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Emilio
J.B. |
- RAY EN MANHATTAN: Se llama Ray
Loriga y es perfecto. Aún no tiene 40
años y su mirada sabe de los rascacielos
erigidos en la mente, paisaje interior
inverosímil, literatura inversa. Es arrogante
en su percepción de la realidad y escribe
de manera sincopada sobre el tiempo que
vendrá para clavarnos sus agujas azules.
Acaba de regresar de Nueva York y presenta
"El hombre que inventó Manhattan", otro
prodigio incomprensible. Paul Auster rodó
"Lulu on the bridge" y Loriga "La pistola
de mi hermano". Ambas películas gozan
de una belleza excéntrica, palabra filmada
y perturbadora. Su mujer se llama Christina
Rosenvinge, otrora fenómeno de las radiofórmulas,
que arrastra ahora su languidez de canciones
mínimas por las grutas más alternativas
de la Gran Manzana. Se licuaba en llamas
el World Trade Center mientras ella destejía
los hilos de su disco "Frozen pool". Su
amigo se llama Julio Médem y confiesa
que si Otto corre detrás de Ana y lanza
aviones de papel por una pequeña ventana
con una estremecedora pregunta de amor
nunca desvelada en sus alas, es "por una
idea de Ray". Era el inicio de "Los amantes
del Círculo Polar". Dicen que su mejor
novela es "Tokio ya no nos quiere". Tengo
una edición de bolsillo cuya portada es
una noria vertiginosa girando para siempre
bajo una tipografía que es fiesta de fucsias
y amarillos. Trata de habitaciones desoladas,
acariciadas tan sólo por la helada luz
de una pantalla. Sobre inmensas metrópolis
donde es necesario devorar la témpera
fría de neón de sus calles. Arizona, Extremo
Oriente, y una droga capaz de borrar los
recuerdos. El protagonista descorre las
cortinas de su habitación para mirar las
naves que despegan: "Me pasé el día sintiendo
los aeropuertos", susurraría el último
disco de Los Piratas. Manhattan es la
ciudad que contiene el universo, y Ray
Loriga ilumina superficies opacas de la
existencia donde dominan las bajas temperaturas."Desde
que los periódicos dicen que el mundo
se acaba, siento que las canciones son
más cortas y los días más largos. He pasado
por tu casa pero me han dicho que no estabas,
me han dicho que estabas en otra parte,
en Tokio". Cómo sustraerse a un comienzo
así.
- MARLBORO LIGHT: De entre los
pequeños recuadros fatales que rematan
con su oscuridad las cajetillas de cigarrillos,
ninguno impresiona tanto como el siguiente:
"Fumar acorta la vida". Debe de ser cierto:
diminutos abismos de petróleo se alojarán
entre las esponjosas y níveas profundidades
del alma. Respirar para morir. Y sin embargo,
aquí el que firma fuma Marlboro Light
porque en 1998 leyó en el dominical de
"El País" que Alejandro Sanz deslizaba
por entre sus dedos un cigarrillo de esta
marca en los descansos de sus conciertos.
Así de absurdo, ya. Sólo fui capaz de
apreciar su música en mi más dura adolescencia,
así que no se trata de un psicotrópico
fenómeno fan. Simplemente observé que
también me fascina ese pequeño envase
dorado, duro y desgastado, que contiene
veinte balas blancas de ceniza tan incandescente
como el tiempo. El tabaco es una desidia
hedonista del aire. "Fumar es un acto
que te distrae y que te resta conciencia
sobre ti mismo", dice el premio Nobel
de Literatura Seamus Heaney. Más que eso.
Compartir un cigarrillo a medias en la
despedida es una razón fundamental para
seguir viviendo. Confirma la partitura
del deseo. Hay cajetillas de Marlboro
Light con fotos nocturnas de un desierto
que no existe. Un paraíso desdibujado
en una trama de niebla.
- BOLCHEVIQUES: Hay links imprevisibles
para Mr.Google. De "La flaqueza del bolchevique"
de Lorenzo Silva, brutal biografía del
fracaso, se descubren las piezas más arrebatadoras
de Schubert, y una brevísima novela sumamente
triste de Dostoievski: "Las noches blancas".
Rosana, la jovencísima María Valverde
premiada con un Goya, pasea plateada y
etérea de sol por el estanque del Retiro
proyectando una luz que no declina ni
en la aurora de la tarde. Nástenka se
deja llevar tras el crepúsculo por el
dédalo de calles empedradas de un San
Petersburgo dilatado de recuerdos. Porque
existen los paralelismos más letales uno
sale a seguir los pasos de las letras
sobre el papel, para provocar un encuentro
que también dinamite la propia existencia.
Sigue buscando.
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