11 de febrero de 2008
Hace un día espléndido

Hace un día espléndido y yo padezco un poco de incapacidad para retrasar la gratificación. En vez de escribir y sentirme satisfecho con el trabajo realizado, me apetece dar una vuelta de las largas y dejar que me caliente la cara el astro rey, como lo llamaba mi abuelita. Pero voy a esforzarme un poco. Voy a hablar sobre algunos de los puntos que nos quedan en nuestra lista de razones por las que no adquirimos una conducta positiva.
La incapacidad para retrasar la gratificación es un fastidio. Provoca que nuestra atención se desvíe hacia cualquier cosa que nos provoque una satisfacción inmediata, en vez de concentrarnos en nuestras tareas. Es decir, esta capacidad es prima hermana de la falta de concentración. Un ejemplo: comerse un helado es una gratificación instantánea, sólo requiere unos euros y caminar hasta el kiosco o la tienda de dulces más cercana. Sin embargo, verse en el espejo con tres kilos menos significa atravesar un camino hacia el calvario. Son recompensas incompatibles –bueno, hasta cierto punto. Los ejemplos son innumerables. Hay un capítulo de Los Simpsons en el que Bart obtiene un día extra para estudiar un examen gracias a que ha nevado tanto que las escuelas cierran. La sensación de que fuera de su cuarto todo el mundo se divierte le tortura. El chico hace lo que puede por aislarse y concentrarse en lo que tiene que estudiar. Lo de cerrar las persianas para no ver al personal es una técnica de control de estímulos. Ya hemos hablado de eso. Consiste en intentar no someterse al estímulo que pueda sacarnos del camino.
Una técnica a utilizar en estos casos en los que tenemos que concentrarnos es el Principio de Premack: solo se puede jugar cuando se hayan repasado todas las lecciones. Otra idea es dividir el objetivo grande en objetivos pequeñitos y recompensarse con algo cuando se vaya consiguiendo cada uno de ellos.
Pero sobre todo es conveniente concentrarse en el objetivo final, en lo que nos reporta. Visualizar la consecución y las acciones que tomamos para llegar, aunque tengamos que ponernos a tararear Eye of the Tiger mientras nos imaginamos poniendo los codos.
Claro que para llegar al final hace falta iniciar la tarea. El fracaso para iniciar la tarea es otra de las razones por las que no adquirimos una conducta positiva de nuestra lista. Es el efecto de lo que me gusta llamar intenciones crónicas: no es ya no ir al gimnasio, es ni siquiera acercarse a la puerta de uno. Para que funcione lo mejor es generar intenciones de implementación. Las intenciones de implementación van acompañadas de datos concretos, de un cómo, un cuándo y un donde vamos a hacer las cosas. Ya hemos hablado de los objetivos. Es hora de ponerse en marcha.
La falta de habilidades para completar las tareas y llevarlas hasta el final se refiere al hecho de que literalmente falten esas habilidades, de que por muy buenas que sean nuestras intenciones no lleguemos a conseguir nada por falta de capacidades técnicas o conocimientos. Como ejemplo, tomemos a una persona que decide comer mejor pero no sabe que el aceite de oliva, aunque es muy saludable, tiene muchas calorías, así que sube más de quinientas calorías el desayuno a base de grasa.
Si no lo hacemos por miedo al fracaso, estaremos perdiendo no sólo la oportunidad de conseguirlo sino la experiencia vital que supone esforzarse en algo, recorrer un camino. Sé que suena como el chiste aquél de "jugar al póquer y perder es divertido", pero incluso en la derrota se obtienen aprendizajes valiosos, se refuerza la capacidad par volverlo a intentar, o se percibe cómo no hay peor fracaso que el no haberlo intentado.
Por último, la mala atribución de culpa hace que nos sintamos culpables cuando no lo somos y hace que no comencemos cosas nuevas, desde una dieta a una relación, porque pensamos que somos incapaces. Hay que valorar también el contexto de cada fracaso y no abandonar.
Para el futuro próximo, dejamos la dependencia excesiva, la dilación, y el autocompadecimiento.


Jaime Miranda
Psicólogo

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