| Ayer estuve hurgando por las librerías del
centro de Madrid. Acaba de publicarse en España “El
Efecto Lucifer” – No confundir con “El Efecto
Coolidge”, por recomendable que sea también, éste
último nada tiene que ver con la Psicología-.
En el libro, Zimbardo, un psicólogo muy reputado, habla de
la raíz psicológica de la maldad.
Zimbardo se remite a un experimento clásico que realizó
él mismo y que es conocido como “El Experimento de
la Cárcel de Stanford”, realizado el año 1971.
En mi bitácora –hay un enlace debajo de mi foto, si
mal no recuerdo- os remito a la página dónde se cuenta
con detalle como fue realizado.
Para el experimento, se dividió a unos cuantos estudiantes
en dos grupos: carceleros y presos. La selección fue al azar.
El experimento debía durar quince días. Tuvo que suspenderse
a los seis porque se les fue de las manos. El tema dio lugar a una
película alemana titulada –Das Experiment-.
Zimbardo compara su experimento con lo sucedido en Irak. Dice que
a él no le sorprende lo de las torturas. Los efectos del
entorno sobre la psicología de los implicados cuando el entorno
es tan brutal e inescapable hicieron aflorar los malos instintos.
Zimbardo, como opinión personal, dice que la semilla tiene
que estar instalada en aquellos que actúan así, que
el entorno no lo es todo. Pero es una opinión, y creo que
es discutible.
El propio psicólogo dice en su texto que es el sistema el
que ha creado el caldo de cultivo, el veneno para que acontezcan
sucesos como esos. Indica que no es que unas manzanas podridas hayan
contagiado al resto, como dijeron los militares, sino que el cesto
de las manzanas estaba podrido y contagiaba a las manzanas que ponían
en su interior.
Más de una vez me he sonreído pensando como aplica
esta situación en términos de “cultura empresarial”,
o en los colegios en los que hay divisiones, no pocas veces fomentadas
por los profesores, ya sea por acción o por negligencia,
entre los populares y los que no lo son. También hay que
referirse a la psicología social cuando se le echa la culpa
a los padres de todo lo que está pasando con los chavales
hoy en día: las malas notas, las grabaciones con los teléfonos
– Ojo, los padres SI tienen algo que ver en todo esto, pero
no tienen la culpa de todo-
También he analizado, desgraciadamente tarde en algunos casos,
cómo estaba empujándome a mí el entorno. La
conclusión es inequívoca. Es fácil dejarse
llevar.
Algo así es lo que exponen James Q. Wilson and George L.
Kelling en un artículo llamado “La Ventana Rota”
en el que dicen que una ventana rota, un poco de basura sin recoger
en la calle, una persona que se cuela en el metro, crean un efecto
imitación que acaba en un caos mucho mayor. Los problemas
pequeños hay que arreglarlos cuando son pequeños.
¿No os suena? A eso apelan ahora los anuncios institucionales
para prevenir el fuego, a la responsabilidad personal por las pequeñas
malas acciones: “Total, por una botella”.
Digo yo: total, por un coche en doble fila, total, por una colilla,
total, por un perrito que se lo hace en la acera.
Y lo malo, es que los adultos, sólo aprendemos mediante correcciones
rápidas y constantes. Ya hablaremos de “La Norma Perversa”.
Personalmente, creo que para alejarnos del mal camino, hay que
crear unos principios sólidos, bien fundamentados, y ni aún
así estamos completamente a salvo. ¿Tenéis
claros los vuestros?
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