 |
| Sensaciones. Una ansiedad febril
convulsionó sus entrañas, los nervios poblaron
su estómago y la angustia, su garganta... Era el calco de
una gota de rocío jugando a funambulista en el borde de la
ventana. |
| |
Es propenso al mareo. Ya lo era de pequeño cuando las rectas
eran curvas y las curvas, infinitas espirales. Regurgitaba a la
menor y adornaba la tapicería del coche con originales estampados.
Un talento innato que perfeccionó, ya siendo adolescente,
cuando debutó en el mar. Su paso dejó huella. O varias,
porque nueve fueron las vomitonas que regaló al Mediterráneo
aquella horripilante mañana de agosto.
Con los años, esos vaivenes fueron engrosando el anecdotario personal.
Su cuerpo y mente por fin hacían las paces y el autocontrol frenaba
lo que tiempo atrás parecía una quimera. Pero nunca pudo con la
montaña rusa. Una simple aproximación disparaba su pulso, le generaba
tal tensión que la posterior descarga de adrenalina no le llegaba
a compensar.
Un 28 de diciembre se despertó ahí arriba. No era
una inocentada. Cual títere, se convertía en juguete
de las impredecibles emociones. En un abrir y cerrar de ojos alguien
le hacía una larga cambiada y ya no hubo forma de parar ese
trasto en caída libre. Una ansiedad febril convulsionó sus
entrañas, los nervios poblaron su estómago y la angustia,
su garganta... Era el calco de una gota de rocío jugando a funambulista
en el borde de la ventana. Así cayó por el precipio hasta
tocar fondo y vuelta a empezar.
Luchaba por aplacar el recuerdo más cercano, por no marcar las nueve
cifras malditas en busca de ayuda, y en ese transcurso, subía y
bajaba, reía y lloraba, gritaba y callaba… Eran las curvas de una
travesía desconocida. ¡Estoy perdido! -gritaba- ¿Dónde voy? -se
preguntaba-. Su desbrujulamiento era acuciante. A veces desesperante.
Pasó tiempo y seguía sin ver el final. Entretanto, subían
nuevas pasajeras pero ninguna le aguantaba dos virajes. ¡Ay, perro
viejo…! Ni sentía ni padecía. Ya soportaba hasta el looping
más enrevesado. El sudor frío le vacíaba. ¡Buff! -suspiraba- Qué
sensación... La peor, sin duda. En un viraje andalusí una
luz le contagió su sonrisa, le agarró del brazo con fuerza y le
gritó: ¡bájate de una vez de la maldita montaña rusa!
Tiró de él y puso pie a tierra. Esquivó sus
últimos coletazos. Se reencontró con el equilibrio. ¡Sí!
Por fin le había dado esquinazo. Pero no la pierde de vista. Mira
al horizonte y siente pavor de verse atrapado otra vez en sus raíles.
Teme sus caprichosas piruetas. Ahora, lejos de esa montaña
que dejó su alma herida, vive despacio... Y sueña
en escala de grises. |