Granada, miércoles 29 de marzo de 2006

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Pluralismo ficticio

De izda. a dcha., Emilio Aragón, presidente de La Sexta, el líder de ICV, Joan Saura, el 'conseller primer', Josep Bargalló, el secretario de Estado de Comunicación, Fernando Moraleda, la vicepresidenta del Congreso, Carme Chacón, el ministro de Industria, José Montilla, y el presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall. (Foto: EFE)


Nos han vendido una nueva moto. Esto de los medios va de amigos. Basta con ver el reparto de licencias digitales de la TDT en la Comunidad de Madrid -Libertad Digital TV, Unedisa/El Mundo...- para comprobar cómo los "amigos" del PP tienen hueco en el mapa. Mientras, los "enemigos" de la Espe, como Localia, se han quedado sin concesión alguna, viéndose obligados a reestructurar su maquinaria e incluso a bosquejar una silenciosa desaparición.

Ahora ha llegado La Sexta, la última licencia analógica de telelevisión, y asistimos a una nueva concesión amiga. Sólo con ver la foto del acto inaugural, se despeja cualquier género de dudas. Como tantos interrogantes quedaron despejados cuando denuncié en esta misma columna el favoritismo gubernamental hacia Sogecable y su licencia analógica, Cuatro.

El mamoneo político ensombrece una vez más el imprescindible desarrollo tecnológico y mediático en nuestro país. Crecemos en oferta pero bajo un prisma de permanente sospecha. Es verdad que ya no hay grandes monstruos en los media, que ya no hay un parte que adoctrine ni un telediario que desinforme monopolísticamente. Quizás la única excepción sea el emporio de Polanco y Cebrián. Su caso es singular, porque hasta en los derechos del Mundial han hecho valer su privilegiada posición. No podían quedar fuera del brindis con cava. Era el secreto a voces que La Sexta decidió no revelar hasta la mañana del lunes.

Aunque estamos ante un nuevo caso de amiguismo bochornoso, me alegro al menos de que el Mundial en La Sexta sirva de pretexto para impulsar la TDT. A pesar de sus rancios contenidos, es una tecnología que debería estar ya en todos los hogares. Pero como en la penetración de Internet, en España somos lentos hasta dormir abuelas.

Y todo, en buena medida, como consecuencia de haber postergado el apagón analógico para que determinadas cadenas, como quien no quiere la cosa, hagan el rodaje necesario a la audiencia y, sobre todo, a los anunciantes para entrar en pista y despegar, con igual o mayor fuerza que el resto de generalistas, cuando la competencia pase de seis a más de un veintena de canales en el escenario único digital terrestre, previsto para la próxima década. Una jugada perfecta que, si optamos por el boicot, bien merece un brindis con sonrisa lasciva acompañados de una botellita bien fresca del mejor Dóm Perignon.