Una historia escrita a seis manos y un pincel
III. SE HA PERDIDO UN HURÓN
por Nacho Serrano
 

Olaya Pazos

-La ciudad se había despertado ese sábado bajo un cielo plomizo y todo el mundo sabía que iba a llover. A media mañana empezó a tronar y para cuando cayeron las primeras gotas la oscuridad era casi total, tanto que Marius Pednan tuvo que encender todas las lámparas de su librería de la calle Bleecker además del flexo que siempre permanecía de guardia sobre el mostrador, iluminando cualquiera que fuese el libro con el que estuviese entreteniendo el tiempo. No hacía ni dos días que había entrado el otoño, pero era evidente que venía cargado de agua y de tristeza.

Diez minutos después, el avisador sobre la puerta tintineó nervioso y Marius levantó la vista al tiempo que una niña de no más de 10 años entraba totalmente empapada en la librería. Se quedó allí, en el umbral, y al cabo de unos segundos dejó un gran charco de agua bajo sus botas de goma amarilla. Su respiración era un jadeo incesante y miraba a su alrededor como si estuviese valorando la estancia, calculando si se había equivocado o si había entrado en el lugar en el que esperaba entrar.

–¿Puedo ayudarte en algo? –preguntó el joven librero sorprendido –.
No contestó. Trató de calmar su acelerada respiración y al cabo de unos segundos avanzó chapoteando sobre el agua que iba dejando en el suelo de madera. Cuando llegó a la altura de Marius, frente al mostrador, alargó el brazo con inesperado desparpajo y tendió su mano al librero.

–Me llamo Ada –le espetó –. Vengo a por mi hurón, Boby.
–¿Boby?
–Sí, es un hurón así, no muy grande; es marroncito pero tiene la cola blanca. Y se llama Boby.

Marius la observó con atención. Tenía los ojos claros y el pelo de color naranja, mojado y alborotado sobre su cabeza. Vestía un peto de pana de estilo tirolés y una camisa blanca.

–¿Y por qué crees que Boby está aquí? –intentó ser amable –.
–No lo creo. Lo sé –respondió convencida –.
–Pues yo no lo he visto entrar, Ada –.
–Eso es porque ha entrado por la ventana que tiene usted en la parte de atrás, él todavía no sabe pedir permiso –.

De pronto Marius cayó en la cuenta de que no había cerrado la ventana de la trastienda y se volvió alarmado. Cuando entró en el cuarto trasero, media tarima estaba empapada por la lluvia que caía racheada al patio de luces y comprobó que se habían mojado algunos libros que tenía apilados en el suelo, pendientes de catalogar. Ada apareció justo detrás cuando cerraba la ventana y enseguida se puso a ojear toda la estancia en busca de la mascota.

–Boby se asusta cuando hay tormenta. Yo también me he dejado la ventana abierta y se ha escapado al oír los truenos. Sólo ha venido a esconderse –, explicó mientras se echaba al suelo para mirar debajo de un armario que hacía las funciones de mueble bar . Además, le gustan mucho los libros.

El librero valoraba atónito el desastre organizado por la tormenta, pero se giró cuando escuchó aquello.

–¿Tu hurón sabe leer?
¬Ada le miró atónita.
–¡Claro que no! Es un hurón ¬¬–contestó sorprendida de la estupidez que Marius acaba de decir. El librero se sintió avergonzado por un segundo –. Se los come.

Marius Pednan no había visto un hurón en su vida. Quizá en algún documental de la tele, pero no en vivo y en directo, y ni mucho menos se imaginaba que comiesen libros. De todas formas, nada más oír aquello, se echó al suelo junto a la niña y empezó a rebuscar entre las estanterías llenas de viejas ediciones pendientes de restauración, volúmenes esperando para ser catalogados y ejemplares en stock.

Ni en la trastienda, ni en ninguna otra parte de la librería encontraron rastro alguno de Boby y después de casi una hora de infructuosa búsqueda, la niña del pelo naranja se sentó con la espalda apoyada en el taquillón que hacía las veces de mostrador y se echó a llorar. Marius intentó consolarla explicándole que a lo mejor se había escondido en otra parte, o que quizás Boby ya había vuelto a casa, pero Ada sólo lloraba y lloraba, casi con la misma fuerza que las nubes descargaban su aguacero sobre la ciudad de Nueva York.

