8 de octubre de 2007
El futuro de Héroes del Silencio
Ortiz de Landázuri, Enrique. Bunbury, Enrique. Son uno, pero en realidad dos. La cara a y la b, de un vinilo o de un cassette. Estoy leyendo con avidez la biografía que el periodista catalán Pep Blay (Plaza & Janés) ha preparado sobre este zaragozano. Tiene, como casi todas las obras publicadas sobre él y el grupo, muchos datos ya conocidos. Sin embargo, aporta bastantes elementos novedosos. Y lo que es más importante, el reflejo de una convivencia natural. Su periplo comienza cuando a Bunbury se le ocurrió aquello del "Freak Show". Encontró la oportunidad, lo conoció y Bunbury le invitó a girar con él por América. Blay no se lo pensó dos veces. El libro es un bonito anecdotario de escenas de backstage. Las bambalinas caen por momentos para que lector pueda comprender que la vida de un artista no se resume en el tiempo que se expone a su público. Hay toda una intrahistoria, que bien merece una reposada lectura y una comedida reflexión.

El libro aporta puntos de vista y visiones enriquecedoras sobre la persona y el personaje. Da el autor algunas pinceladas clave sobre la personalidad de Ortiz de Landázuri y, sobre todo, de un Bunbury que sólo ha buscado crecer, evolucionar y desarrollarse como artista. Quemó una etapa, quemó otra y... surgió la posibilidad de un retorno, que finalmente se concretó en el anuncio del 14 de febrero. La separación, a partir de lo leído, de lo visto y de lo comentado con gente próxima al grupo, tiene múltiples teorías. La que más me gusta es una que aparece en el libro y que me parece definitiva. El grupo se tensionó musicalmente tras "El Espíritu del Vino". Juan Valdivia ya dejaba claro su parecer: "el diseño gráfico y la simbología no tienen nada que ver conmigo". Efectivamente, eran reflejo del viaje que en el 92 habían hecho Bunbury y Joaquín Cardiel a Nepal. Y el anecdótico divorcio entre los dos grandes líderes de la banda, continuaba en "Avalancha", donde Juan consolidó su objetivo de años atrás: evolucionar hacia un sonido mucho más contundente, más nítido, más directo. Más hard-rock y menos Héroes.

Phil Manzanera, productor de "Senderos de Traición" y de "El Espíritu del Vino", lo define a la perfección. Dice que el sonido de Héroes estaba en la guitarra de Valdivia de los dos primeros discos. Cuando se pierde o se diluye, cuando Valdivia apuesta por evolucionar hacia la ortodoxia, viene el batacazo. Bunbury no quiere y no puede. Pone sobre la mesa -por lo visto las formas fallaron- una especie de manifiesto, con el que deja claro lo que quiere y no quiere para el grupo. Lo siguiente son meses de gira en el año 96, sin dirigirse una sola palabra, que concluye con el nefasto concierto de Los Ángeles el 6 de octubre, en el que la banda tuvo que retirarse después de la cuarta canción. No hubo un abrazo, no hubo un hasta luego. No hubo ni un solo poso de amistad. La huída fue colectiva y cada uno emprendió una dirección.

Durante años Bunbury renegó de su banda. Lo que muchos no entendían, era en cierto modo lógico. Sólo cerrando la puerta a su pasado, podía intentar abrir una puerta mayor hacia el futuro. "Es que no imaginas lo jodido que es, que fuese donde fuese, me estuvieran preguntando día, tarde y noche que cuándo iba a reunirme con Héroes. Cuando estás intentando labrarte un camino, resulta demoledor". Pasaron los años y, a pesar de "Radical Sonora", que le alejó del espectro musical en el que se había movido y, en consecuencia, de los contratos y de las facilitades para promocionar discos y ofrecer conciertos, tuvo el coraje suficiente para sobreponerse e intentar morir con las botas puestas. Con éxito o con fracaso. Se jugó la carta de "Pequeño", con una compañía discográfica totalmente escéptica, y firmó un póker de ases que lo devolvió al pedestal del que bajó, en parte por incomprensión del público, en parte por facturar un disco complejo, difícil y no muy acertado en algunos aspectos (me refiero a "Radical Sonora").

Así es cómo entreteje una carrera en solitario en ascenso, donde el músico reinvierte una y otra vez en su empresa musical. ¿Que llena estadios en América? No pasa nada. Vamos a por lo imposible: girar con una carpa de circo aunque perdamos dinero. Así es cómo Bunbury llega al caos, al abandono repentino de Zuera (amigdalitis mediante). Está quemando los últimos vestigios de la segunda etapa de su carrera, que culmina con la disolución de la banda: El Huracán Ambulante. Y vuelta a empezar.

En ese paréntesis es donde regresa la oportunidad con Héroes. Levantar el proyecto no era sólo cuestión de dinero, que también. Si después de once años se planteaba una vuelta, mucha pasta debía de haber entre medias. Pero lo definitivo era comprobar si la convivencia era factible. Si Bunbury y Valdivia soportarían reencontrar sus egos sobre un escenario. Después de un cruce previo de condiciones, de ir tejiendo la base de un reencuentro, los primeros ensayos sirvieron para romper no hielo, sino tamaños icebergs. Sólo había silencio. El mismo de la última década. Ni cruce de palabras, ni miradas... hasta que las canciones devolvieron cierta magia, cierta chispa, y lo que parecía imposible, empezaba a tornarse cierto. El regreso era un hecho.

¿Hoy? Según se comenta, con todas las reservas que ello implica, las relaciones Bunbury-Valdivia, claves para la hipotética continuidad de la banda, son algo mejores que tiempo atrás. "Les he visto hasta reírse juntos", me contaba una amiga bonaerense. Cuando digo mejores, es que la convivencia es civilizada y, según Bunbury, está siendo muy terapéutica. Lo reconocía a los medios mexicanos antes del concierto del 4 de octubre en el Foro Sol. Podían haber ido a un psicólogo para curar las heridas, pero está resultando mucho más efectiva la terapia que han escogido: subirse a un escenario, compartir lo que les juntó hace 20 años y dejarse llevar por el espíritu que ha conmovido corazones y almas. Lo demás, como dice el libro y casi todo en su carrera musical, es silencio.


Jorge Oliva
Periodista