Nuestra vida está llena de imágenes,
sonidos, olores, que asumimos sin reconocerlos. Forman parte de
lo cotidiano, de lo que nos resulta familiar, y pasamos sobre
ellos sin fijarnos. Haría falta ser una especie de Funes
el memorioso, ese personaje de Borges que recordaba
absolutamente todo, para tener constancia de cada detalle y almacenarlo
en alguna neurona ociosa. Hay quien es capaz de hacerlo, sin embargo.
Hace unos meses, National Geographic publicó
un artículo titulado “Remember this” (recuerda
esto) sobre los mecanismos de la memoria. En él hablaba
sobre “AJ”, una mujer estadounidense que recuerda
virtualmente cada detalle de su vida desde los once años.
También hablaba sobre “EP”, un octogenario
cuyo hipocampo había quedado destruido tras una infección
de herpes que le había llegado al cerebro. Con él,
toda su memoria se volatilizó. La comparación que
utiliza el autor del artículo es muy significativa: EP
es como una cámara de vídeo sin cinta (o sin memoria,
ya que estamos en la era digital). Puede ver, pero no graba.
Esto parece algo similar a lo que nos sucede en
nuestra vida diaria: vemos a gente en la calle, coches, edificios,
programas de televisión, leemos libros y revistas, escuchamos
música, y a veces parece que no retuviéramos casi
nada. A quién no le ha sucedido que, después de
ver una película y que le pregunten por ella a las pocas
semanas, ya ni se acuerda del nombre de los personajes. O de la
trama de un libro que leyó el año pasado. Lo contrario,
es decir, el síndrome de “AJ”, no parece pasarle
a casi nadie.
La memoria tiene caminos a veces algo tortuosos.
Como la pequeña magdalena mojada en té de Proust,
que le condujo a la busca del tiempo perdido durante siete volúmenes.
Las sensaciones más primarias, como el olor o el sabor,
son los evocadores más potentes. También la música,
que conecta con una parte de nuestro cerebro antigua e irracional.
Por eso a veces nos acordamos de las tonadillas de algunos anuncios,
pero no de la marca de coches, el zumo en tetrabrick o la agencia
de viajes que anuncian. Al menos, a mí me pasa.
Lo que me gusta de esa cierta capacidad para “perder
la memoria” es que, además de ser muy sano en lo
psicológico (gracias a ella podemos olvidarnos de algunas
malas experiencias), nos permite disfrutar al cabo del tiempo
de cosas que tenía medio olvidadas, u olvidadas del todo.
Creo que este tipo de olvido se debe más a la falta de
atención que a otra cosa, pero es todo un placer redescubrir
libros, músicas o lugares de los que apenas recordaba nada
en absoluto y que de pronto reaparecen ante mí envueltos
en el papel de celofán de lo (casi) nuevo.
Hace poco leí en el blog de arquitectura
BLDBLOG un artículo que tenía mucho que ver con
esta idea. Se titulaba (en una traducción de andar por
casa) “La arquitectura de medirse a uno mismo” (The
architecture of self-measurement) y proponía hacer con
los lugares, los edificios, etc., lo que hacemos con algunos libros,
películas, fotos antiguas: volver a visitarlos cada cierto
tiempo y estudiar cómo cambia nuestra percepción
de ellos. Este cambio no es algo que tenga que ver solo con la
memoria, sino con nuestra propia evolución. Un ejemplo
fácil: el lugar en el que pasábamos los veranos
cuando éramos niños. Muchos lo recordaremos como
un entorno idealizado, si eran felices, y como un lugar horrible
si nos aburríamos o si tuvimos problemas. Sin embargo,
si volviéramos a visitarlo diez, veinte, treinta años
después, nuestro recuerdo de ese lugar se modificaría,
se “sobrescribiría” con uno nuevo en el que
aportamos tanto como hayamos evolucionado, madurado. No somos
los mismos, luego el lugar tampoco va a ser el mismo. Aunque hablemos
de un edificio que lleva cien años en el mismo sitio, y
que nunca ha sido modificado. La clave no está en el cambio
que experimentan las cosas, sino en el nuestro propio.
El mecanismo de sobrescribir los recuerdos sobre
un tema concreto con recuerdos nuevos que surgen de nuestra nueva
visión de las cosas es como ponerle capas a una cebolla.
La capa más interna dejará de ser completamente
visible cuando hayamos añadido la nueva. Miraremos a la
cebolla con unos ojos distintos, y nos parecerá diferente.
Puede que, en efecto, haya cambiado, pero lo más probable
es que nosotros hayamos cambiado mucho más, y hasta decidamos
que ya no nos gusta la cebolla, y que preferimos los espárragos.
En las pruebas para fuentes tipográficas
se viene utilizando desde hace varias décadas el texto
“Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipisicing elit,
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(…)”. La clave del texto estaba en que nadie se fijara
en su significado (al no entenderlo: ya no es común entender
el latín, como antes), sino en su tipografía. El
significado no debía distraer al observador de lo estético,
que era lo que debía evaluarse.
Cuando averiguamos que el texto pertenece a varias
obras de Cicerón, ya no podemos mirarlo
con los mismos ojos. Observamos las letras en Arial o Times New
Roman y ya no nos llaman tanto la atención los rebordes
o los puntos, sino que estamos buscándole un significado.
Cuando comprendemos lo que significa (“Ni tampoco hay alguien
que ame o persiga o desee el dolor por sí mismo, porque
sea dolor, sino porque ocasionalmente ocurren circunstancias en
las cuales el sufrimiento y el dolor pueden procurarle algún
gran placer”, etc.), el texto se ha convertido en un objeto
en tres dimensiones. Ya no podremos volver a mirarlo con los ojos
ingenuos con que lo hacíamos al principio. Nosotros hemos
cambiado, y se debe a que ahora “comprendemos” lo
que antes nos pasaba desapercibido. Hemos añadido una gruesa
capa a la cebolla de la memoria.
Por eso, y ya que esta es la última columna
del “curso”, yo me propongo y propongo a los lectores
un verano en el que nos pongamos capas. No de ropa (bastante calor
hace ya para eso), sino de memorias. En la estantería me
están esperando Dostoievski y Raskolnikov
para que me quite de encima por fin el recuerdo incómodo
de haberme aburrido con “Crimen y castigo”. También
Gogol espera que relea sus “Almas muertas”
y le dé un baño de un color distinto al de la última
vez, allá por la adolescencia. Y seguro que puedo pasar
por algún lugar que no visito hace mucho y recordar cómo
lo veía entonces, y encontrarlo cambiado. O encontrarme
cambiada a mí. Y acordarme de la hora, de las nubes en
el cielo (tal vez), del día preciso en el que, justo allí
mismo, me comí una magdalena y fui aún más
hacia atrás en mis recuerdos, como en un viaje en el tiempo.
Las fuentes del artículo:
National
Geographic, “Remember this”:
Geoff
Manaugh, BLDBLOG, “The architecture of self-measurement”:
José
Antonio Millán, El blog del futuro del libro: