| Ortiz de Landázuri, Enrique. Bunbury,
Enrique. Son uno, pero en realidad dos. La cara a y la b,
de un vinilo o de un cassette. Estoy leyendo con avidez la biografía
que el periodista catalán Pep Blay (Plaza
& Janés) ha preparado sobre este zaragozano. Tiene, como
casi todas las obras publicadas sobre él y el grupo, muchos
datos ya conocidos. Sin embargo, aporta bastantes elementos novedosos.
Y lo que es más importante, el reflejo de una convivencia natural.
Su periplo comienza cuando a Bunbury se le ocurrió aquello
del "Freak Show". Encontró la oportunidad, lo conoció
y Bunbury le invitó a girar con él por América.
Blay no se lo pensó dos veces. El libro es un bonito anecdotario
de escenas de backstage. Las bambalinas caen por momentos para que
lector pueda comprender que la vida de un artista no se resume en
el tiempo que se expone a su público. Hay toda una intrahistoria,
que bien merece una reposada lectura y una comedida reflexión.
El libro aporta puntos de vista y visiones enriquecedoras sobre
la persona y el personaje. Da el autor algunas pinceladas clave
sobre la personalidad de Ortiz de Landázuri y, sobre todo,
de un Bunbury que sólo ha buscado crecer, evolucionar y desarrollarse
como artista. Quemó una etapa, quemó otra y... surgió
la posibilidad de un retorno, que finalmente se concretó
en el anuncio del 14 de febrero. La separación, a partir
de lo leído, de lo visto y de lo comentado con gente próxima
al grupo, tiene múltiples teorías. La que más
me gusta es una que aparece en el libro y que me parece definitiva.
El grupo se tensionó musicalmente tras "El Espíritu
del Vino". Juan Valdivia ya dejaba claro su
parecer: "el diseño gráfico y la simbología
no tienen nada que ver conmigo". Efectivamente, eran reflejo
del viaje que en el 92 habían hecho Bunbury y Joaquín
Cardiel a Nepal. Y el anecdótico divorcio entre los dos grandes
líderes de la banda, continuaba en "Avalancha",
donde Juan consolidó su objetivo de años atrás:
evolucionar hacia un sonido mucho más contundente, más
nítido, más directo. Más hard-rock y menos
Héroes.
Phil Manzanera, productor de "Senderos de
Traición" y de "El Espíritu del Vino",
lo define a la perfección. Dice que el sonido de Héroes
estaba en la guitarra de Valdivia de los dos primeros discos. Cuando
se pierde o se diluye, cuando Valdivia apuesta por evolucionar hacia
la ortodoxia, viene el batacazo. Bunbury no quiere y no puede. Pone
sobre la mesa -por lo visto las formas fallaron- una especie de
manifiesto, con el que deja claro lo que quiere y no quiere para
el grupo. Lo siguiente son meses de gira en el año 96, sin
dirigirse una sola palabra, que concluye con el nefasto concierto
de Los Ángeles el 6 de octubre, en el que la banda tuvo que
retirarse después de la cuarta canción. No hubo un
abrazo, no hubo un hasta luego. No hubo ni un solo poso de amistad.
La huída fue colectiva y cada uno emprendió una dirección.
Durante años Bunbury renegó de su banda. Lo que muchos
no entendían, era en cierto modo lógico. Sólo
cerrando la puerta a su pasado, podía intentar abrir una
puerta mayor hacia el futuro. "Es que no imaginas lo jodido
que es, que fuese donde fuese, me estuvieran preguntando día,
tarde y noche que cuándo iba a reunirme con Héroes.
Cuando estás intentando labrarte un camino, resulta demoledor".
Pasaron los años y, a pesar de "Radical Sonora",
que le alejó del espectro musical en el que se había
movido y, en consecuencia, de los contratos y de las facilitades
para promocionar discos y ofrecer conciertos, tuvo el coraje suficiente
para sobreponerse e intentar morir con las botas puestas. Con éxito
o con fracaso. Se jugó la carta de "Pequeño",
con una compañía discográfica totalmente escéptica,
y firmó un póker de ases que lo devolvió al
pedestal del que bajó, en parte por incomprensión
del público, en parte por facturar un disco complejo, difícil
y no muy acertado en algunos aspectos (me refiero a "Radical
Sonora").
Así es cómo entreteje una carrera en solitario en
ascenso, donde el músico reinvierte una y otra vez en su
empresa musical. ¿Que llena estadios en América? No
pasa nada. Vamos a por lo imposible: girar con una carpa de circo
aunque perdamos dinero. Así es cómo Bunbury llega
al caos, al abandono repentino de Zuera (amigdalitis mediante).
Está quemando los últimos vestigios de la segunda
etapa de su carrera, que culmina con la disolución de la
banda: El Huracán Ambulante. Y vuelta a empezar.
En ese paréntesis es donde regresa la oportunidad con Héroes.
Levantar el proyecto no era sólo cuestión de dinero,
que también. Si después de once años se planteaba
una vuelta, mucha pasta debía de haber entre medias. Pero
lo definitivo era comprobar si la convivencia era factible. Si Bunbury
y Valdivia soportarían reencontrar sus egos sobre un escenario.
Después de un cruce previo de condiciones, de ir tejiendo
la base de un reencuentro, los primeros ensayos sirvieron para romper
no hielo, sino tamaños icebergs. Sólo había
silencio. El mismo de la última década. Ni cruce de
palabras, ni miradas... hasta que las canciones devolvieron cierta
magia, cierta chispa, y lo que parecía imposible, empezaba
a tornarse cierto. El regreso era un hecho.
¿Hoy? Según se comenta, con todas las reservas que
ello implica, las relaciones Bunbury-Valdivia, claves para la hipotética
continuidad de la banda, son algo mejores que tiempo atrás.
"Les he visto hasta reírse juntos", me contaba
una amiga bonaerense. Cuando digo mejores, es que la convivencia
es civilizada y, según Bunbury, está siendo muy terapéutica.
Lo reconocía a los medios mexicanos antes del concierto del
4 de octubre en el Foro Sol. Podían haber ido a un psicólogo
para curar las heridas, pero está resultando mucho más
efectiva la terapia que han escogido: subirse a un escenario, compartir
lo que les juntó hace 20 años y dejarse llevar por
el espíritu que ha conmovido corazones y almas. Lo demás,
como dice el libro y casi todo en su carrera musical, es silencio.
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