25 de febrero de 2008
Los expertos en sacar la basura y los del síndrome de Diógenes

No me disculparé esta vez, ni por cortesía, de ser un poco más abstracto, un poco más ambiguo o un poco más críptico. Si tuviese que hacer una carpeta con cada uno de los conceptos que componen el título de mi sincolumna, sin duda ésta de esta semana iría a parar a otros objetos.
De Borges aprendí que la eternidad consiste en unas vivencias que a lo largo del tiempo se perpetúan. En sus páginas creí entender que el enamorado, al sentir su vida romperse por la ausencia de su objeto de amor y deseo, era todos los enamorados de la historia y todos los del porvenir. Según esta idea, no somos únicos –todos los enamorados de corazón roto piensan que son los más sufrientes de los mortales, es un sentimiento literariamente bello y un tanto estúpido-. Alguna razón tendrá Borges, pues las emociones básicas siguen ahí desde que nacimos como especie. Por eso nos gustan las novelas y las películas, porque nos vemos en los otros a través de las emociones y nos proyectamos en ellos.
El jueves me encontré en una charla cervecera, disculpando algo que hice hace casi un año. Lo extraño es que no disculpaba lo que yo hice, sino lo que hizo otro que había hecho lo mismo que yo había hecho hacía un año. Ese algo tenía que ver con mi manía de dejarme flecos pillados bajo las puertas cerradas.
¿No me explico bien?
Vale...
¿Por qué cuando terminamos con nuestras relaciones no terminamos con ellas? ¿Por qué continuamos tirando de la soga a cuyo extremo tenemos atado a otro cada vez que nos sentimos solos? ¿Qué nos une?
Las respuestas son múltiples. Me toca analizar las buenas, las de verdad. Tal vez existan razones creíbles que justifiquen que nos comportemos como gatos que juegan con animales heridos.
Lo gracioso es que cada animal herido suele tener a su vez su lado gato con otros animales heridos y así sucesivamente. Tal vez con un muestreo de diez mil personas nos encontremos con que somos el ratón de un gato que es el ratón de… hasta que volvamos al mismo punto.
En mi búsqueda de respuestas he encontrado otras preguntas: ¿Qué nos empuja a intentar no sentirnos culpables hasta tal punto que acumulamos razones para sentirnos culpables con tal de no hacerlo? ¿Estará el modelo de amor unívoco agotado? ¿Por qué tenemos celos e inseguridad los que hacemos cosas que harían tener celos e inseguridad a nuestras parejas? En mi búsqueda de respuestas he encontrado algunos detalles que me resultan incómodos, y de alguno de ellos ya he hablado:
Muchos padecemos síndrome de Diógenes Emocional, y nos guardamos basura en casa por si la tenemos que usar en el futuro. No estoy definiendo a los demás como basura. Basura es una relación agotada, naufragada, generalmente por nosotros mismos, y con la que hacemos daño a los que no dejamos ir, y a los que están por venir – si me quieres, tienes que aguantar mi basura, olerla y comerla, es como soy--.
Ahora que en las revistas de autoayuda se ha puesto de moda decir que los demás nos tienen que querer como somos y que la sinceridad es lo primero, nos hemos convertido en las malas bestias más sinceras de la creación. Si soy sincero, puedo permitirme destruirte. Es el lema. No voy a intentar mejorar para ti, no voy a intentar esforzarme porque me quieras.
Tengo una palabra para los que hacen eso, pero creo que es pecado mortal pensar en ella.
He encontrado otras cosas. La peor es que suelo tener razón juzgando a las personas. Eso me entristece, porque juzgar está mal. Eso me entristece porque un gran defecto mío siempre fue ser desconfiado. Me gustaría poder equivocarme y descubrir que aquél al que juzgué y condené, en realidad es maravilloso.
Deberíamos aprender a ser expertos en tirar la basura. Reciclar significa dejar que lo que para nosotros está en bolsas tenga una nueva vida. Ventilaríamos la casa, la despejaríamos, y haríamos sitio para cosas nuevas. Deberíamos aprender del otro, deberíamos aprender con el otro, dejarle entrar hasta la cocina y cocinar con él o ella. Una relación de cinco minutos en la que sólo estuviesen los que están siempre será mejor que una de años en la que participe una muchedumbre enfadada porque nunca tendrá todo, y se siente como quien nunca tendrá nada.
Todo esto porque alguien a quien en realidad no reconocería de cruzármelo por la calle, este fin de semana, se ha ganado un enemigo. Este es un mensaje personal. Que nadie tema. Todos tenemos alguno de estos en mente.
Responded a mis preguntas, extraed las vuestras. El mundo puede ser maravilloso, pero a veces sólo vivimos intentando mitigar los efectos perniciosos del vivir.


Jaime Miranda
Psicólogo

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