30 de junio de 2008
Lorem Ipsum

Nuestra vida está llena de imágenes, sonidos, olores, que asumimos sin reconocerlos. Forman parte de lo cotidiano, de lo que nos resulta familiar, y pasamos sobre ellos sin fijarnos. Haría falta ser una especie de Funes el memorioso, ese personaje de Borges que recordaba absolutamente todo, para tener constancia de cada detalle y almacenarlo en alguna neurona ociosa. Hay quien es capaz de hacerlo, sin embargo.

Hace unos meses, National Geographic publicó un artículo titulado “Remember this” (recuerda esto) sobre los mecanismos de la memoria. En él hablaba sobre “AJ”, una mujer estadounidense que recuerda virtualmente cada detalle de su vida desde los once años. También hablaba sobre “EP”, un octogenario cuyo hipocampo había quedado destruido tras una infección de herpes que le había llegado al cerebro. Con él, toda su memoria se volatilizó. La comparación que utiliza el autor del artículo es muy significativa: EP es como una cámara de vídeo sin cinta (o sin memoria, ya que estamos en la era digital). Puede ver, pero no graba.

Esto parece algo similar a lo que nos sucede en nuestra vida diaria: vemos a gente en la calle, coches, edificios, programas de televisión, leemos libros y revistas, escuchamos música, y a veces parece que no retuviéramos casi nada. A quién no le ha sucedido que, después de ver una película y que le pregunten por ella a las pocas semanas, ya ni se acuerda del nombre de los personajes. O de la trama de un libro que leyó el año pasado. Lo contrario, es decir, el síndrome de “AJ”, no parece pasarle a casi nadie.

La memoria tiene caminos a veces algo tortuosos. Como la pequeña magdalena mojada en té de Proust, que le condujo a la busca del tiempo perdido durante siete volúmenes. Las sensaciones más primarias, como el olor o el sabor, son los evocadores más potentes. También la música, que conecta con una parte de nuestro cerebro antigua e irracional. Por eso a veces nos acordamos de las tonadillas de algunos anuncios, pero no de la marca de coches, el zumo en tetrabrick o la agencia de viajes que anuncian. Al menos, a mí me pasa.

Lo que me gusta de esa cierta capacidad para “perder la memoria” es que, además de ser muy sano en lo psicológico (gracias a ella podemos olvidarnos de algunas malas experiencias), nos permite disfrutar al cabo del tiempo de cosas que tenía medio olvidadas, u olvidadas del todo. Creo que este tipo de olvido se debe más a la falta de atención que a otra cosa, pero es todo un placer redescubrir libros, músicas o lugares de los que apenas recordaba nada en absoluto y que de pronto reaparecen ante mí envueltos en el papel de celofán de lo (casi) nuevo.

Hace poco leí en el blog de arquitectura BLDBLOG un artículo que tenía mucho que ver con esta idea. Se titulaba (en una traducción de andar por casa) “La arquitectura de medirse a uno mismo” (The architecture of self-measurement) y proponía hacer con los lugares, los edificios, etc., lo que hacemos con algunos libros, películas, fotos antiguas: volver a visitarlos cada cierto tiempo y estudiar cómo cambia nuestra percepción de ellos. Este cambio no es algo que tenga que ver solo con la memoria, sino con nuestra propia evolución. Un ejemplo fácil: el lugar en el que pasábamos los veranos cuando éramos niños. Muchos lo recordaremos como un entorno idealizado, si eran felices, y como un lugar horrible si nos aburríamos o si tuvimos problemas. Sin embargo, si volviéramos a visitarlo diez, veinte, treinta años después, nuestro recuerdo de ese lugar se modificaría, se “sobrescribiría” con uno nuevo en el que aportamos tanto como hayamos evolucionado, madurado. No somos los mismos, luego el lugar tampoco va a ser el mismo. Aunque hablemos de un edificio que lleva cien años en el mismo sitio, y que nunca ha sido modificado. La clave no está en el cambio que experimentan las cosas, sino en el nuestro propio.

El mecanismo de sobrescribir los recuerdos sobre un tema concreto con recuerdos nuevos que surgen de nuestra nueva visión de las cosas es como ponerle capas a una cebolla. La capa más interna dejará de ser completamente visible cuando hayamos añadido la nueva. Miraremos a la cebolla con unos ojos distintos, y nos parecerá diferente. Puede que, en efecto, haya cambiado, pero lo más probable es que nosotros hayamos cambiado mucho más, y hasta decidamos que ya no nos gusta la cebolla, y que preferimos los espárragos.

En las pruebas para fuentes tipográficas se viene utilizando desde hace varias décadas el texto “Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipisicing elit, sed do eiusmod tempor incididunt ut labore et dolore magna aliqua (…)”. La clave del texto estaba en que nadie se fijara en su significado (al no entenderlo: ya no es común entender el latín, como antes), sino en su tipografía. El significado no debía distraer al observador de lo estético, que era lo que debía evaluarse.

Cuando averiguamos que el texto pertenece a varias obras de Cicerón, ya no podemos mirarlo con los mismos ojos. Observamos las letras en Arial o Times New Roman y ya no nos llaman tanto la atención los rebordes o los puntos, sino que estamos buscándole un significado. Cuando comprendemos lo que significa (“Ni tampoco hay alguien que ame o persiga o desee el dolor por sí mismo, porque sea dolor, sino porque ocasionalmente ocurren circunstancias en las cuales el sufrimiento y el dolor pueden procurarle algún gran placer”, etc.), el texto se ha convertido en un objeto en tres dimensiones. Ya no podremos volver a mirarlo con los ojos ingenuos con que lo hacíamos al principio. Nosotros hemos cambiado, y se debe a que ahora “comprendemos” lo que antes nos pasaba desapercibido. Hemos añadido una gruesa capa a la cebolla de la memoria.

Por eso, y ya que esta es la última columna del “curso”, yo me propongo y propongo a los lectores un verano en el que nos pongamos capas. No de ropa (bastante calor hace ya para eso), sino de memorias. En la estantería me están esperando Dostoievski y Raskolnikov para que me quite de encima por fin el recuerdo incómodo de haberme aburrido con “Crimen y castigo”. También Gogol espera que relea sus “Almas muertas” y le dé un baño de un color distinto al de la última vez, allá por la adolescencia. Y seguro que puedo pasar por algún lugar que no visito hace mucho y recordar cómo lo veía entonces, y encontrarlo cambiado. O encontrarme cambiada a mí. Y acordarme de la hora, de las nubes en el cielo (tal vez), del día preciso en el que, justo allí mismo, me comí una magdalena y fui aún más hacia atrás en mis recuerdos, como en un viaje en el tiempo.

Las fuentes del artículo:

National Geographic, “Remember this”:

Geoff Manaugh, BLDBLOG, “The architecture of self-measurement”:

José Antonio Millán, El blog del futuro del libro:



Paula Lapido

Blog:
Escupitajos de erudición