
Olaya Pazos
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-La
ciudad se había despertado ese sábado bajo un cielo
plomizo y todo el mundo sabía que iba a llover. A media mañana
empezó a tronar y para cuando cayeron las primeras gotas la
oscuridad era casi total, tanto que Marius Pednan tuvo que encender
todas las lámparas de su librería de la calle Bleecker
además del flexo que siempre permanecía de guardia sobre
el mostrador, iluminando cualquiera que fuese el libro con el que
estuviese entreteniendo el tiempo. No hacía ni dos días
que había entrado el otoño, pero era evidente que venía
cargado de agua y de tristeza.
Diez minutos después, el avisador sobre la puerta tintineó
nervioso y Marius levantó la vista al tiempo que una niña
de no más de 10 años entraba totalmente empapada en
la librería. Se quedó allí, en el umbral, y
al cabo de unos segundos dejó un gran charco de agua bajo
sus botas de goma amarilla. Su respiración era un jadeo incesante
y miraba a su alrededor como si estuviese valorando la estancia,
calculando si se había equivocado o si había entrado
en el lugar en el que esperaba entrar.
–¿Puedo ayudarte en algo? –preguntó el
joven librero sorprendido –.
No contestó. Trató de calmar su acelerada respiración
y al cabo de unos segundos avanzó chapoteando sobre el agua
que iba dejando en el suelo de madera. Cuando llegó a la
altura de Marius, frente al mostrador, alargó el brazo con
inesperado desparpajo y tendió su mano al librero.
–Me llamo Ada –le espetó –. Vengo a por
mi hurón, Boby.
–¿Boby?
–Sí, es un hurón así, no muy grande;
es marroncito pero tiene la cola blanca. Y se llama Boby.
Marius la observó con atención. Tenía los
ojos claros y el pelo de color naranja, mojado y alborotado sobre
su cabeza. Vestía un peto de pana de estilo tirolés
y una camisa blanca.
–¿Y por qué crees que Boby está aquí?
–intentó ser amable –.
–No lo creo. Lo sé –respondió convencida
–.
–Pues yo no lo he visto entrar, Ada –.
–Eso es porque ha entrado por la ventana que tiene usted en
la parte de atrás, él todavía no sabe pedir
permiso –.
De pronto Marius cayó en la cuenta de que no había
cerrado la ventana de la trastienda y se volvió alarmado.
Cuando entró en el cuarto trasero, media tarima estaba empapada
por la lluvia que caía racheada al patio de luces y comprobó
que se habían mojado algunos libros que tenía apilados
en el suelo, pendientes de catalogar. Ada apareció justo
detrás cuando cerraba la ventana y enseguida se puso a ojear
toda la estancia en busca de la mascota.
–Boby se asusta cuando hay tormenta. Yo también me
he dejado la ventana abierta y se ha escapado al oír los
truenos. Sólo ha venido a esconderse –, explicó
mientras se echaba al suelo para mirar debajo de un armario que
hacía las funciones de mueble bar . Además, le gustan
mucho los libros.
El librero valoraba atónito el desastre organizado por la
tormenta, pero se giró cuando escuchó aquello.
–¿Tu hurón sabe leer?
¬Ada le miró atónita.
–¡Claro que no! Es un hurón ¬¬–contestó
sorprendida de la estupidez que Marius acaba de decir. El librero
se sintió avergonzado por un segundo –. Se los come.
Marius Pednan no había visto un hurón en su vida.
Quizá en algún documental de la tele, pero no en vivo
y en directo, y ni mucho menos se imaginaba que comiesen libros.
De todas formas, nada más oír aquello, se echó
al suelo junto a la niña y empezó a rebuscar entre
las estanterías llenas de viejas ediciones pendientes de
restauración, volúmenes esperando para ser catalogados
y ejemplares en stock.
Ni en la trastienda, ni en ninguna otra parte de la librería
encontraron rastro alguno de Boby y después de casi una hora
de infructuosa búsqueda, la niña del pelo naranja
se sentó con la espalda apoyada en el taquillón que
hacía las veces de mostrador y se echó a llorar. Marius
intentó consolarla explicándole que a lo mejor se
había escondido en otra parte, o que quizás Boby ya
había vuelto a casa, pero Ada sólo lloraba y lloraba,
casi con la misma fuerza que las nubes descargaban su aguacero sobre
la ciudad de Nueva York.
Después, la niña se quedó dormida. Marius
la recostó sobre un viejo sofá en la trastienda y
se quedó observándola un largo rato.
