| Hace un día espléndido y yo padezco
un poco de incapacidad para retrasar la gratificación. En
vez de escribir y sentirme satisfecho con el trabajo realizado,
me apetece dar una vuelta de las largas y dejar que me caliente
la cara el astro rey, como lo llamaba mi abuelita. Pero voy a esforzarme
un poco. Voy a hablar sobre algunos de los puntos que nos quedan
en nuestra lista de razones por las que no adquirimos una conducta
positiva.
La incapacidad para retrasar la gratificación es un fastidio.
Provoca que nuestra atención se desvíe hacia cualquier
cosa que nos provoque una satisfacción inmediata, en vez
de concentrarnos en nuestras tareas. Es decir, esta capacidad es
prima hermana de la falta de concentración. Un ejemplo: comerse
un helado es una gratificación instantánea, sólo
requiere unos euros y caminar hasta el kiosco o la tienda de dulces
más cercana. Sin embargo, verse en el espejo con tres kilos
menos significa atravesar un camino hacia el calvario. Son recompensas
incompatibles –bueno, hasta cierto punto. Los ejemplos son
innumerables. Hay un capítulo de Los Simpsons en el que Bart
obtiene un día extra para estudiar un examen gracias a que
ha nevado tanto que las escuelas cierran. La sensación de
que fuera de su cuarto todo el mundo se divierte le tortura. El
chico hace lo que puede por aislarse y concentrarse en lo que tiene
que estudiar. Lo de cerrar las persianas para no ver al personal
es una técnica de control de estímulos. Ya hemos hablado
de eso. Consiste en intentar no someterse al estímulo que
pueda sacarnos del camino.
Una técnica a utilizar en estos casos en los que tenemos
que concentrarnos es el Principio de Premack: solo se puede jugar
cuando se hayan repasado todas las lecciones. Otra idea es dividir
el objetivo grande en objetivos pequeñitos y recompensarse
con algo cuando se vaya consiguiendo cada uno de ellos.
Pero sobre todo es conveniente concentrarse en el objetivo final,
en lo que nos reporta. Visualizar la consecución y las acciones
que tomamos para llegar, aunque tengamos que ponernos a tararear
Eye of the Tiger mientras nos imaginamos poniendo los codos.
Claro que para llegar al final hace falta iniciar la tarea. El fracaso
para iniciar la tarea es otra de las razones por las que no adquirimos
una conducta positiva de nuestra lista. Es el efecto de lo que me
gusta llamar intenciones crónicas: no es ya no ir al gimnasio,
es ni siquiera acercarse a la puerta de uno. Para que funcione lo
mejor es generar intenciones de implementación. Las intenciones
de implementación van acompañadas de datos concretos,
de un cómo, un cuándo y un donde vamos a hacer las
cosas. Ya hemos hablado de los objetivos. Es hora de ponerse en
marcha.
La falta de habilidades para completar las tareas y llevarlas hasta
el final se refiere al hecho de que literalmente falten esas habilidades,
de que por muy buenas que sean nuestras intenciones no lleguemos
a conseguir nada por falta de capacidades técnicas o conocimientos.
Como ejemplo, tomemos a una persona que decide comer mejor pero
no sabe que el aceite de oliva, aunque es muy saludable, tiene muchas
calorías, así que sube más de quinientas calorías
el desayuno a base de grasa.
Si no lo hacemos por miedo al fracaso, estaremos perdiendo no sólo
la oportunidad de conseguirlo sino la experiencia vital que supone
esforzarse en algo, recorrer un camino. Sé que suena como
el chiste aquél de "jugar al póquer y perder
es divertido", pero incluso en la derrota se obtienen aprendizajes
valiosos, se refuerza la capacidad par volverlo a intentar, o se
percibe cómo no hay peor fracaso que el no haberlo intentado.
Por último, la mala atribución de culpa hace que nos
sintamos culpables cuando no lo somos y hace que no comencemos cosas
nuevas, desde una dieta a una relación, porque pensamos que
somos incapaces. Hay que valorar también el contexto de cada
fracaso y no abandonar.
Para el futuro próximo, dejamos la dependencia excesiva,
la dilación, y el autocompadecimiento.
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