26 de mayo de 2008
La excelencia no siempre requiere artificios

Hablaba con Santi la semana pasada de un fenómeno taurino: José Tomás. Y mediático. Porque el diestro de Galapagar, para los profanos, viene a ser –coincido con la apreciación de mi colega de sincolumna- el Beckham de los ruedos. Seguramente no lo es por la sonrisa. Efectivamente, no sonríe. Tampoco lo es por sus megafiestas y halo pijo. El sobrino-nieto del ganadero Victorino Martín es de la cuerda de Sabina y se las gasta en reuniones clandestinas y discretas con amigos. Pero sí coinciden en haber vencido la barrera de la normalidad. Por donde pasa Beckham, pasa un huracán y por donde pisa Tomás, la amenaza de infarto se multiplica.

A cuenta viene esto de su reaparición en Granada este pasado Corpus. La fenomenología del rumor contribuyó al desconcierto. Se dudó de su presencia. Al final hizo el paseíllo y confirmó que las malas lenguas son sólo eso. Con su mera aparición, el público hirvió. En una fiesta nacional donde escasean los toreros de buen gusto, Tomás es el adalid de la maestría, del arrojo y, por qué no decirlo, del suicidio. Porque es un torero suicida, que juega a convertir el duelo con el toro en lucha fratricida y mortal. Ya lo comprobé en anteriores tardes y en esta ocasión, Tomás no defraudó. Volvió a pasearse por los terrenos de la muerte y escribió una nueva página de esa leyenda viva, que alimenta su espíritu y que cimenta la prensa.

Es un torero en busca del mito que no se deja televisar, que dispara la reventa, que cuenta corridas por cogidas… un fenómeno taurino que, como decía, ha traspasado las barreras de la normalidad y oposita a morir en la plaza. Pero amigo profano, esos ingredientes convenientemente aderezados no son ecuación automática de clase celestial. Se puede lidiar un toro y dignificar su muerte sin sufrir un puntazo y sin ahogarse en la marea roja de sangre y arena.

Ahí es donde llega el torero solitario. Ese francés de Béziers, que en su acelerada juventud, sienta cátedra desde la maestría, el temple y la temeridad. Sebastián Castella es un fenómeno taurino también, pero lejos del mito de Tomás. Este joven se deja televisar, no cuenta sus corridas por cogidas, aún no revienta la reventa, no es amigo de Sabina –que yo sepa- y no profesa afición atlética. Pero sabe calar con un estilo muy singular donde se mezclan clase, pundonor y atrevimiento. Un artista que aún debe recorrer un camino mayor para labrar su mito. Una figura emergente que responde a los principales pilares de la fiesta: arte y emoción. Y que sabe lo que es triunfar en San Isidro y cuajar faenas memorables, como la que regaló en Granada. Sin tanto ruido como Tomás, Castella dejó caer goterones de alma torera que me pusieron el vello de punta. Tantas o más que las despedidas por José Tomás en su exposición permanente ante la muerte, demostrando que la excelencia no siempre requiere artificios.

Sebastián Castella en la Feria del Corpus de Granada 2008.
6º toro de su mano a mano con David Fandila "El Fandi", al que le cortó 2 orejas.



Sebastián Castella en la Feria de San Isidro de Madrid 2007
Toro al que le cortó 2 orejas, saliendo por la puerta grande.


Jorge Oliva
Periodista