7 de abril de 2008

Maldad

Ayer estuve hurgando por las librerías del centro de Madrid. Acaba de publicarse en España “El Efecto Lucifer” – No confundir con “El Efecto Coolidge”, por recomendable que sea también, éste último nada tiene que ver con la Psicología-.
En el libro, Zimbardo, un psicólogo muy reputado, habla de la raíz psicológica de la maldad.
Zimbardo se remite a un experimento clásico que realizó él mismo y que es conocido como “El Experimento de la Cárcel de Stanford”, realizado el año 1971. En mi bitácora –hay un enlace debajo de mi foto, si mal no recuerdo- os remito a la página dónde se cuenta con detalle como fue realizado.
Para el experimento, se dividió a unos cuantos estudiantes en dos grupos: carceleros y presos. La selección fue al azar. El experimento debía durar quince días. Tuvo que suspenderse a los seis porque se les fue de las manos. El tema dio lugar a una película alemana titulada –Das Experiment-.
Zimbardo compara su experimento con lo sucedido en Irak. Dice que a él no le sorprende lo de las torturas. Los efectos del entorno sobre la psicología de los implicados cuando el entorno es tan brutal e inescapable hicieron aflorar los malos instintos. Zimbardo, como opinión personal, dice que la semilla tiene que estar instalada en aquellos que actúan así, que el entorno no lo es todo. Pero es una opinión, y creo que es discutible.
El propio psicólogo dice en su texto que es el sistema el que ha creado el caldo de cultivo, el veneno para que acontezcan sucesos como esos. Indica que no es que unas manzanas podridas hayan contagiado al resto, como dijeron los militares, sino que el cesto de las manzanas estaba podrido y contagiaba a las manzanas que ponían en su interior.
Más de una vez me he sonreído pensando como aplica esta situación en términos de “cultura empresarial”, o en los colegios en los que hay divisiones, no pocas veces fomentadas por los profesores, ya sea por acción o por negligencia, entre los populares y los que no lo son. También hay que referirse a la psicología social cuando se le echa la culpa a los padres de todo lo que está pasando con los chavales hoy en día: las malas notas, las grabaciones con los teléfonos – Ojo, los padres SI tienen algo que ver en todo esto, pero no tienen la culpa de todo-
También he analizado, desgraciadamente tarde en algunos casos, cómo estaba empujándome a mí el entorno. La conclusión es inequívoca. Es fácil dejarse llevar.
Algo así es lo que exponen James Q. Wilson and George L. Kelling en un artículo llamado “La Ventana Rota” en el que dicen que una ventana rota, un poco de basura sin recoger en la calle, una persona que se cuela en el metro, crean un efecto imitación que acaba en un caos mucho mayor. Los problemas pequeños hay que arreglarlos cuando son pequeños. ¿No os suena? A eso apelan ahora los anuncios institucionales para prevenir el fuego, a la responsabilidad personal por las pequeñas malas acciones: “Total, por una botella”.
Digo yo: total, por un coche en doble fila, total, por una colilla, total, por un perrito que se lo hace en la acera.
Y lo malo, es que los adultos, sólo aprendemos mediante correcciones rápidas y constantes. Ya hablaremos de “La Norma Perversa”.

Personalmente, creo que para alejarnos del mal camino, hay que crear unos principios sólidos, bien fundamentados, y ni aún así estamos completamente a salvo. ¿Tenéis claros los vuestros?


Jaime Miranda
Psicólogo

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