Como antesala de la promoción que va a lanzar
EL PAÍS en torno a Héroes del Silencio y Enrique Bunbury
-cada jueves un CD de la banda y de Bunbury hasta febrero de 2008-,
el domingo Ray Loriga publicó una columna emocionante, que
hace un repaso acertadísimo sobre Héroes del Silencio
y el rock en general. Por su interés, por su calidad y por
lo certera que me ha resultado, cedo el testigo de esta humilde
columna al Sr. Loriga, ante el cual me descubro porque, en esencia,
resume el sentir que modestamente lleva uno intentando transmitir
desde hace varias semanas. Que lo disfruten.
Los Héroes rompen su silencio
RAY LORIGA 19/10/2007
Se fueron como una leyenda y ahora regresan con una gira que volverá
a colocarles en el pedestal. Héroes del Silencio, la banda
que sedujo en los ochenta y noventa con su rock poético y
mesiánico, vuelve a tronar por los escenarios.
Coincidimos en el tiempo, y de alguna manera fuimos héroes
a la vez y lo pagamos. Las bandas de rock tienen una extraña
naturaleza porque son cada una de sus partes y otra cosa a la vez.
De ahí que uno pueda romper una banda y volverla a juntar,
algo que un solista o, digamos, un escritor no puede hacer. No se
puede romper a Frank Sinatra y volverlo a juntar. Ni siquiera un
número ilimitado de transformaciones, y en esto Enrique Bunbury
es un experto, te permite ser muy distinto de lo que eres. Me consta
que David Bowie guió gran parte de nuestras heroicidades,
y que en su día creímos a pies juntillas lo que predicábamos,
lo cual no nos hace especialmente honestos, ni desde luego muy sensatos,
pero sí conlleva un tremendo esfuerzo. No se es un héroe
sin esfuerzo, y cuando Bunbury y su gente vuelvan a poner en pie
frente a las masas no sólo su música y sus palabras,
sino el espectro simbólico que ya levantaron en su día,
y que dejaron reposar después, estarán ofreciendo
una vez más una buena parte de sus almas, y el público
pondrá gran parte de la suya. Así es esto del rock,
no se puede ver desde fuera. La liturgia y la leyenda propia de
bandas que, como Héroes del Silencio, han conseguido ser
rock, con su parte mesiánica y sus necesarias poses, y que
cuentan con la devoción de sus fieles, obliga a mantenerse
siempre dentro de la iglesia. Porque fuera no hay Dios ni se escuchan
las campanas. Hace falta mucho coraje para mantener ciertas posturas,
y Bunbury siempre lo tuvo. Creo que fue Olvido Alaska la primera
persona que me habló de él. "Es una estrella",
me dijo, y evidentemente estaba en lo cierto. En contra de lo que
pueda parecer, ser una estrella no es nada fácil, ni sale
gratis. Detrás de cada pose, y el rock está en gran
medida construido de ellas, se esconde la intención de ofrecer
a la gente lo que necesita. Al menos lo que necesita cuando busca
una banda de rock. De ahí que suela recurrirse a la tan manida
comunión cuando se habla de bandas de leyenda que, como ésta,
han inventado no sólo lo que son, sino de alguna manera también
a sus fieles. La enorme expectación que ha creado el regreso
de Héroes del Silencio es proporcional a la necesidad que
esos seres inventados, los seguidores de la banda, tenían
y tienen de volver a ser lo que fueron y lo que son. Se suele recurrir
al cinismo o incluso al escepticismo cuando se habla del regreso
de grandes bandas del pasado, y a menudo se descarta la parte esencial
del asunto, la razón fundamental por la que esos complicadísimos
escenarios se descargan de los camiones y se levantan frente a una
audiencia extasiada, y esa razón no es otra que la fe. Me
consta, y los espectadores serán los primeros en saberlo,
que en este regreso de los Héroes será una vez más
la fe la que mueva montañas. Por supuesto que hay su montón
de dinero implicado en la operación, siempre lo hay, y eso
también forma parte del rock, como el bourbon o ciertas sustancias
no del todo legales, pero lo esencial sigue estando más cerca
del corazón.
