Hablaba con Santi la semana pasada
de un fenómeno taurino: José Tomás.
Y mediático. Porque el diestro de Galapagar, para los profanos,
viene a ser –coincido con la apreciación de mi colega
de sincolumna- el Beckham de los ruedos. Seguramente no lo es por
la sonrisa. Efectivamente, no sonríe. Tampoco lo es por sus
megafiestas y halo pijo. El sobrino-nieto del ganadero Victorino
Martín es de la cuerda de Sabina y
se las gasta en reuniones clandestinas y discretas con amigos. Pero
sí coinciden en haber vencido la barrera de la normalidad.
Por donde pasa Beckham, pasa un huracán
y por donde pisa Tomás, la amenaza de infarto se multiplica.
A cuenta viene esto de su reaparición en Granada este pasado
Corpus. La fenomenología del rumor contribuyó al desconcierto.
Se dudó de su presencia. Al final hizo el paseíllo
y confirmó que las malas lenguas son sólo eso. Con
su mera aparición, el público hirvió. En una
fiesta nacional donde escasean los toreros de buen gusto, Tomás
es el adalid de la maestría, del arrojo y, por qué
no decirlo, del suicidio. Porque es un torero suicida, que juega
a convertir el duelo con el toro en lucha fratricida y mortal. Ya
lo comprobé en anteriores tardes y en esta ocasión,
Tomás no defraudó. Volvió a pasearse por los
terrenos de la muerte y escribió una nueva página
de esa leyenda viva, que alimenta su espíritu y que cimenta
la prensa.
Es un torero en busca del mito que no se deja televisar, que dispara
la reventa, que cuenta corridas por cogidas… un fenómeno
taurino que, como decía, ha traspasado las barreras de la
normalidad y oposita a morir en la plaza. Pero amigo profano, esos
ingredientes convenientemente aderezados no son ecuación
automática de clase celestial. Se puede lidiar un toro y
dignificar su muerte sin sufrir un puntazo y sin ahogarse en la
marea roja de sangre y arena.
Ahí es donde llega el torero solitario. Ese francés
de Béziers, que en su acelerada juventud, sienta cátedra
desde la maestría, el temple y la temeridad. Sebastián
Castella es un fenómeno taurino también,
pero lejos del mito de Tomás. Este joven se deja televisar,
no cuenta sus corridas por cogidas, aún no revienta la reventa,
no es amigo de Sabina –que yo sepa- y no profesa afición
atlética. Pero sabe calar con un estilo muy singular donde
se mezclan clase, pundonor y atrevimiento. Un artista que aún
debe recorrer un camino mayor para labrar su mito. Una figura emergente
que responde a los principales pilares de la fiesta: arte y emoción.
Y que sabe lo que es triunfar en San Isidro y cuajar faenas memorables,
como la que regaló en Granada. Sin tanto ruido como Tomás,
Castella dejó caer goterones de alma torera que me pusieron
el vello de punta. Tantas o más que las despedidas por José
Tomás en su exposición permanente ante la muerte,
demostrando que la excelencia no siempre requiere artificios.
Sebastián Castella en la Feria del Corpus de Granada
2008.
6º toro de su mano a mano con David Fandila "El Fandi",
al que le cortó 2 orejas.
Sebastián Castella en la Feria de San Isidro de Madrid 2007
Toro al que le cortó 2 orejas, saliendo por la puerta grande.