***
Anthony Carmel se peleaba con un paraguas y contra el viento a
tan sólo dos manzanas de la calle Bleecker. Maldecía
el temporal y notaba como los bajos del pantalón y los zapatos
negros empezaban a pesar más de la cuenta de tanta agua que
transportaban. Maldecía también tener que haber ido
a trabajar siendo sábado, y que la máquina de café
de la oficina de patentes estuviese estropeada, y que el Starbucks
más cercano quedase a diez minutos de paseo bajo la lluvia.
Pero era adicto al café y se ponía insoportable si
no tenía siempre cerca una taza humeante. Justo cuando pisaba
su tercer charco consecutivo y el paraguas se vencía contra
el viento, decidió que iba a dejar el café y empezar
a fumar.
Comprobó que el paraguas ya no tenía arreglo y lo
cerró como buenamente pudo; se dijo a sí mismo que
mejor empapado que ridículo y siguió caminando como
caminan bajo la lluvia los seres humanos, encogiendo el cuello,
como si eso fuese a hacer que se mojasen menos. No era sorprendente
ver gente corriendo por las calles en aquellas circunstancias, él
mismo andaba a buen paso y buscaba las paredes de los edificios
tratando de encontrar un resguardo que no servía de nada.
Sin embargo, le llamó especialmente la atención un
extraño tipo que iba haciendo footing por la acera de enfrente,
vestido con un chándal a lo Rocky Balboa y que no iba a ninguna
parte, sólo subía y bajaba la calle, una y otra vez,
de esquina a esquina. Evidentemente, hacer footing en Manhattan
bajo el diluvio universal no era una buena idea, pero en tan sólo
unas décimas de segundo comprendió que nada era lo
que parecía en aquella escena.
Un hombre salió de un callejón a la derecha de la
calle Bleecker, llevaba sombrero y gabardina con los cuellos calados
hasta más arriba de las orejas, embozado y con los brazos
cruzados sobre el vientre, como si sujetase algo incómodo
o pesado bajo el chubasquero. Caminaba deprisa y en dirección
al hombre del chándal gris, que ahora corría calle
arriba contra él. Carmel pensó que si hubiese tenido
una cámara de fotos a mano podría haber inmortalizado
el esperpéntico momento y enviarlo al programa de curiosidades
ciudadanas que dirigía Ninfa Sodënberg en la KMPW, “Freaks
de Manhattan” se iba a llamar la instantánea.
Justo un momento antes de que el de la gabardina esquivara al del
chándal, éste último sacó un revolver
de su espalda y le descerrajó cuatro tiros al primero, a
quemarropa. La víctima salió disparada hacia atrás
y cayó ensangrentada sobre el pavimento encharcado. La sangre
se difuminó en la lluvia y el extraño Rocky Balboa,
que no hacía deporte sino que esperaba su oportunidad, siguió
corriendo, no ya hasta la esquina como antes, sino hasta que se
le perdió de vista al final de la calle Bleecker. Carmel
tardó otros tres segundos en reaccionar, cambiar de acera
y acercarse al herido. En un primer momento pensó que seguía
vivo, pues en su pecho, bajo la gabardina, como si el corazón
pugnase por salir, algo se movía tímidamente. Anthony
Carmel le abrió la gabardina al herido para ver si podía
ayudarle y se dio cuenta de que no era el corazón lo que
se movía, sino un pequeño hurón de color marroncito
y con la cola blanca que nada más ver a su socorrista torció
el gesto aturdido y se subió a su hombro.
Se levantó horrorizado, cogió al hurón con
toda la ternura de la que fue capaz y lo envolvió en el interior
de la americana empapada. Se olvidó del café, del
trabajo en la oficina de patentes y de la tormenta. Sin volver la
vista atrás, consciente ya de que el tiroteado está
muerto, volvió a cambiar de acera y sin levantar sospechas,
caminó en dirección a al apartamento de su madre,
a solo un par de calles. Boby, el hurón, como si comprendiese
que ahora sí estaba a salvo y en buenas manos, se quedó
dormido, o exhausto, o muerto, pero se queda con Anthony Carmel.
Cuando llega a la casa, le seca con el secador de pelo de su madre
octogenaria y le ofrece al bicho un gran tazón de leche con
galletas trituradas que el animalito devoró con ojos agradecidos.
–Ya ha pasado todo, pequeño, ya ha pasado todo –le
repite una y otra vez –.
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