| No me disculparé esta vez, ni por cortesía,
de ser un poco más abstracto, un poco más ambiguo
o un poco más críptico. Si tuviese que hacer una carpeta
con cada uno de los conceptos que componen el título de mi
sincolumna, sin duda ésta de esta semana iría a parar
a otros objetos.
De Borges aprendí que la eternidad consiste en unas vivencias
que a lo largo del tiempo se perpetúan. En sus páginas
creí entender que el enamorado, al sentir su vida romperse
por la ausencia de su objeto de amor y deseo, era todos los enamorados
de la historia y todos los del porvenir. Según esta idea,
no somos únicos –todos los enamorados de corazón
roto piensan que son los más sufrientes de los mortales,
es un sentimiento literariamente bello y un tanto estúpido-.
Alguna razón tendrá Borges, pues las emociones básicas
siguen ahí desde que nacimos como especie. Por eso nos gustan
las novelas y las películas, porque nos vemos en los otros
a través de las emociones y nos proyectamos en ellos.
El jueves me encontré en una charla cervecera, disculpando
algo que hice hace casi un año. Lo extraño es que
no disculpaba lo que yo hice, sino lo que hizo otro que había
hecho lo mismo que yo había hecho hacía un año.
Ese algo tenía que ver con mi manía de dejarme flecos
pillados bajo las puertas cerradas.
¿No me explico bien?
Vale...
¿Por qué cuando terminamos con nuestras relaciones
no terminamos con ellas? ¿Por qué continuamos tirando
de la soga a cuyo extremo tenemos atado a otro cada vez que nos
sentimos solos? ¿Qué nos une?
Las respuestas son múltiples. Me toca analizar las buenas,
las de verdad. Tal vez existan razones creíbles que justifiquen
que nos comportemos como gatos que juegan con animales heridos.
Lo gracioso es que cada animal herido suele tener a su vez su lado
gato con otros animales heridos y así sucesivamente. Tal
vez con un muestreo de diez mil personas nos encontremos con que
somos el ratón de un gato que es el ratón de…
hasta que volvamos al mismo punto.
En mi búsqueda de respuestas he encontrado otras preguntas:
¿Qué nos empuja a intentar no sentirnos culpables
hasta tal punto que acumulamos razones para sentirnos culpables
con tal de no hacerlo? ¿Estará el modelo de amor unívoco
agotado? ¿Por qué tenemos celos e inseguridad los
que hacemos cosas que harían tener celos e inseguridad a
nuestras parejas? En mi búsqueda de respuestas he encontrado
algunos detalles que me resultan incómodos, y de alguno de
ellos ya he hablado:
Muchos padecemos síndrome de Diógenes Emocional, y
nos guardamos basura en casa por si la tenemos que usar en el futuro.
No estoy definiendo a los demás como basura. Basura es una
relación agotada, naufragada, generalmente por nosotros mismos,
y con la que hacemos daño a los que no dejamos ir, y a los
que están por venir – si me quieres, tienes que aguantar
mi basura, olerla y comerla, es como soy--.
Ahora que en las revistas de autoayuda se ha puesto de moda decir
que los demás nos tienen que querer como somos y que la sinceridad
es lo primero, nos hemos convertido en las malas bestias más
sinceras de la creación. Si soy sincero, puedo permitirme
destruirte. Es el lema. No voy a intentar mejorar para ti, no voy
a intentar esforzarme porque me quieras.
Tengo una palabra para los que hacen eso, pero creo que es pecado
mortal pensar en ella.
He encontrado otras cosas. La peor es que suelo tener razón
juzgando a las personas. Eso me entristece, porque juzgar está
mal. Eso me entristece porque un gran defecto mío siempre
fue ser desconfiado. Me gustaría poder equivocarme y descubrir
que aquél al que juzgué y condené, en realidad
es maravilloso.
Deberíamos aprender a ser expertos en tirar la basura. Reciclar
significa dejar que lo que para nosotros está en bolsas tenga
una nueva vida. Ventilaríamos la casa, la despejaríamos,
y haríamos sitio para cosas nuevas. Deberíamos aprender
del otro, deberíamos aprender con el otro, dejarle entrar
hasta la cocina y cocinar con él o ella. Una relación
de cinco minutos en la que sólo estuviesen los que están
siempre será mejor que una de años en la que participe
una muchedumbre enfadada porque nunca tendrá todo, y se siente
como quien nunca tendrá nada.
Todo esto porque alguien a quien en realidad no reconocería
de cruzármelo por la calle, este fin de semana, se ha ganado
un enemigo. Este es un mensaje personal. Que nadie tema. Todos tenemos
alguno de estos en mente.
Responded a mis preguntas, extraed las vuestras. El mundo puede
ser maravilloso, pero a veces sólo vivimos intentando mitigar
los efectos perniciosos del vivir.
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