
Olaya Pazos
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-Aquí
tienes el uniforme. Tu ascensor es el cinco.
Fueron las primeras palabras que escuché salir de su boca,
con las vocales huyendo (lo normal) por el lugar en el que algún
día hubo un incisivo superior izquierdo. Y juraría
que también fueron las últimas, porque nunca más,
al menos de forma consciente, le volví a prestar atención.
Con aquellos diez segundos tuve bastante. Diez segundos apenas,
desde que dijo aquí y hasta que remató la frase con
un cinco y amago de sonrisa, en los que me dio tiempo a descubrir
que le faltaba, además del diente, el índice derecho,
un beso de buenas noches antes de dormir y un espejo en el cuarto
de baño. También vi, allá por el segundo siete,
que en el peinado le sobraba laca y un mechón canoso que
se dibujaba en su cabeza como hacen en el cielo algunos aviones
con las migajas de humo que sueltan después de comerse una
nube.
Mi uniforme era un montón de tela que ella señalaba
con uno de sus dedos buenos y que pronto, después de rescatarlo
de un cesto de mimbre púrpura, se transformó en un
pantalón negro, una chaqueta roja con botones dorados (me
quedaba estrecha) y un ridículo sombrero que nunca llegué
a sacar del bolsillo.
Me desvestí y disfracé en un cuarto lleno de sábanas,
manchas de semen y ecos de jadeos sordos. Luego ocupé mi
lugar en el ascensor número cinco. Nadie me explicó
las reglas básicas, pero no tardé en aprenderlas.
Saludo, a qué piso señor, dónde vamos, señorita,
mirada al frente y nada de aceptar propinas. Y mucho menos conversación.
A la media hora -dos trayectos consecutivos a la quinta planta,
uno a la octava, otro de regreso al vestíbulo desde el ático
de la 24- llegué a la convicción de que había
nacido para este trabajo. Es verdad que los tres meses en el taxi
podían ayudar. Al fin y al cabo, la diferencia tampoco era
mucha. Solo que aquí los viajes eran en vertical y en lugar
de la radio se escuchaba un repetitivo hilo musical con canciones
de los Bee Gees versión xilófono y guitarra que alguna
vez me sorprendí silbando (aunque no debería). Por
lo demás, en seguida supe que no iba echar de menos a los
borrachos torpes de la madrugada, a los yonquis de chequera y gomina,
a las ninfas con condón en la bota de cuero y carné
de conducir caducado. Serían, seguro, habituales de mi carcasa
de terciopelo rojo y espejo en el cogote y no en el retrovisor.
Se lo expliqué a un compañero de pitillo y capuchino
en aquel callejón trasero del hotel que todavía visito
en sueños y donde los gatos les robaban la comida a los vagabundos
en fase rem.
-¿Sabes, tío?
-Me llamo Ray, hermano.
-¿Sabes, Ray? Siempre supe que acabaría trabajando
de ascensorista. Te lo juro.
-Yo pensé que terminaría mis días como el payaso
triste del circo y aquí me tienes.
-No, tío…
-Ray.
-No, Ray. No me entiendes. Yo sé que nací para ascensorista.
Lo decía solemne, como dicen los políticos los discursos
que no comprenden, con el pitillo bailando en mi mano y dando a
mi figura la imagen respetable e interesante que la chaqueta se
empeñaba en destrozar.
Le expliqué que durante años la vida me había
pasado por encima sin que hubiera intentado esfuerzo alguno por
levantarme. Que los días se lanzaban suicidas por el calendario
como los divorciados pederastas se arrojaban desde la azotea del
hotel. Que el vagón pasaba por delante de mis narices con
las luces tristes de la madrugada y las miradas huecas de las muchachas
sin futuro, sin invitarme a montar. Y ahora, por fin, me sentía
en el vientre del mundo, en la sala de máquinas, en un camarote
de lujo con viajeros de película de los años treinta
que dependían de mi dedo índice para seguir adelante
con sus éxitos. Me sentía importante, le dije, por
primera vez en 25 años sirvo para algo, le comenté
con la bisoñez de las primeras horas y deslumbrado por el
charol reluciente de mis zapatos nuevos.
-Desengáñate -. El falso payaso triste me abofeteó
con sus palabras. Sin piedad. A las primeras de cambio.- No tardarás
en descubrir que la moqueta que pisas en realidad está suspendida
en el aire y que no existen las alfombras voladoras, que el ascensor
es un globo de colores brillante pero que dentro sólo tiene
aire deseando estallar, que no eres más que una marioneta
que depende de unos hilos de acero que te dirigen a ninguna parte.
Que harás kilómetros y kilómetros, viajarás
durante horas todos los días, peor sin moverte del sitio.
Que al menos en el taxi tenías un indicador en el salpicadero
que te recordaba lo viajado y un retrovisor donde refrescar la mirada.
No tardarás en descubrir que el ascensor es un paréntesis,
un barranco con puente de humo, unos puntos suspensivos eternos
donde la conversación queda congelada y la vida en el aire,
encajonado en un pasillo eterno que estarás condenado a recorrer
durante todo el día mientras la gente entra y sale, entra
y sale, entra y sale sin apenas reparar en ti y con prisa por huir
de una burbuja que deja en suspenso, por unos segundos, su existencia.
Lo dijo de un tirón, como si llevara años preparando
el párrafo, peinándolo cada noche hasta que llegara
el día de sacarlo a pasear. Después se calmó.
