Una historia escrita a seis manos
y un pincel |
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| IV.
LAS MEMORIAS
por David Barreiro |
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Olaya Pazos
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- Nunca
más volverás a verme. Mañana empiezo de nuevo.
No valgo para este trabajo, no pienso estar toda mi vida montando
atracciones en un lugar tan decrépito como éste. Ni
siquiera sé hacerlo bien. - le dije.
- No sueñes tan alto, amigo. O te sucederá como a Carmel.
Puede parecer una frase cualquiera, una cita vacía de las que
abundan en las barras de los bares y los escaños de los parlamentos
pero, en este caso, se trataba de la cavernosa garganta de Ray, el
payaso triste que trabajaba junto a mí como guía turístico
en Coney Island.
Según Ray, Benjamin Carmel era solo un tipo aparentemente normal
y corriente de Illinois que llegó a Queens una luminosa mañana
de diciembre.
- La luz de aquel día, abotargada después por las nubes
de la tarde, no fue ninguna casualidad - me dijo Ray al tiempo que
daba un trago a la cerveza que siempre le precedía.
Se refería a la luz que habítaba en los juegos, actos
y decisiones de Carmel, quien siempre iba por delante de los que le
rodeaban.
Así fueron sus años de niñez y adolescencia,
siempre pergeñando ideas asombrosas, inverosímiles para
los demás. Sin embargo, todas aquellas genialidades - incluido
el chicle con sabor a beso o un cepo que golpeaba los labios de quien
tatareaba la (penosa y pegadiza) canción del verano- mordieron
el polvo ante su proyecto más ambicioso. Amparado en su notable
escritura y su inusual madurez, a los diecinueve años cuatro
meses y tres días se levantó ante sus progenitores y
su hermano pequeño (una persona endiabladamente normal llamada
Anthony Carmel) y afirmó:
- Voy a escribir mis memorias.
Acto seguido, Benjamin entró en su cuarto, se sentó
en el escritorio y comenzó a escribir la historia de su vida
futura. Nueve meses después, salía con 532 páginas
debajo del brazo y acudía al dentista quien le extraía
una muela dolorida que nunca le acompañó a la editorial
donde dejó el manuscrito que, cuatro meses más tarde,
se convertía en el libro más vendido en las gasolineras
en 1956.
Tras un año de fastos, críticas elogiosas, y premios
por doquier, una tarde en una entrevista radiofónica descubriría
la cruel realidad. Según Ray fue así:
- Señor Carmel, ¿es cierto que su libro incluye datos,
cifras y acontecimientos que aún no ha vivido?
- Por su puesto, el 80% del libro está ambientado en el futuro.
- ¿Y si luego su vida no se corresponde con lo que narra en
él?
- …. entonces habré fracasado.
Solamente era una entrevista radiofónica, una pregunta perdida
entre espacios publicitarios, programas, seriales e informativos,
pero para Benjamin supuso el inicio del fin.
Al día siguiente, con un hatillo en la mano izquierda y su
libro en la derecha, iniciaba el viaje hacia las palabras escritas,
hacia una vida que él mismo se había impuesto. Por desgracia,
nunca pudo alcanzar las hazañas que recogía en su obra,
se limitó a perseguir su propia sombra durante algunos años
hasta que un día murió arrollado por un tren modificando
trágicamente el final de su libro.
- Ésa es su historia. La historia de alguien que soñaba
demasiado alto - me dijo Ray -.. Benjamín habría acabado
en el olvido de no ser porque, tras su muerte, su hermano pequeño
fue a la oficina de patentes y registró todos sus inventos.
Se quedaron tan asombrados que le ofrecieron trabajo. Creo que aún
sigue allí.
Era una historia triste, como todas las que contaba Ray el payaso
triste, y me hizo recapacitar. Volví a casa y me acosté
preparado para volver al trabajo a la mañana siguiente.
Sin embargo, cuando me desperté, ocho horas más tarde,
vi en Good Morning New York que un hombre había muerto tras
salir despedido de la noria que yo debía haber ajustado el
día anterior.
Entonces hice la maleta y me fui de la ciudad sin mirar atrás.
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Nacho Serrano
Periodista
Olaya Pazos
Ilustradora
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