Granada, miércoles 27 de noviembre de 2006

:: Inicio >> Jorge Oliva >> Columna

Carrera de kamikaces

Opina en el foro
Portada sincolumna.com
Un amigo fue el pretexto para abrirse en canal. Una copa, el ingrediente perfecto para que las lindezas dejaran de serlo. Para anegar las reservas y poner sobre la barra los sombríos pensamientos que los dos llevaban dentro. Dejaron sin remite el reverso de esta misiva, que ahora sirve de memoria enloquecida y precoz. Como cada uno de sus reencuentros.

Revisar la vida fue más fácil que nunca. La frialdad del tiempo, la distancia y claro, también el alcohol, disipaban los pinchazos más amargos. Revoloteaba entre copas el on/off del amor, persistente en la charla. Retomaban aquellas historias decentes, ya archivadas, y se encendían y se apagaban, como flashes de fotografías en la nebulosa de una noche revolucionaria. Como el rescoldo de un fuego fatuo, inevitablemente apagado.

Decilitros de alcohol revitalizante recorrían sus venas. Empapaban los poros inundados de sudor. Y la noche avanzaba a golpe de tentaciones y mensajes encriptados. A golpe de nocturno descaro. Creciente, impaciente.

Amanecía y, embriagados de suspiros y emociones, clausuraban esta visita guiada. Cerraban la puerta del área restringida de sus mentes. Oníricas y trepadoras, insumisas e incontroladas, sus resacas atemperaban la fiereza emocional y el ardor estomacal (dicho sea de paso).

Como en los mensajes sin respuesta, silenciosos y vacíos, lo compartido se apagaba. Tocaba de nuevo mirar al frente. "Que me lees. Que me sigues. Que me escuchas. Que te entiendo. Que sientes, que siento. Pluma traviesa, agotada y olvidada, yo también te quiero".