Cuando estos cuatro muchachos de Zaragoza empezaron a comerse el
mundo, no me sorprendió lo más mínimo; sí
que me asombró, en cambio, que fueran a la vez profetas en
su tierra. Este país, a qué negarlo, ha sido siempre
muy duro con sus estrellas. Para empezar, la palabra ha tenido siempre
connotaciones peyorativas. Al contrario que la cultura anglosajona,
que cree en la necesidad de estrellas y la alimenta, en esta España,
o como se llame, en la que vivimos, la figura precisamente del antihéroe
es la que disfruta de más raigambre cultural y la que despierta
más simpatías y menos recelos. Ser Héroes del
Silencio en este país conlleva una enorme arrogancia, y por
tanto un mérito enorme. No es casual que en su día
la prensa extranjera los llamase los U2 españoles, pero no
sé si dicha prensa era consciente del esfuerzo titánico,
heroico, que eso significa. Que cuatro chavales de Zaragoza se vistan
de héroes y convenzan a un ejército de seguidores
me pareció, en su día, sorprendente y casi milagroso.
Por supuesto que Bunbury era una estrella, pero la naturaleza del
grupo depende siempre de más factores. A Bunbury le hemos
conocido ya varias reencarnaciones. Su personalidad y su música
se han enriquecido mucho con el tiempo, y será curioso comprobar
cómo encaja ahora en la posición de entonces. Si hay
algo que distingue a este tipo de formaciones, y el ejemplo de U2
es perfectamente válido, es su seriedad y habría que
decir incluso su falta de sentido del humor. Hay algo ligeramente
infantil en el rock mesiánico, pero es lo que la gente quiere.
Y funciona. Bunbury se ha distinguido últimamente por combatir
esa seriedad y esa distancia, la que impone una estrella, con inteligencia
y un sentido del humor muy saludable. Al frente de los Héroes,
su papel es diferente.
Porque Héroes, como U2, es también un uniforme. Para
nada se pueden despreciar los signos que forman una leyenda, porque
son parte esencial de ella. En el rock y en el pop, la importancia
de la vestimenta, de las elecciones estéticas, no es en absoluto
banal, sino parte esencial de su carga simbólica. Cada tribu
tiene sus códigos. Es probable que ninguna otra banda de
rock en este país, ni antes ni después, haya llegado
tan lejos en la consolidación de su propia simbología.
Precisamente por esa fe de la que hablábamos. Lo normal es
que no sea así. Que o bien el público no se lo crea
o que el artista se desinfle antes incluso de empezar. Héroes
son realmente una leyenda, y visten como una leyenda, y suenan en
directo como tal. Cosa nada sencilla. Siempre me pareció
que ése era el mayor de los méritos del grupo. Tal
vez por eso no tenga la sensación de estar ahora ante uno
de esos ejercicios de nostalgia, o de mero negocio, a los que el
rock nos tiene tan acostumbrados. Si Bunbury vuelve a ponerse al
frente de sus Héroes, me consta que tiene razones para hacerlo
y que su corazón, que hace algún tiempo no habría
asumido ese riesgo, está preparado para hacerlo. También
es cierto, y de esto algo sé, que la huida hacia delante,
tratando de escapar precisamente de tu propia leyenda, puede resultar
agotadora y que hay momentos en los que conviene dejarse alcanzar
por uno mismo. Algo me dice que Enrique, con lo que ya ha llovido,
tiene todo el derecho y puede que la necesidad no sólo de
dejarse alcanzar, sino de darse un abrazo y hacerlo rodeado de aquellos
con los que empezó, con su banda y su público. Tampoco
dudo de que el otro Bunbury, el que ha crecido enormemente desde
entonces, regresará satisfecho de este nuevo viaje. A veces
se juzgan, como decía, estas vueltas al pasado con mucha
dureza, pero lo cierto es que si alguien se ha dejado la piel construyendo
una leyenda, y los Héroes lo hicieron, tiene todo el derecho
del mundo a visitarla cuando le venga en gana. Bunbury ha tardado
en hacerlo y ha encontrado supongo, por fin, el momento justo. l
EL PAÍS regala el próximo domingo, 28 de octubre,
el libro-CD de Héroes del Silencio 'Senderos de traición'.
Primera entrega de una colección de 15 libros-CD o libros-DVD
de Héroes del Silencio y Bunbury, que este periódico
venderá cada jueves por 8,95 euros.
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