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Granada, lunes 13 de octubre de 2003

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Montaña rusa

Sensaciones. Una ansiedad febril convulsionó sus entrañas, los nervios poblaron su estómago y la angustia, su garganta... Era el calco de una gota de rocío jugando a funambulista en el borde de la ventana.

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Es propenso al mareo. Ya lo era de pequeño cuando las rectas eran curvas y las curvas, infinitas espirales. Regurgitaba a la menor y adornaba la tapicería del coche con originales estampados. Un talento innato que perfeccionó, ya siendo adolescente, cuando debutó en el mar. Su paso dejó huella. O varias, porque nueve fueron las vomitonas que regaló al Mediterráneo aquella horripilante mañana de agosto.

Con los años, esos vaivenes fueron engrosando el anecdotario personal. Su cuerpo y mente por fin hacían las paces y el autocontrol frenaba lo que tiempo atrás parecía una quimera. Pero nunca pudo con la montaña rusa. Una simple aproximación disparaba su pulso, le generaba tal tensión que la posterior descarga de adrenalina no le llegaba a compensar.

Un 28 de diciembre se despertó ahí arriba. No era una inocentada. Cual títere, se convertía en juguete de las impredecibles emociones. En un abrir y cerrar de ojos alguien le hacía una larga cambiada y ya no hubo forma de parar ese trasto en caída libre. Una ansiedad febril convulsionó sus entrañas, los nervios poblaron su estómago y la angustia, su garganta... Era el calco de una gota de rocío jugando a funambulista en el borde de la ventana. Así cayó por el precipio hasta tocar fondo y vuelta a empezar.

Luchaba por aplacar el recuerdo más cercano, por no marcar las nueve cifras malditas en busca de ayuda, y en ese transcurso, subía y bajaba, reía y lloraba, gritaba y callaba… Eran las curvas de una travesía desconocida. ¡Estoy perdido! -gritaba- ¿Dónde voy? -se preguntaba-. Su desbrujulamiento era acuciante. A veces desesperante.

Pasó tiempo y seguía sin ver el final. Entretanto, subían nuevas pasajeras pero ninguna le aguantaba dos virajes. ¡Ay, perro viejo…! Ni sentía ni padecía. Ya soportaba hasta el looping más enrevesado. El sudor frío le vacíaba. ¡Buff! -suspiraba- Qué sensación... La peor, sin duda. En un viraje andalusí una luz le contagió su sonrisa, le agarró del brazo con fuerza y le gritó: ¡bájate de una vez de la maldita montaña rusa!

Tiró de él y puso pie a tierra. Esquivó sus últimos coletazos. Se reencontró con el equilibrio. ¡Sí! Por fin le había dado esquinazo. Pero no la pierde de vista. Mira al horizonte y siente pavor de verse atrapado otra vez en sus raíles. Teme sus caprichosas piruetas. Ahora, lejos de esa montaña que dejó su alma herida, vive despacio... Y sueña en escala de grises.

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