| Diría que olvidé la columna de la
semana pasada, por intentar hacer un chiste sobre le tema de la
memoria, pero no, no se me olvidó. Sólo se trataba
de un ataque de exámenes al riñón, combinado
con un periodo profesional de esos en los que los días se
solapan con las noches, que se solapan con los días. Por
cierto, no tenía razón Sabina, se pueden robar los
días y las noches de quien sea.
Volvamos a los carriles, al menos durante un rato.
Hoy voy a escribir sobre uno de esos otros objetos, se trata de
un capítulo de House, que se llama “Viviendo el sueño”.
El conocido doctor secuestra a la estrella de su culebrón
favorito porque cree haber visto síntomas de una enfermedad
que tiene que tratar. Después de los varios ataques que tiene
el secuestrado hasta que se convence de que en realidad House es
un genio que va a salvarle y todo eso, tiene lugar la siguiente
conversación entre los dos (perdón si me he comido
alguna cosa, que lo voy a transcribir con estas manitas)
La agonizante estrella: Yo solamente quiero hacer algo que importe
(refiriéndose a su trabajo como actor en una mala serie de
TV)
House: Nada importa. Tan sólo somos cucarachas. Ñues
muriendo en la orilla del río.
Nada de lo que hacemos tiene un significado duradero. Y tú
piensas que yo soy miserable. Si eres infeliz en el avión,
salta.
La agonizante estrella: Quiero saltar, pero... No puedo.
House: Ese es el problema con las metáforas. Necesitan interpretación.
¡Saltar del avión es estúpido!
La agonizante estrella: Bueno, ¿Qué tal si no estoy
en un avión? ¿Qué tal si sólo estoy
en un lugar donde no quiero estar?
House: Ese es el otro problema con las metáforas. Si, ¿Qué
tal si en realidad estás
en un camión de helados y afuera hay caramelos, flores y
vírgenes?
(House pone cara de fastidio, y admite continuar con la metáfora
inicial)
House: Estás en un avión. Todos estamos en aviones.
La vida es complicada y peligrosa. Y es un largo camino hacia abajo.
La agonizante estrella comienza a dar síntomas de confusión:
Entonces ¿Temes cambiar?
House: No, tú temes cambiar. Prefieres imaginarte que puedes
escapar. En lugar de intentarlo realmente, porque si fallas, entonces
no tendrás nada. Entonces abandonas
la oportunidad de algo real, para poder aferrarte a la esperanza.
La cosa es que la esperanza es para nenas.
La agonizante e irritante estrella: Cuando salga de aquí
no voy a tener más miedo. O sea, ¿Cuánta gente
tiene una segunda oportunidad?
House: Demasiada...
House claramente, habla de la vida en sí misma, saltar del
avión es morirse. Es lo único en lo que cree nuestro
empírico doctor. Pero las ideas dominantes en este diálogo
son estupendas: todos vamos en el avión y saltar es estúpido,
y hay quien prefiere pensar en su sueño que intentarlo porque
el temor al fracaso lo domina todo.
Estamos educados en una tremenda aversión al riesgo, que
nos separa a menudo de cualquier cosa que deseemos. Aunque no son
pocas la voces que nos recuerdan que a veces, el riesgo es no arriesgarse.
Evaluar los costes emocionales y físicos de dejar de hacer
por puro miedo es complejo. El miedo, ya lo hemos dicho, es una
emoción necesaria para la autoconservación, pero el
punto en el que pasa a ser excesivo es complejo de detectar, al
menos desde dentro. Hace no demasiado, en un artículo sobre
emprendedores, uno de ellos revelaba que no le parecía haber
sido especialmente valiente, sino que pensó “lo peor
que me puede pasar es tener que pagar mis deudas durante veinte
años”. Un paso necesario para dirigirse a lo que queremos:
evaluar los riesgos, pero ser decididos.
Claro que eso es si sabemos lo que queremos.
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