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Emilio
J.B. |
En estas últimas noches cercanas
al solsticio de verano el sol se pone
casi a las once de la noche en Berlín,
y las primeras luces rasgan de grises
este cielo del norte antes de la cuatro
de la madrugada. En menos de cinco
horas la noche no existe pero se inventa.
Sobre la cúpula incendiada
de colores fríos del Sony Center
en Postdamer Platz o reflejada en
la estructura de cristal que protege
al Reichstag toda esa turbia belleza
de la ciudad le asalta como el viento
desde su elevadísima azotea.
Cerca del Museo Pérgamo los
okupas han tomado la avenida de Oranienburg
para exponer miles de lienzos y esculturas
al calor de las escaleras metálicas,
entre grafittis, pequeños cine-estudios
y solares que miran a la Torre de
Televisión soviética
en Alexanderplatz. En una de estas
galerías, estremecida al paso
de los tranvías amarillos,
hay una pequeña inscripción
en la pared: “Zeit ist Frist”,
“El tiempo es límite”,
un aforismo tan hermoso y sugerente
como esa sentencia vivificadora y
terrible de Dostoievski: “El
tiempo es el sentido de la vida”,
quizá porque sí, porque
es cierto, el tiempo es nuestro límite
y hay que beberse cada segundo para
siempre en este punto de no retorno.
Da ganas de vivir, Berlín.
De sumergirse todo un verano al amparo
de una metrópolis tan distinta
que se rehace de un pasado terrible
en un compás de grúas
y lluvia. De aprender una lengua tan
diferente para ser y pensarse otro.
De cruzar cada tarde ese bosque céntrico
e incomprensible que es el Tiergarten
para hallar el camino de vuelta. De
nadar abrigado entre calles tan amplias
y serenas, remodeladas para dejar
atrás la acritud del sol del
sur y todos los sentimientos dispersos
de la soledad del invierno.
El verano es soñar con una
habitación en Prenzlauer Berg
o en Schöneberg donde suene el
disco que acaba de reunir todas las
caras B de Belle&Sebastián
(“Push barman to open old wounds”),
en especial esa canción sobrecogedora
titulada “This is just a modern
rock song”, y haya un libro
abierto sobre la mesa que explique
por qué seguimos insistiendo
en la felicidad. Existir en una lejanía
en calma habitada por otro cuerpo.
Derivar en la mañana tras un
recorrido inverso de cigarrillos y
palabras.
En ese mismo disco hay otra canción
que me gusta mucho: “I know
where the summer goes”. No sé
a qué lugar conducirá
esta próxima estación,
pero será un tiempo diáfano
y azul, donde siempre habrá
que buscar un resquicio para hallar
señales en el cielo, el aire
del norte en una terraza de La Latina,
una mirada que te responderá,
por fin, a todas las preguntas.
El tiempo es límite.
Feliz verano.
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