Una historia escrita a seis manos y un pincel
I. EL ASCENSORISTA
por Víctor Vela
 

Olaya Pazos
-Aquí tienes el uniforme. Tu ascensor es el cinco.

Fueron las primeras palabras que escuché salir de su boca, con las vocales huyendo (lo normal) por el lugar en el que algún día hubo un incisivo superior izquierdo. Y juraría que también fueron las últimas, porque nunca más, al menos de forma consciente, le volví a prestar atención. Con aquellos diez segundos tuve bastante. Diez segundos apenas, desde que dijo aquí y hasta que remató la frase con un cinco y amago de sonrisa, en los que me dio tiempo a descubrir que le faltaba, además del diente, el índice derecho, un beso de buenas noches antes de dormir y un espejo en el cuarto de baño. También vi, allá por el segundo siete, que en el peinado le sobraba laca y un mechón canoso que se dibujaba en su cabeza como hacen en el cielo algunos aviones con las migajas de humo que sueltan después de comerse una nube.

Mi uniforme era un montón de tela que ella señalaba con uno de sus dedos buenos y que pronto, después de rescatarlo de un cesto de mimbre púrpura, se transformó en un pantalón negro, una chaqueta roja con botones dorados (me quedaba estrecha) y un ridículo sombrero que nunca llegué a sacar del bolsillo.

Me desvestí y disfracé en un cuarto lleno de sábanas, manchas de semen y ecos de jadeos sordos. Luego ocupé mi lugar en el ascensor número cinco. Nadie me explicó las reglas básicas, pero no tardé en aprenderlas. Saludo, a qué piso señor, dónde vamos, señorita, mirada al frente y nada de aceptar propinas. Y mucho menos conversación.

A la media hora -dos trayectos consecutivos a la quinta planta, uno a la octava, otro de regreso al vestíbulo desde el ático de la 24- llegué a la convicción de que había nacido para este trabajo. Es verdad que los tres meses en el taxi podían ayudar. Al fin y al cabo, la diferencia tampoco era mucha. Solo que aquí los viajes eran en vertical y en lugar de la radio se escuchaba un repetitivo hilo musical con canciones de los Bee Gees versión xilófono y guitarra que alguna vez me sorprendí silbando (aunque no debería). Por lo demás, en seguida supe que no iba echar de menos a los borrachos torpes de la madrugada, a los yonquis de chequera y gomina, a las ninfas con condón en la bota de cuero y carné de conducir caducado. Serían, seguro, habituales de mi carcasa de terciopelo rojo y espejo en el cogote y no en el retrovisor.

Se lo expliqué a un compañero de pitillo y capuchino en aquel callejón trasero del hotel que todavía visito en sueños y donde los gatos les robaban la comida a los vagabundos en fase rem.

-¿Sabes, tío?
-Me llamo Ray, hermano.
-¿Sabes, Ray? Siempre supe que acabaría trabajando de ascensorista. Te lo juro.
-Yo pensé que terminaría mis días como el payaso triste del circo y aquí me tienes.
-No, tío…
-Ray.
-No, Ray. No me entiendes. Yo sé que nací para ascensorista.

Lo decía solemne, como dicen los políticos los discursos que no comprenden, con el pitillo bailando en mi mano y dando a mi figura la imagen respetable e interesante que la chaqueta se empeñaba en destrozar.

Le expliqué que durante años la vida me había pasado por encima sin que hubiera intentado esfuerzo alguno por levantarme. Que los días se lanzaban suicidas por el calendario como los divorciados pederastas se arrojaban desde la azotea del hotel. Que el vagón pasaba por delante de mis narices con las luces tristes de la madrugada y las miradas huecas de las muchachas sin futuro, sin invitarme a montar. Y ahora, por fin, me sentía en el vientre del mundo, en la sala de máquinas, en un camarote de lujo con viajeros de película de los años treinta que dependían de mi dedo índice para seguir adelante con sus éxitos. Me sentía importante, le dije, por primera vez en 25 años sirvo para algo, le comenté con la bisoñez de las primeras horas y deslumbrado por el charol reluciente de mis zapatos nuevos.

-Desengáñate -. El falso payaso triste me abofeteó con sus palabras. Sin piedad. A las primeras de cambio.- No tardarás en descubrir que la moqueta que pisas en realidad está suspendida en el aire y que no existen las alfombras voladoras, que el ascensor es un globo de colores brillante pero que dentro sólo tiene aire deseando estallar, que no eres más que una marioneta que depende de unos hilos de acero que te dirigen a ninguna parte. Que harás kilómetros y kilómetros, viajarás durante horas todos los días, peor sin moverte del sitio. Que al menos en el taxi tenías un indicador en el salpicadero que te recordaba lo viajado y un retrovisor donde refrescar la mirada. No tardarás en descubrir que el ascensor es un paréntesis, un barranco con puente de humo, unos puntos suspensivos eternos donde la conversación queda congelada y la vida en el aire, encajonado en un pasillo eterno que estarás condenado a recorrer durante todo el día mientras la gente entra y sale, entra y sale, entra y sale sin apenas reparar en ti y con prisa por huir de una burbuja que deja en suspenso, por unos segundos, su existencia.

Lo dijo de un tirón, como si llevara años preparando el párrafo, peinándolo cada noche hasta que llegara el día de sacarlo a pasear. Después se calmó. Tiró la colilla al suelo, la pisoteó con sus zapatos de charol manchados de barro y recogió su sonrisa de payaso triste para volver al trabajo, tres ascensores más allá del mío.

Todo cambió un par de semanas después, cuando aquella pareja entró en mi ascensor.

-Al piso 18- dijo él con ese acento tímido de los turistas que han repasado la lección durante el viaje en avión.
-Sí, señor-. Apreté el 18.

Llevaba un pantalón de pana, camisa de cuadros marrones, rojos y blancos y una bufanda al cuello, aunque no hacía frío. Se colocó casi a mi lado. Dos libros en la mano izquierda y un teléfono móvil en la derecha. Tres pasos por detrás, casi apoyada contra el cristal, pero sin mirarse en él, se quedó ella. Yo escuchaba su llanto contenido, el goteo de sus lágrimas cayendo hacia dentro y el rumor sigiloso que deja el maquillaje cuando empieza a desdibujarse. Él le dijo algo sin mover la cabeza, sin apartar la vista de los números que sucesivamente se iban iluminando encima de la puerta. Habló en un idioma para mí desconocido que luego supe que era español. Cuando terminó, ella dijo una frase y se dio la vuelta para, por primera vez, buscar su reflejo en el espejo. Sin pestañear apenas, con la experiencia cogida en tan solo unos días para espiar sin dar muestras de hacerlo, vi cómo se pasaba las manos por los ojos, cómo recogía del suelo los pedazos de orgullo que había metido a rastras en el ascensor y cómo, poco a poco, recomponía el peinado y un gesto de dignidad.

Avisó el timbre. Piso 18, dije. Él me miró como si hubiera comprado billete para una película que no era la suya y susurró un gracias. Ella dibujó tres pasos, se puso a su altura, y luego dio tres más para salir primero del ascensor. Él, ahora tres pasos por detrás, quiso excusarse, pero o no sabía muy bien por qué o desconocía como decirlo en mi idioma. Para aliviar la tensión me regaló uno de los dos libros (eran idénticos) que llevaba en su mano izquierda.

-Tome- dijo -. Cada día, léalo antes de acostarse. Pero esta noche, cuando lo haga, no olvide sustituir certeza por oportunidad en el quinto verso.

Al día siguiente, y no miento, en una mañana con un ligerísimo viento que levantaba las gabardinas de los oficinistas y chocaba con los carteles de las cafeterías y restaurantes de la calle Bleecker, descubrí una librería pequeña, diminuta, pero preciosa, y un cartel que decía, se traspasa.

Todavía no sé muy bien por qué, quizá empujado por un deseo de cortar los hilos, de explotar el globo, de buscar mundo más allá del termómetro sin mercurio de mi ascensor, entré y pregunté por el cartel.

-¿Qué es lo que se traspasa? -pregunté ante un mostrador vacío.

Primero asomó un dedo índice, como si me pidiera, quise entender, un pco de paciencia. A los pocos segundos emergió una mujer cincuentona con delantal gris y unas gafas colgando del cuello. Me parecía recién escapada de una pescadería. Pero en lugar de calamares ofrecía libros.

-¿Decía?
-¿Qué es lo que se traspasa?

Ella sacó desperdigó su mirada por los veinte metros cuadrados del local. Se detuvo un instante en un par de estanterías, como si sus ojos pararan para tomar resuello o coger fuerzas antes de cruzarse con los míos.

-Esto. Traspaso esto. Mi librería. Mi vida. ¿Le interesa?
-Sí, bueno, no… No creo que pueda. En realidad tan solo he entrado por curiosidad.
-¿Cómo se llama?
-Joe. Joseph. Joseph Croché.
-¿Le gusta la librería?
-Mucho.
-¿Y los libros?
-No lo sé. Solo he leído uno en mi vida. Dos veces. Y cada vez era distinto.

Ella dibujó media sonrisa. Me miró como si buscara recuerdos perdidos en mi rostro y después, completó el gesto. Una sonrisa sin dientes que en seguida dio paso a un gesto inesperado. Se quitó el delantal gris, me pidió que extendiera las palmas y me lo puso en las manos.

-Aquí tienes. Este es tu uniforme. La librería es tuya.

Miré el delantal.

-Pero si yo no…

No me dejó terminar la frase. Ella habló mientras sacaba unos zapatos de un cajón (había estado descalza hasta ese momento) y se alisaba los pantalones de tergal perla. No te preocupes por la renta, está todo pagado. Los papeles están en el segundo cajón de aquella vitrina. Trata bien a los clientes, algunos son como de la familia. Y si tienes alguna duda, no te olvides de mirar el libro de cuentas, debajo de la caja registradora. Seguro que lo harás muy bien…

Me dio dos besos, se acercó a la puerta, se calzó los zapatos, y antes de traspasar el umbral dio un último repaso a la tienda. “Cuida de mis niños”, me dijo.

Así fue como cambié, supongo, certeza por oportunidad. Y en aquella librería pasé dos años y diez meses, o quizá fueron once. Hasta que aquella mañana con casi nada de viento coloqué el cartel de se vende (en español) y aquel chaval de pelo rubio y pequeños ojos azules entró (por fin, como estaba previsto) para que pudiera cederle el testigo.

 


Víctor Vela
Periodista


Olaya Pazos
Ilustradora