| En ocasiones algo pasado nos persigue, en otras,
lo llevamos puesto nosotros mismos como una chaqueta vieja y raída,
una chaqueta que apesta a sudor y que sin embargo, no tiramos. No
se la mostramos a nadie o a casi nadie porque nos avergonzamos de
ella, y eso es aún peor, porque no aceptamos que los demás
puedan decirnos que nuestra prenda está sucia. Nosotros sin
embargo, no nos olvidamos y hacemos gestos huraños a los
demás para poder taparla.
Creamos patrones, costumbres, nos manejamos con la chaqueta que
de puro cuarteado dificulta los movimientos. Tanto es así,
que un día, cuando menos lo esperamos, tenemos la oportunidad
de mostrarnos desnudos frente a alguien a quien amamos y que nos
ama, y nuestra chaqueta nos lo impide porque está adherida
a la piel y duele arrancarla.
Sabíamos que acabaría haciendo daño.
Conocí a una mujer que me propuso hacer un ritual para librarme
de una chaqueta de esas. Yo por entonces no sabía nada de
rituales y no confiaba en recetas mágicas. Pero hay algo
más que magia en ello. Un día hice una lista de cosas
que quería sacar de mi vida, la depuré, la hice con
mimo y cuando estuvo finalizada, esperé a la noche y la quemé
mientras decía adiós. Muchos rencores y dolores de
esos que trascienden la nostalgia se fueron con la llama.
Pasado el tiempo he sabido que, los rituales, los ritos de paso,
han ayudado al hombre desde su nacimiento como especie. Se trata
de esos momentos en los que algo marcaba la vida y el camino y hacía
que no estuviésemos perdidos: que los hombres supiesen cuando
eran hombres y no niños o que pudiésemos despedir
a nuestros difuntos, por ejemplo. Hemos perdido mucho en ese sentido.
No se trata sólo de fe, se trata de que necesitamos señales
que nos ayuden. Esas señales que puedan ayudarnos a continuar
cuando no parece que haya nada que podamos hacer.
Bill O’Hanlon, un alumno de Erickson, propone en un curioso
libro titulado “Pequeños Grandes Cambios”, que
hagamos rituales de resolución para arrancarnos la chaqueta.
Las características de estos rituales son:
- Son acciones especiales.
- Limitadas en el tiempo.
- Ayudan a seguir adelante, a traer algo del mundo interior al mundo
de la acción.
El diseño del ritual ha de trabajar en los dos primeros puntos,
nos hace falta algo especial, algo que no forme parte de nuestras
rutinas diarias –que no dejan de ser otra forma de ritual
en muchos casos--, quemar fotografías, escribir cartas a
alguien que no pueda recibirlas, correr veinte kilómetros.
Tiene que ser algo limitado en el tiempo, algo que ha de suceder
una noche, una tarde, para permitir que sintamos que ha acabado
el tiempo dedicado al ritual, y que le ha llegado la hora a la chaqueta.
Hay que ir a por ropa nueva.
O no llevar ropa en absoluto, todo depende.
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