28 de enero de 2008
El mal uso de las habilidades

Aunque últimamente mis columnas iban más en la línea del cuento zen, alguien me recordó que estaba relatando lo que significaban las razones para no prevenir las conductas inadecuadas, o cómo llevar conductas de salud. Soy proclive a romper mis propias reglas si los efectos no revisten gravedad, pero, en atención a la advertencia, he decidido retomar el camino inicial.

Nos quedamos, si mal no recuerdo –tendría bastante delito, puesto que mi querido anfitrión ha tenido a bien dejar unos ordenados enlaces a las columnas anteriores- en el mal uso de las habilidades propias, punto que viene seguido de la incapacidad de trasladar el pensamiento a la acción.

Hablamos de habilidades para referirnos al conocimiento de unas técnicas. Por ejemplo: escuchar, dar las gracias, recibir e interpretar instrucciones son habilidades sociales. Aunque exista quien sea más capaz, quien parezca tener un don, muchas habilidades pueden trabajarse. También hay quien parece no tener esas habilidades en absoluto –creo que he leído decenas de artículos sobre jefes poco respetuosos que no escuchan— y quien, de hecho, no las tiene.

Centrémonos en el ejemplo de los jefes por un momento: un individuo que ha completado un cierto grado de educación, que ha escalado puestos en una empresa, que ha sido subordinado de otros y que a menudo ha tratado con clientes y proveedores tiene que haber practicado muchas habilidades de comunicación diferentes. Sin embargo, puede que no las esté empleando, o que no lo haga del todo. Es muy posible que no preste atención, o que le cueste mantenerla durante el tiempo necesario, o que no sea agradecido o respetuoso.

¿Por qué?

Bueno, hay una máxima en psicología. Hacemos las cosas de cierta forma porque nos funciona. No quiere decir la máxima que esa manera de hacerlas sea la óptima. Es decir, a menudo no hacemos lo mejor que podríamos hacer, sino algo con lo que hemos conseguido salir del paso otras veces. Estoy convencido de que casi todos conocemos a un mando que podría ejemplificar lo dicho. Si ha conseguido resultados con una mala actitud y nadie es capaz de hacerle ver que las cosas podrían llegar más lejos con la actitud correcta, no se esforzará más. Cada vez que aplicamos la jocosamente llamada “ley del mínimo esfuerzo”, estamos arriesgándonos a hacer un uso negligente de nuestras propias habilidades.

Lo mismo sucederá para dejar de fumar, hacer deporte, o comer mejor. Tal vez tengamos bien claro lo que tenemos que hacer para tener una vida más saludable: eliminar dulces, no beber alcohol, hacer deporte, hacernos revisiones médicas y, sin embargo, nuestro conocimiento, sencillamente, no basta. Es difícil superar lo que tienen de inmediato las recompensas de las conductas inadecuadas –por cierto, ese es el punto que se llama “incapacidad para retrasar la gratificación”— y ser capaces de situarnos en el futuro, en el momento en el que las conductas adecuadas rendirán sus frutos.

Esto enlaza con la incapacidad de llevar a cabo lo que estamos pensando. Pueden darse varias circunstancias. Por ejemplo, no saber realmente cómo hacerlo. Pero para eso hemos repasado ya cómo deben ser los objetivos y que debemos ser lo más concretos posibles al establecerlos. No es lo mismo fijar los martes y jueves como día de gimnasio, elegir una sala y un horario, que sólo tener una cierta idea de que nos gustaría acercarnos un día, si se tercia, a un polideportivo. Pero también está esa sensación, semejante a esas pesadillas en las que un monstruo del espacio exterior se dispone a hacernos a la plancha mientras nosotros nos sentimos incapaces de gritar o correr paralizados por el miedo. Como dice una tira de Mafalda, la voluntad es un músculo. No intentemos levantar demasiados kilos de una vez. Más vale un ejercicio repetido y prolongado en el tiempo que desgarrar fibras una sola vez en la vida.


Jaime Miranda
Psicólogo

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