Una historia escrita a seis manos y un pincel
V. LA CAJA DE BOMBONES
por Víctor Vela
 

Olaya Pazos

Cuando Bea salió de las fauces del metro, línea cuatro, la verde, desde su hostal de de Jerome Avenue hasta el corazón de la ciudad, comenzó a llover. Su novio tenía razón, debería haber cogido un taxi. Demasiado tarde. Además, a ella no le gustaban los taxis. No entendía a los taxistas de Nueva York, con su acento pakistaní. Tampoco aguantaba a esos conductores latinos sabihondos con la garganta pasada de revoluciones y la radio de decibelios. No soportaba que el taxímetro no se tomara un respiro y que a la hora de pagar nunca hubiera cambio. Odiaba aquella emisora ultrarreligosa que llevaban algunos chóferes negros. Siempre la había odiado. Y estaba hasta las narices de que los conductores, la mayoría, con independencia de su nacionalidad, no dejaran de mirarle el escote y, si el retrovisor lo permitía, también las piernas. “Una ya no sabe cómo salir a la calle”. Y además, aborrecía ir en taxi en un día de lluvia. Otro más.

La ciudad se ponía horrible en tardes así, aunque fuera domingo. Las calles se llenaban de incómodos paraguas, las esperas en los semáforos se hacían mucho más largas y había más coches, más todavía. Y más atascos, más ruido de cláxones, más motores encendidos y más conversaciones intrascendentes sobre el tiempo. Y eso que hoy parecía un día distinto a los demás, porque el gris perla de las nubes le daba a esa zona de la ciudad un tinte extrañamente luminoso.

Bea cerró el periódico que había estado leyendo durante el trayecto en metro. Al salir de la estación tiró en la primera papelera que encontró esa colección de tinta y papel donde contaban la historia, vaya historia, del hombre asesinado ayer, cuatro tiros a bocajarro, a tan solo unos metros de allí y bajo la mayor tormenta que la ciudad recordaba en años. Sólo con pensarlo aceleró el paso.

Aún le quedaban un par de manzanas para llegar a la casa. No tenía claro el nombre de la calle, pero sí que era un edificio viejo, con la pared pintada de blanco, 17 pisos, ella vivía en el tercero. Subiría andando, no le gustan los ascensores desde aquella bronca en el hotel durante su primera visita a Nueva York. Un Tercero C con barrotes negros en las ventanas -el único que los tenía, le habían advertido-, era el que estaba buscando. Y seguía lloviendo.

Pasó de largo por dos escaparates, una agencia de viajes, una coqueta librería (de no más de veinte metros cuadrados), y se detuvo en el tercero. Una pastelería. Se apoyó en el cristal como cuando era pequeña en Gijón. Las manos extendidas a la altura de su cara, como si quisiera acariciar lo allí expuesto. La nariz cedía ante la presión de la luna y un círculo de vaho se formó alrededor de su boca. Tras palpar con la mano las monedas que tenía en el bolsillo izquierdo de los vaqueros, se decidió a entrar. El tintineo de unas campanillas sobre su cabeza acompañó su saludo.

-Buenos días- su gesto fue instintivo y su acento mejor que el de hace un par de semanas, cuando llegó de nuevo a Nueva York con la esperanza de que el curso de Juan no se prolongara demasiado y que ella pudiera encontrar un trabajo por horas para entretener la espera y practicar el idioma. Se miró en el espejo que colgaba detrás del mostrador, semioculto entre estanterías blancas, y se peinó el flequillo. La lluvia lo había destrozado, y ayer mismo se había hecho las planchas. Maldita la suerte…

-Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? –era un dependiente joven, guapo, no tanto como Juan, pensé Bea, pero no estaba mal. Rubiejo, con la raya en medio y gafas con montura de cristal. Bata blanca, norma de la casa, y guantes de plástico. “Parece un doctor, y ya tan joven”. – ¿Señorita?

Bea aterrizó de nuevo en la pastelería.

-Sí, perdone.

El rojo anidó en sus mejillas, las manos en los bolsillos del blazier azul. El flequillo aún estaba despeinado.

-Medio kilo de bombones, por favor – dijo mientras intentaba alargar lo más posible su sonrisa con el fin de que sus dientes ocultaran el rubor.
-¿Alguno en especial?
-Pues… no sé – las temblorosas manos de Bea se paseaban ahora por el mostrador de cristal-. Supongo que de chocolate.

El joven se echó a reír. Bea hizo una imperceptible mueca con la boca y después se mordió el labio inferior. La uña de su dedo índice, el de la derecha, comenzó a juguetear con una pegatina amarilla que descansaba a un lado del mostrador acristalado que los separaba.

-Ya. Me refiero a si los quiere con licor, rellenos, trufados…

Bea lo miró aturullada. No terminaba de entenderlo y dudaba tener vocabulario suficiente para contestar. Había entrado en la pastelería por impulso. Simplemente. Sólo porque no quería presentarse ante aquella señora con las manos vacías. Había pensado, en apenas cinco segundos, que una cajita de bombones, además de presentarla correctamente, le ayudaría a iniciar la conversación.

-Si me permite un consejo- el dependiente se aventuró a hablar después de que Bea se rompiera la uña sin conseguir apenas levantar el adhesivo- le recomiendo los bombones almendrados. – Bea le miró a los ojos, aquello prometía –Es una mezcla perfecta de lo dulce y lo amargo, lo suave y lo duro. Lo crujiente…

Estaba coqueteando. Fijo. Bea notó cómo el flequillo apenas se separaba de su frente, cómo una gota de lluvia le resbalaba, a estas alturas, por la mejilla. La recogió con sus manos y se la quedó mirando.

-Ya verá como le gustan – dijo el tendero mientras envolvía los chocolates con un gracioso papel escarlata salpicado de orlas doradas.

-Sí, supongo que sí –replicó Bea mientras se secaba la mano en los pantalones. Cogió el paquete, le dio el dinero, y sus dedos se rozaron menos tiempo del que el joven hubiera deseado. Ella se volvió a mirar en el espejo. Seguía despeinada. Una putada.

***

Ése era el portal. Al entrar un extraño olor se apresuró a salirle al paso. Alitas de pollo, sudor y lavanda, creía adivinar. Subió las escaleras poco a poco, un paquete rojo con ribetes dorados en una mano. La otra, apoyada en la barandilla. Así se sentía más segura.

En la segunda planta una placa presidía una puerta entreabierta. Pequeñas grietas negras horadaban una superficie plateada, carcomida en sus bordes por las dentelladas del tiempo, y que refulgía cuando la luz de la bombilla del pasillo le daba de frente, algo que no ocurría muy a menudo. Judith Longviewer, futuróloga. Bea, sin mostrar siquiera una pizca de curiosidad, pasó de largo. Veinte escalones más. Tenía costumbre de contar los peldaños dos veces, al subir y al bajar, para cerciorarse de que no se había equivocado durante la primera suma. Dieciocho, diecinueve, veinte. Aquel piso estaba completamente oscuro. La ventana apenas permitía que la luz pasara al rellano. Poca gente se detenía en esa planta. Pasaban de largo. Pero allí había tres viviendas. Tercero A, abandonado. La puerta ni tenía cerradura. Hace tres navidades, supo después, un banda de okupas celebró allí su fiesta de fin de año. Ahora ni los okupas pisan por allí. Tercero B. Estuvo habitado por una cincuentona que siempre llevaba las gafas colgando al cuello y que un día, sin dar explicaciones, quitó su nombre del buzón y abandonó el piso, su librería y la ciudad. El Tercero C, el que estaba buscando, era el de los barrotes negros en la ventana.

