| Qué esta palabra que evoca pinchitos, el
norte, tapas varias y hasta cerveza, haya sido un tabú en
mi casa durante yo no sé cuantos años, no resulta
sorprendente. Vivimos entre palabras, objetos y acciones tabú.
Algunos son culturales o transculturales –el incesto- y otros
son tan específicos, tan familiares, como el bacalao en mi
casa. No sé cual es el origen del tabú del bacalao
con precisión, no tengo claro si nunca me lo han explicado
por que no se acuerdan ni mi padre ni mi madre, o sí es que
no lo han querido hacer. La excusa es que a mi padre le daba asco,
tanto que mi madre lo borró del diccionario, lo elimino de
las conversaciones. La cosa se puso tan grave que si en la tele
decían bacalao, nos mirábamos todos como si nos hubiesen
mentado a los muertos y mirábamos a mi padre, esperando no
sé que reacción –yo esperaba que vomitase, por
lo menos, o que se retorciese de dolor apretando los dientes como
Rambo al ser sometido a descargas eléctricas, pero no sucedía-
Supongo que esta prohibición de decir, pensar y escuchar
la palabra bacalao, llevó a mi madre a no poner nunca el
programa de Arguiñano, lo que le servía como excusa
para seguir cocinando como si sólo dispusiese de armadillos
sin pelar como ingredientes y un soplete como herramienta de cocina.
Recuerdo tantas y tantas veces diciendo cosas como: “el pez
ese que no se puede nombrar” o “ya sabes, el bac…”
y a ella haciendo aspavientos no se te fuese a escapar. Pero lo
dicho, nunca pasaba nada. A pesar de que frases de ese estilo me
recuerdan a aquél cuento del maestro que le dijo al alumno:
“como castigo vas a mirar a la pared, y no vas a volver a
sentarte hasta que dejes de pensar en un elefante blanco”
– perdón por las equivocaciones, supongo que en vez
de un elefante sería un oso, o tal vez un bacalao, no lo
recuerdo bien – Nunca pasaba nada, pero podría haber
pasado, porque por cuidar de mi padre, mi madre estaba aplicando
una técnica que yo llamaría “Supersensibilización
sistemática” , es decir, lo contrario de la “Desensibilización
sistemática” que es una técnica que consiste
básicamente en exponer al sujeto al objeto de su fobia. ¿Cuántas
veces te tienen que decir que odias el bacalao, que te provoca nauseas,
para que acabes sintiéndolas realmente? Lo ignoro, pero es
posible, ya lo creo. Los tabúes son la manera visceral de
actuar, lo cómodo –no tanto, es difícil evitar
el bacalao, y además, la tortilla de bacalao está
muy buena-. Son un mecanismo de alejamiento – no en su sentido
polinesio, pero no quiero hablar de polinesios en este momento--.
Y hay muchas cosas que son tabú.
En mi caso está el dinero. Eso ha provocado que al ver mi
sueldo, en mi declaración de la renta, haya sufrido el efecto
que provocaban las mujeres menstruantes al acercarse a un sembrado
en algunos hombres africanos.
En resumen. Hay que descubrir nuestras prohibiciones, nuestros
tabúes, y comenzar a plantearnos si no tendremos que romperlos.
Por cierto. Tengo un psicólogo en venta –aunque su
currículum es más largo que eso- ¿Hay alguien
interesado?
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