Valladolid, lunes 27 de junio de 2005
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Zeit ist frist. Bolsa de cotillón para un verano francamente
Emilio J.B.

En estas últimas noches cercanas al solsticio de verano el sol se pone casi a las once de la noche en Berlín, y las primeras luces rasgan de grises este cielo del norte antes de la cuatro de la madrugada. En menos de cinco horas la noche no existe pero se inventa. Sobre la cúpula incendiada de colores fríos del Sony Center en Postdamer Platz o reflejada en la estructura de cristal que protege al Reichstag toda esa turbia belleza de la ciudad le asalta como el viento desde su elevadísima azotea.

Cerca del Museo Pérgamo los okupas han tomado la avenida de Oranienburg para exponer miles de lienzos y esculturas al calor de las escaleras metálicas, entre grafittis, pequeños cine-estudios y solares que miran a la Torre de Televisión soviética en Alexanderplatz. En una de estas galerías, estremecida al paso de los tranvías amarillos, hay una pequeña inscripción en la pared: “Zeit ist Frist”, “El tiempo es límite”, un aforismo tan hermoso y sugerente como esa sentencia vivificadora y terrible de Dostoievski: “El tiempo es el sentido de la vida”, quizá porque sí, porque es cierto, el tiempo es nuestro límite y hay que beberse cada segundo para siempre en este punto de no retorno.

Da ganas de vivir, Berlín. De sumergirse todo un verano al amparo de una metrópolis tan distinta que se rehace de un pasado terrible en un compás de grúas y lluvia. De aprender una lengua tan diferente para ser y pensarse otro. De cruzar cada tarde ese bosque céntrico e incomprensible que es el Tiergarten para hallar el camino de vuelta. De nadar abrigado entre calles tan amplias y serenas, remodeladas para dejar atrás la acritud del sol del sur y todos los sentimientos dispersos de la soledad del invierno.

El verano es soñar con una habitación en Prenzlauer Berg o en Schöneberg donde suene el disco que acaba de reunir todas las caras B de Belle&Sebastián (“Push barman to open old wounds”), en especial esa canción sobrecogedora titulada “This is just a modern rock song”, y haya un libro abierto sobre la mesa que explique por qué seguimos insistiendo en la felicidad. Existir en una lejanía en calma habitada por otro cuerpo. Derivar en la mañana tras un recorrido inverso de cigarrillos y palabras.

En ese mismo disco hay otra canción que me gusta mucho: “I know where the summer goes”. No sé a qué lugar conducirá esta próxima estación, pero será un tiempo diáfano y azul, donde siempre habrá que buscar un resquicio para hallar señales en el cielo, el aire del norte en una terraza de La Latina, una mirada que te responderá, por fin, a todas las preguntas.

El tiempo es límite.

Feliz verano.

absolut_frosties@hotmail.com
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