3 de septiembre de 2007 |
| Se fue |
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Lo veía venir... Demasiadas ausencias en los últimos meses y un evidente deterioro físico lo presagiaba. Víctor estuvo con él. O lo entrevistó por teléfono. Ya no recuerdo bien. Pero convencido estoy de que, igual que yo, Víctor no hubiera perdido la oportunidad de sentarse en ese sillón de mimbre, tantas veces mentado, tantas veces escenario de las exóticas apariciones televisivas de Francisco Umbral.
Me maravilló estudiar sus obras en Literatura cuando aún no llegaba a los 18. Y luego volver a encontrarlo como referente cuando nos pusimos con aquello del periodismo. La cuestión es que acercarte a un escritor, o mejor dicho, que lo estudies porque es una celebridad, y tener el privilegio de poder leerlo cada día... es algo que fue bonito mientras duró. Y... bueno, duró muchos años, porque desde que ya devoraba el periódico más allá de los deportes y de la guía de televisión -o sea, más o menos cuando los Juegos de Cobi-, ha llovido tiempo y, sobre todo, un rosario de emociones y sonrisas inducidas.
Ironía sagaz, crítica inteligente y mordacidad eran los rasgos de una prosa imaginativa, que te transportaba entre brotes de sarcasmo geniales, a escenarios surrealistas, nada acomodaticios, que a buen seguro le proporcionaron en vida más de un disgusto. No sé si el mayor fue que nunca llegara a ocupar un sillón en la Real Academia... porque después de su extraordinaria puesta en escena en el pleistocénico "Queremos Saber", de Mercedes Milá, cualquier cabreo hubiera tornado en mera anécdota.
Umbral eligió El Mundo en su última etapa para vomitar pensamientos
y ese particular desarraigo que mantenía con la sociedad en que le
tocó vivir. Parecía un pequeño marciano -me dirás tú que era un tipo
convencional...-, como ensimismado tras esas gafas de culo de vaso.
Y en realidad, esas lentes psicoanalizaban hasta el reverso de la
corbata del más común de los mortales, si no diseccionaban los espíritus
de la gente sin alma, hasta roerles la más soez de sus sonrisas.
Así era Umbral. Un tipo que buceaba entre libros, que construyó un legado literario impresionante y que, tras su fallecimiento, deja un hueco difícil de ocupar en el periodismo de opinión y, sobre todo, en la crónica social y de costumbres, de las que era un auténtico experto. Descanse en paz, Francisco Umbral. Y sus libros, coño, que al final me marco la columna, cuento las anécdotas que ya se sabe todo el mundo... ¡y no hablo de sus libros! Si levantara la cabeza... |
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Jorge Oliva
Periodista
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