9 de junio de 2008

Un poco de miedo

Diría que olvidé la columna de la semana pasada, por intentar hacer un chiste sobre le tema de la memoria, pero no, no se me olvidó. Sólo se trataba de un ataque de exámenes al riñón, combinado con un periodo profesional de esos en los que los días se solapan con las noches, que se solapan con los días. Por cierto, no tenía razón Sabina, se pueden robar los días y las noches de quien sea.

Volvamos a los carriles, al menos durante un rato.

Hoy voy a escribir sobre uno de esos otros objetos, se trata de un capítulo de House, que se llama “Viviendo el sueño”. El conocido doctor secuestra a la estrella de su culebrón favorito porque cree haber visto síntomas de una enfermedad que tiene que tratar. Después de los varios ataques que tiene el secuestrado hasta que se convence de que en realidad House es un genio que va a salvarle y todo eso, tiene lugar la siguiente conversación entre los dos (perdón si me he comido alguna cosa, que lo voy a transcribir con estas manitas)

La agonizante estrella: Yo solamente quiero hacer algo que importe (refiriéndose a su trabajo como actor en una mala serie de TV)
House: Nada importa. Tan sólo somos cucarachas. Ñues muriendo en la orilla del río.
Nada de lo que hacemos tiene un significado duradero. Y tú piensas que yo soy miserable. Si eres infeliz en el avión, salta.
La agonizante estrella: Quiero saltar, pero... No puedo.
House: Ese es el problema con las metáforas. Necesitan interpretación. ¡Saltar del avión es estúpido!
La agonizante estrella: Bueno, ¿Qué tal si no estoy en un avión? ¿Qué tal si sólo estoy en un lugar donde no quiero estar?
House: Ese es el otro problema con las metáforas. Si, ¿Qué tal si en realidad estás
en un camión de helados y afuera hay caramelos, flores y vírgenes?
(House pone cara de fastidio, y admite continuar con la metáfora inicial)
House: Estás en un avión. Todos estamos en aviones. La vida es complicada y peligrosa. Y es un largo camino hacia abajo.
La agonizante estrella comienza a dar síntomas de confusión: Entonces ¿Temes cambiar?
House: No, tú temes cambiar. Prefieres imaginarte que puedes escapar. En lugar de intentarlo realmente, porque si fallas, entonces no tendrás nada. Entonces abandonas
la oportunidad de algo real, para poder aferrarte a la esperanza. La cosa es que la esperanza es para nenas.
La agonizante e irritante estrella: Cuando salga de aquí no voy a tener más miedo. O sea, ¿Cuánta gente tiene una segunda oportunidad?
House: Demasiada...

House claramente, habla de la vida en sí misma, saltar del avión es morirse. Es lo único en lo que cree nuestro empírico doctor. Pero las ideas dominantes en este diálogo son estupendas: todos vamos en el avión y saltar es estúpido, y hay quien prefiere pensar en su sueño que intentarlo porque el temor al fracaso lo domina todo.

Estamos educados en una tremenda aversión al riesgo, que nos separa a menudo de cualquier cosa que deseemos. Aunque no son pocas la voces que nos recuerdan que a veces, el riesgo es no arriesgarse. Evaluar los costes emocionales y físicos de dejar de hacer por puro miedo es complejo. El miedo, ya lo hemos dicho, es una emoción necesaria para la autoconservación, pero el punto en el que pasa a ser excesivo es complejo de detectar, al menos desde dentro. Hace no demasiado, en un artículo sobre emprendedores, uno de ellos revelaba que no le parecía haber sido especialmente valiente, sino que pensó “lo peor que me puede pasar es tener que pagar mis deudas durante veinte años”. Un paso necesario para dirigirse a lo que queremos: evaluar los riesgos, pero ser decididos.

Claro que eso es si sabemos lo que queremos.


Jaime Miranda
Psicólogo

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