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Hace tiempo solía escuchar a menudo a un
grupo de Rock, que en una de sus canciones –no hará
falta dar más pistas- decía: “ella me recuerda
un lugar calido y seguro donde me escondía de niño”.
Es una imagen de las que despierta nuestra nostalgia. Yo tengo algunas
propias: las ventanas abiertas en casa de mi abuela para que se
ventilase la sala de estar o el ruido que hacía mi madre
con la cuchara a mil revoluciones por minuto preparando el colacao,
sólo por poner dos. Ya he dicho alguna vez que colecciono
imágenes mentales, deseos potenciales, lugares donde esconderse.
Ya he preguntado que es la libertad, y he pedido que se narre o
se dibuje como si fuese una postal.
Vamos a hacernos con alguna de esas imágenes.
Vamos a hacernos con una imagen que nos ponga tiernos, una que
nos haga reír, una que nos haga sentir seguros, una que exprese
un futuro posible y placentero, una que nos haga sentir “impulso”.
Ahora vamos a usar la imagen.
Cada vez que una imagen intrusa se cuele en nuestro pensamiento,
cada vez que estemos dándole demasiado a la centrifugadora
esa que tenemos encima de los hombros, podemos huir a nuestra imagen,
visualizarla en una pantalla imaginaria e ir dotándola de
detalles. Es una vía de relax, de escape, de provocar una
emoción, o al menos un pequeño sucedáneo de
esa emoción. Es muy útil para momentos de estrés
de ese recalcitrante, que no exige pegar a un saco de boxeo pero
sí nos hace apretar los dientes. También sirve para
momentos de gimnasio de esos en los que nos empeñamos en
durar en la bicicleta fija pero nos aburrimos porque se ha acabado
la batería del reproductor de música. Sin embargo,
si tenéis mucha imaginación, no recomiendo usar la
técnica del escape a otro escenario mientras conducís
o manejáis maquinaria pesada.
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