Junto a la puerta había una pequeña chapa negra, sin nada impreso en ella. En otros tiempos ponía el nombre de sus propietarios. Ya no. Llamó al timbre con la certeza de que si lo hacía no le cabría marcha atrás, de que su destino, Bea sonrió al pensar en la estupidez de esa palabra que tanto le gustaba a Juan, descansaba en un solo dedo, en un solo gesto… Pulsó con la uña rota. ¡Din…! Esperó el don de rigor, en vano. Tomó aire.

Se abrió la puerta con un chirrido estruendoso.

-Hola. ¿Eres Bea? Pasa, pasa. Te estábamos esperado.
-Es que me he entretenido cogiendo unos bombones – le enseñó el paquete a su interlocutor.
-¿Almendrados?
-Sí.
-Buen gusto.
-En realidad yo no he…
-Venga, entra.

Bea siguió a aquellos pantalones grises a través de un interminable corredor. Había poca luz y menos aún en el salón. Apenas sí se distinguía el volumen de los muebles. Apenas sí se percibía el restallar de sus zapatos, el tic tac de un reloj. Apenas sí se escuchaba un pequeño gruñido que procedía de algún lugar impreciso al otro lado de la habitación.

-Ha llegado tu visita-, anunció el señor del pantalón gris.

Bea no sabía exactamente a quién se dirigía. La visita, supuestamente, era ella y no conseguía ver a nadie. ¡Estaba tan oscuro! Las persianas bajadas, las cortinas corridas, se oía el repiquetear de la lluvia en los cuarterones, eso sí se escuchaba, pero nada más dentro de la casa, ni siquiera el eco del tráfico y los gritos esperanzadores de algún vendedor de prensa tres pisos más abajo. Sólo había una luz encendida en una escuadra de la habitación. Se fijó en la lámpara. Simulaba un barco, con mástil pero sin velas. Después dirigió su vista a la esquina opuesta, la más luctuosa de todas. Una sombra canosa descansaba en una mecedora.

-¿Es ella? – musitó Bea mientras señalaba en aquella dirección.

El señor del pantalón gris asintió. Después, hizo un gesto a Bea para que se sentara. Ella palpó con detenimiento la penumbra que se extendía a su alrededor y, al fin, entró en contacto con una silla de mimbre. Se sentó.

-¡Nooo!

Bea se levantó de un respingo, con la respiración entrecortada. Miró a la mujer postrada en la mecedora del rincón. Estaba quieta. Bea suplicó un refugio en la mirada del hombre que tenía enfrente, como si intentara esconderse detrás de sus ojos. Buscaba una explicación, o algo, pero sólo halló una mueca, mezcla de indiferencia y desprecio, por parte del señor del pantalón gris.

-Ya le conté por teléfono que de vez de en cuando…
-Pero yo sólo me intenté sentar en esa silla.
-Lo sé, lo sé. Nadie puede sentarse allí. Nadie desde que Benjamín…

Aunque con dificultad, Bea observó cómo la sombra recortada de aquellos hombros color ceniza se encogían para, a los pocos segundos, volver a su posición natural.

La cabeza de Bea comenzó a dar vueltas. Nunca debía haber elegido esa casa. Tenía mala fama. Cinco voluntarios antes que ella habían huido literalmente de aquel apartamento. Juraban no volver nunca más. Uno de ellos, Jean, francés, decía tener pesadillas todas las noches. Soñaba con aquella sombra canosa, con la lluvia, con sus gritos y, ahora lo entendía, con una silla de mimbre. Ella nunca creyó que aquello fuera para tanto. Entre otras cosas, decidió coger aquella casa para demostrarse a sí misma que era fuerte, que ya no tenía miedo, que hacía años que no corría a las faldas de su madre para matar a los fantasmas, todos ellos ilusiones y ninguno de verdad. Eligió esa casa para certificar que era capaz de aguantarlo todo, en una palabra, que era la mejor del grupo de trabajo en el que apenas llevaba diez días. El señor del traje gris, pantalón y chaqueta, era Anthony, el hijo pequeño de la mujer, un hombre de apariencia normal, oficinista adicto al café y a las sonatas de Arcanuelo Corelli.