Tiró la colilla al suelo, la pisoteó con sus zapatos
de charol manchados de barro y recogió su sonrisa de payaso
triste para volver al trabajo, tres ascensores más allá
del mío.
Todo cambió un par de semanas después, cuando aquella
pareja entró en mi ascensor.
-Al piso 18- dijo él con ese acento tímido de los
turistas que han repasado la lección durante el viaje en
avión.
-Sí, señor-. Apreté el 18.
Llevaba un pantalón de pana, camisa de cuadros marrones,
rojos y blancos y una bufanda al cuello, aunque no hacía
frío. Se colocó casi a mi lado. Dos libros en la mano
izquierda y un teléfono móvil en la derecha. Tres
pasos por detrás, casi apoyada contra el cristal, pero sin
mirarse en él, se quedó ella. Yo escuchaba su llanto
contenido, el goteo de sus lágrimas cayendo hacia dentro
y el rumor sigiloso que deja el maquillaje cuando empieza a desdibujarse.
Él le dijo algo sin mover la cabeza, sin apartar la vista
de los números que sucesivamente se iban iluminando encima
de la puerta. Habló en un idioma para mí desconocido
que luego supe que era español. Cuando terminó, ella
dijo una frase y se dio la vuelta para, por primera vez, buscar
su reflejo en el espejo. Sin pestañear apenas, con la experiencia
cogida en tan solo unos días para espiar sin dar muestras
de hacerlo, vi cómo se pasaba las manos por los ojos, cómo
recogía del suelo los pedazos de orgullo que había
metido a rastras en el ascensor y cómo, poco a poco, recomponía
el peinado y un gesto de dignidad.
Avisó el timbre. Piso 18, dije. Él me miró
como si hubiera comprado billete para una película que no
era la suya y susurró un gracias. Ella dibujó tres
pasos, se puso a su altura, y luego dio tres más para salir
primero del ascensor. Él, ahora tres pasos por detrás,
quiso excusarse, pero o no sabía muy bien por qué
o desconocía como decirlo en mi idioma. Para aliviar la tensión
me regaló uno de los dos libros (eran idénticos) que
llevaba en su mano izquierda.
-Tome- dijo -. Cada día, léalo antes de acostarse.
Pero esta noche, cuando lo haga, no olvide sustituir certeza por
oportunidad en el quinto verso.
Al día siguiente, y no miento, en una mañana con
un ligerísimo viento que levantaba las gabardinas de los
oficinistas y chocaba con los carteles de las cafeterías
y restaurantes de la calle Bleecker, descubrí una librería
pequeña, diminuta, pero preciosa, y un cartel que decía,
se traspasa.
Todavía no sé muy bien por qué, quizá
empujado por un deseo de cortar los hilos, de explotar el globo,
de buscar mundo más allá del termómetro sin
mercurio de mi ascensor, entré y pregunté por el cartel.
-¿Qué es lo que se traspasa? -pregunté ante
un mostrador vacío.
Primero asomó un dedo índice, como si me pidiera,
quise entender, un pco de paciencia. A los pocos segundos emergió
una mujer cincuentona con delantal gris y unas gafas colgando del
cuello. Me parecía recién escapada de una pescadería.
Pero en lugar de calamares ofrecía libros.
-¿Decía?
-¿Qué es lo que se traspasa?
Ella sacó desperdigó su mirada por los veinte metros
cuadrados del local. Se detuvo un instante en un par de estanterías,
como si sus ojos pararan para tomar resuello o coger fuerzas antes
de cruzarse con los míos.
-Esto. Traspaso esto. Mi librería. Mi vida. ¿Le interesa?
-Sí, bueno, no… No creo que pueda. En realidad tan
solo he entrado por curiosidad.
-¿Cómo se llama?
-Joe. Joseph. Joseph Croché.
-¿Le gusta la librería?
-Mucho.
-¿Y los libros?
-No lo sé. Solo he leído uno en mi vida. Dos veces.
Y cada vez era distinto.
Ella dibujó media sonrisa. Me miró como si buscara
recuerdos perdidos en mi rostro y después, completó
el gesto. Una sonrisa sin dientes que en seguida dio paso a un gesto
inesperado. Se quitó el delantal gris, me pidió que
extendiera las palmas y me lo puso en las manos.
-Aquí tienes. Este es tu uniforme. La librería es
tuya.
Miré el delantal.
-Pero si yo no…
No me dejó terminar la frase. Ella habló mientras
sacaba unos zapatos de un cajón (había estado descalza
hasta ese momento) y se alisaba los pantalones de tergal perla.
No te preocupes por la renta, está todo pagado. Los papeles
están en el segundo cajón de aquella vitrina. Trata
bien a los clientes, algunos son como de la familia. Y si tienes
alguna duda, no te olvides de mirar el libro de cuentas, debajo
de la caja registradora. Seguro que lo harás muy bien…
Me dio dos besos, se acercó a la puerta, se calzó
los zapatos, y antes de traspasar el umbral dio un último
repaso a la tienda. “Cuida de mis niños”, me
dijo.
Así fue como cambié, supongo, certeza por oportunidad.
Y en aquella librería pasé dos años y diez
meses, o quizá fueron once. Hasta que aquella mañana
con casi nada de viento coloqué el cartel de se vende (en
español) y aquel chaval de pelo rubio y pequeños ojos
azules entró (por fin, como estaba previsto) para que pudiera
cederle el testigo.
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