona. No quiere decir la máxima
que esa manera de hacerlas sea la óptima. Es decir, a menudo
no hacemos lo mejor que podríamos hacer, sino algo con lo
que hemos conseguido salir del paso otras veces. Estoy convencido
de que casi todos conocemos a un mando que podría ejemplificar
lo dicho. Si ha conseguido resultados con una mala actitud y nadie
es capaz de hacerle ver que las cosas podrían llegar más
lejos con la actitud correcta, no se esforzará más.
Cada vez que aplicamos la jocosamente llamada “ley del mínimo
esfuerzo”, estamos arriesgándonos a hacer un uso negligente
de nuestras propias habilidades.
Lo mismo sucederá para dejar de fumar, hacer deporte, o
comer mejor. Tal vez tengamos bien claro lo que tenemos que hacer
para tener una vida más saludable: eliminar dulces, no beber
alcohol, hacer deporte, hacernos revisiones médicas y, sin
embargo, nuestro conocimiento, sencillamente, no basta. Es difícil
superar lo que tienen de inmediato las recompensas de las conductas
inadecuadas –por cierto, ese es el punto que se llama “incapacidad
para retrasar la gratificación”— y ser capaces
de situarnos en el futuro, en el momento en el que las conductas
adecuadas rendirán sus frutos.
Esto enlaza con la incapacidad de llevar a cabo lo que estamos
pensando. Pueden darse varias circunstancias. Por ejemplo, no saber
realmente cómo hacerlo. Pero para eso hemos repasado ya cómo
deben ser los objetivos y que debemos ser lo más concretos
posibles al establecerlos. No es lo mismo fijar los martes y jueves
como día de gimnasio, elegir una sala y un horario, que sólo
tener una cierta idea de que nos gustaría acercarnos un día,
si se tercia, a un polideportivo. Pero también está
esa sensación, semejante a esas pesadillas en las que un
monstruo del espacio exterior se dispone a hacernos a la plancha
mientras nosotros nos sentimos incapaces de gritar o correr paralizados
por el miedo. Como dice una tira de Mafalda, la voluntad es un músculo.
No intentemos levantar demasiados kilos de una vez. Más vale
un ejercicio repetido y prolongado en el tiempo que desgarrar fibras
una sola vez en la vida.
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