Granada, miércoles 18 de enero de 2006

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Revisión democrática
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EL SEMÁFORO DE 2005
Caldera. Se trasladan los papeles del archivo de Salamanca y no abre la boca. En 1995 íbamos a pasar por encima de su cadáver...
TDT. Ni fú ni fá. Está bien pasar a digital las emisiones convencionales, pero la oferta de canales gratuitos, hasta la fecha, es mediocre y de absoluto relleno.
Juez Grande-Marlaska. Su decisión impedirá que quienes han defendido y defienden la causa de los asesinos de ETA disfruten de los mismos derechos que gozamos el resto de ciudadanos.
A cuenta de una conversación sobre el incremento de la delincuencia, varios de mis interlocutores apostaban firmemente hace unos días por el endurecimiento de las medidas represoras y penales, ya que la reincidencia, sostenían, es tónica común en muchísimos detenidos, y más en los tiempos que corren por mor de la avalancha inmigratoria. Seguramente no les faltaba razón.

Tampoco erraban Isabel San Sebastián y José Antonio Vera en 59 segundos, al defender veladamente la suspensión de las actividades de Batasuna, que finalmente ha confirmado el juez de la Audiencia Nacional Fernando Grande-Marlaska.

Sea contra el terrorismo, contra la barbarie o contra la mera delincuencia, la firmeza es la clave. Si de vez en cuando parecía necesaria, cada día que pasa, la revisión democrática se postula inevitable.

La sociedad evoluciona a un ritmo infinitamente más rápido que las leyes. Bajo el paraguas de la democracia, la libertad y el objetivo de la reinserción, los mismos delitos que décadas atrás permanecían a buen recaudo bajo la mesa camilla de cada casa, hoy ocupan portadas de informativos y programas de crónica negra. Y se multiplican.

Posiblemente nada haya cambiado sustancialmente. O tal vez sí. A estas alturas descreo, y no sé si me debo preocupar, de ciertos axiomas ligados al Derecho y a la misma libertad en su sentido más amplio. Los defendían Enric Sopena y un colaborador de Avui en 59 segundos y, aunque compartiéndolos en esencia, tienen lo mismo de ineficaz que de imperfectos. Porque los agujeros que hay abiertos en nuestra democracia y en nuestras jóvenes leyes se han convertido en la salida de emergencia permanente de quienes han elegido la guerra al sistema como profesión.

Y mi pregunta es muy sencilla: así, ¿hasta cuándo?