Después, la niña se quedó dormida. Marius la recostó sobre un viejo sofá en la trastienda y se quedó observándola un largo rato.


***

Anthony Carmel se peleaba con un paraguas y contra el viento a tan sólo dos manzanas de la calle Bleecker. Maldecía el temporal y notaba como los bajos del pantalón y los zapatos negros empezaban a pesar más de la cuenta de tanta agua que transportaban. Maldecía también tener que haber ido a trabajar siendo sábado, y que la máquina de café de la oficina de patentes estuviese estropeada, y que el Starbucks más cercano quedase a diez minutos de paseo bajo la lluvia. Pero era adicto al café y se ponía insoportable si no tenía siempre cerca una taza humeante. Justo cuando pisaba su tercer charco consecutivo y el paraguas se vencía contra el viento, decidió que iba a dejar el café y empezar a fumar.

Comprobó que el paraguas ya no tenía arreglo y lo cerró como buenamente pudo; se dijo a sí mismo que mejor empapado que ridículo y siguió caminando como caminan bajo la lluvia los seres humanos, encogiendo el cuello, como si eso fuese a hacer que se mojasen menos. No era sorprendente ver gente corriendo por las calles en aquellas circunstancias, él mismo andaba a buen paso y buscaba las paredes de los edificios tratando de encontrar un resguardo que no servía de nada. Sin embargo, le llamó especialmente la atención un extraño tipo que iba haciendo footing por la acera de enfrente, vestido con un chándal a lo Rocky Balboa y que no iba a ninguna parte, sólo subía y bajaba la calle, una y otra vez, de esquina a esquina. Evidentemente, hacer footing en Manhattan bajo el diluvio universal no era una buena idea, pero en tan sólo unas décimas de segundo comprendió que nada era lo que parecía en aquella escena.

Un hombre salió de un callejón a la derecha de la calle Bleecker, llevaba sombrero y gabardina con los cuellos calados hasta más arriba de las orejas, embozado y con los brazos cruzados sobre el vientre, como si sujetase algo incómodo o pesado bajo el chubasquero. Caminaba deprisa y en dirección al hombre del chándal gris, que ahora corría calle arriba contra él. Carmel pensó que si hubiese tenido una cámara de fotos a mano podría haber inmortalizado el esperpéntico momento y enviarlo al programa de curiosidades ciudadanas que dirigía Ninfa Sodënberg en la KMPW, “Freaks de Manhattan” se iba a llamar la instantánea.

Justo un momento antes de que el de la gabardina esquivara al del chándal, éste último sacó un revolver de su espalda y le descerrajó cuatro tiros al primero, a quemarropa. La víctima salió disparada hacia atrás y cayó ensangrentada sobre el pavimento encharcado. La sangre se difuminó en la lluvia y el extraño Rocky Balboa, que no hacía deporte sino que esperaba su oportunidad, siguió corriendo, no ya hasta la esquina como antes, sino hasta que se le perdió de vista al final de la calle Bleecker. Carmel tardó otros tres segundos en reaccionar, cambiar de acera y acercarse al herido. En un primer momento pensó que seguía vivo, pues en su pecho, bajo la gabardina, como si el corazón pugnase por salir, algo se movía tímidamente. Anthony Carmel le abrió la gabardina al herido para ver si podía ayudarle y se dio cuenta de que no era el corazón lo que se movía, sino un pequeño hurón de color marroncito y con la cola blanca que nada más ver a su socorrista torció el gesto aturdido y se subió a su hombro.

Se levantó horrorizado, cogió al hurón con toda la ternura de la que fue capaz y lo envolvió en el interior de la americana empapada. Se olvidó del café, del trabajo en la oficina de patentes y de la tormenta. Sin volver la vista atrás, consciente ya de que el tiroteado está muerto, volvió a cambiar de acera y sin levantar sospechas, caminó en dirección a al apartamento de su madre, a solo un par de calles. Boby, el hurón, como si comprendiese que ahora sí estaba a salvo y en buenas manos, se quedó dormido, o exhausto, o muerto, pero se queda con Anthony Carmel.

Cuando llega a la casa, le seca con el secador de pelo de su madre octogenaria y le ofrece al bicho un gran tazón de leche con galletas trituradas que el animalito devoró con ojos agradecidos.

–Ya ha pasado todo, pequeño, ya ha pasado todo –le repite una y otra vez –.

 


Nacho Serrano
Periodista


Olaya Pazos
Ilustradora