
Olaya Pazos
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Marius
Pednan llegó a Estados Unidos con cuatro años, un caramelo
en la boca y los pies colgando a los lados de la cabeza de su padre
Constantin quien culminó su decisión de acostar a su
familia en el sueño americano aquel cuatro de julio de 1977,
el mismo día que muy lejos de allí, en Gijón
-una ciudad del norte de España- nacía uno de los mejores
y menos leídos escritores de la literatura universal: Juan
Geil.
Doce años después de aquel viaje a lomos de su padre,
Marius, ya un joven neoyorquino con la cara tiznada por la varicela
y lector de todo lo que caía y cabía en sus manos, vio
por la televisión cómo en su ciudad natal, Timisoara,
la gente se levantaba para derrocar al dictador que les había
hecho emigrar a América.
- Gracias Ceaucescu - pensó en voz alta Marius ante la mirada
atónita de sus parientes porque creía que, de no ser
por aquel nostálgico del estalinismo, nunca habría pisado
las aceras en cuesta de Manhattan, ni habría leído libros
tan asombrosos como El guardíán entre el centeno, por
citar uno mil veces citado y que, además, era de sus favoritos.
Y es que en la vida las desgracias nunca vienen solas y, en ocasiones,
incluso traen consigo esquirlas de felicidad. Así sucedió,
precisamente, con la muerte de su progenitor, a quien una tarde del
año pasado la noria marchita de Coney Island lanzó por
los aires en perfecta elipse hasta caer fatalmente en la playa vacía
de Brighton por una tuerca no muy bien enroscada. Constantin dejó
con su fallecimiento un enorme vacío en el seno de su familia
-pesaba 130,56 kilogramos- pero también las arcas repletas
por una indemnización que alimentará a futuras generaciones
de Pednan sin espacio alguno para la duda.
Marius, tras un par de meses de luto sentido por la muerte de su padre,
comenzó a elucubrar sobre qué hacer con el dinero que
le correspondía.
- Cómprate un Ferrari como el mío - le decía
su hermano Estefan para sacarle de sus cavilaciones.
- Ven con nosotras a Tiffany’s - le sugerían su madre
Alina y su hermana Alina Segunda.
Pero Marius decidió su destino una tarde con casi nada de viento
mientras paseaba por el oeste de Manhattan. Fue en el preciso instante
en el que vio un cartel que rezaba: SE VENDE.
Detrás del cartel había una puerta y detrás de
la puerta una librería de no más de 20 metros cuadrados
-tampoco menos, Marius lo vio en el plano- atiborrada de libros abiertos.
De pronto sintió que deseaba pasar allí la mayor parte
de su vida. Como si quisiera hacer realidad su sueño, el propietario
del establecimiento se lo dejó a un precio irrisorio y salió
de allí corriendo con una maleta en la mano -alegando ganas
de orinar y prisa por tomar un vuelo en el aeropuerto JFK-.
Al día siguiente, Marius se sentó tras el mostrador,
cogió un libro y el tiempo le cogió en esa misma posición
varios meses más tarde cuando atravesó la puerta de
la librería un hombre endiabladamente normal.
La calle Bleecker es una curva a babor de Manhattan plagada de cafés,
restaurantes y pequeñas librerías por donde Anthony
Carmel suele pasear a la salida de la oficina de patentes en la
que trabaja. Hace exactamente un mes entró en una de esas
pequeñas librerías que decora la esquina con la calle
MacDougal y observó al joven librero de pelo rubio y pequeños
ojos azules que leía ensimismado un libro de Corman McCarthy
y que cuando levantó la vista le escudriñó
de pies a cabeza antes de decirle:
- Buenos días, señor, ¿en qué puedo
ayudarle?
- Busco algo nuevo, diferente. Llevo varios años leyendo
mucha basura y necesito algo que no tenga nada que ver con lo anterior.
¿Puedes ayudarme?
El chico cerró el libro y se oyó un grito, quizás
de uno de los personajes atrapados en sus páginas. Sin ningún
remordimiento por ello, salió de detrás del mostrador
y, al pasar junto a él, Carmel se fijó en los surcos
horadados en sus mejillas.
Se subió a una escalera y apartó dos filas de libros
hasta hallar el que buscaba:
- Creo que esto es lo que necesita.
Le arrojó desde lo alto un libro finísimo en cuya
cubierta leyó:
Lo sabes de sobra
Juan Geil
Lo abrió y leyó el único poema, del mismo
título, que contenía el libro.
- Es muy bueno, pero…
- Cada día - le interrumpió el muchacho ante la mirada
sorprendida de Carmel - léalo antes de acostarse. Verá
cómo cambia su significado.
Carmel aceptó, pagó con su tarjeta de crédito
los 14 dólares que costaba el libro y salió. Cuando
llegó a su apartamento, en la calle 12, lo posó sobre
la mesilla de noche justo en el momento en que sonaba el teléfono.
- Hola, soy Juan Geil - dijeron al otro lado.
- ¿Quién? - contestó Carmel en un perfecto
castellano aprendido en varios cursos intensivos en el Instituto
Cervantes.
- Juan Geil, el autor del libro que has comprado.
- ¿Cómo me has localizado?
- Por Marius, el librero. ¿Te ha gustado mi poema?
- Sí, mucho.
- Muchas gracias. Esta noche, cuando lo vuelvas a leer, no olvides
de sustituir frontera por camino en el séptimo verso. Hasta
mañana.
Desde entonces, todas las noches, Anthony Carmel recibe una llamada
que le conduce a un mundo nuevo, a una historia que nunca se repite
y que disfruta siempre por vez primera, mientras no muy lejos, un
librero llamado Marius Pednan recoge polvo por las calles de Manhattan
para llenar de bohemia su librería y, a muchos kilómetros
de allí, Juan Geil, es galardonado con el premio a Cliente
del Año por la compañía de telefonía
móvil española Tescucho en agradecimiento a las 347
llamadas que hace cada noche a sus lectores, diseminados por diferentes
puntos del planeta y que le han llevado a la felicidad plena y a
la absoluta ruina.
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