-No tengo suficiente tiempo para ella. Además, sé que necesita ayuda, pero yo no sé cómo dársela. He hecho de todo. Paseos, charlas, visitas a museos, a jardines. Hemos ido al cine, incluso a la ópera y a un par de musicales. Le leo libros. El último ese de la mesilla del fondo. Es de un escritor español, como usted. La llevo a la peluquería, porque el pelo le crece muy deprisa, pero ni allí se entretiene, así que a veces se lo tengo que lavar y secar yo en casa. Pero como si nada. Está como, como… - Luis se fijó en que Bea había dejado la caja de bombones en la mesa, la cogió, quitó el papelito encarnado y comió uno –están muy buenos, y encima almendrados.
-Son para ella.
-No te preocupes, no come –él sí. Cogió otro y Bea se inclinó hacia delante. Sin quererlo, su mano se golpeó con la mesa, se clavó una astilla en el dedo de la uña rota.
-¿Qué no come? – se chupó el dedo- ¿Nada de nada?
-No, no… quiero decir que no come dulces. Hace años que no los prueba. Desde el accidente de tren. Aquel día, y me da pena decirlo porque es mi madre, creo que murió para siempre. Al menos tal y como yo la conocía. Ahora no parece ella. Es como si… - bajó el tono de voz y alargó en demasía las eses – como si fuera un espíritu, el fantasma de lo que fue.

Bea no pudo evitar la carcajada. Cuando se dio cuenta de su osadía, se puso la mano en la boca. Sintió el calor en las mejillas, de nuevo.

-No, en serio, de verdad. Se puede pasar horas, que digo horas, días, sin decir nada. Y luego, sin previo aviso, te suelta una interminable perorata sobre que si el canario, un puente sobre no sé que río, una cafetería con un camarero manco. O simplemente se ríe. Ayer mismo, por ejemplo, estuvo quince minutos seguidos, y no exagero, ¿eh? –otro bombón, el tercero- quince minutos con el jajaja en la boca. Y sólo porque le enseñé el hurón que encontré en la calle.

Dirigió su mirada hacia una mesilla de la habitación donde había una pequeña jaula con un animal dentro. Ahora sabía por fin de donde procedían aquellos extraños gruñidos.

-Y luego está Benjamín. También se ríe cuando recuerda a Benjamín. O llora. Cada vez que lo nombra no puede evitar cruzar los dedos. Pero tiene momentos de extraordinaria lucidez, afortunadamente, Las noches que no duerme, sólo habla. Y necesita a alguien que la escuche. Yo vivo a solo dos calles, pero no puedo pasarme todos los días. Ya no. Ahora ya no.

Anthony calló y fue el hurón quien se encargó de cercenar el silencio. Bea miró de reojo hacia la mecedora. Ahora se movía. Y crujía.

-Anthony, me está dando un poco de miedo quedarme sola.
-No, mujer, si es inofensiva. Ya verás qué pronto te haces con ella. Y ella contigo. – El señor del traje gris pegó dos palmaditas a Bea en la rodilla. Los dos se miraron por un momento, luego se evitaron. Bea se fijó en el carillón de la pared. Estaba parado. Ni tan siquiera podía distinguir la hora que marcaba. Estaba tan oscuro…

-Esto está muy oscuro, ¿no?
-Es que está lloviendo.
-Ya, pero quieras que no, si levantas las persianas… Hay una luz muy bonita pese a la lluvia. Y todavía son las cuatro de la tarde. Si es temor, las tormentas tampoco me gustan, pero hoy no hay truenos, ni relámpagos, ni un fuerte viento. ¿Podría levantar…?– Al no recibir respuesta inmediata, Bea se decidió a añadir a la sentencia una coletilla – Vamos, digo yo.
-No, no, no. Cuando llueve, las persianas siempre bajadas.
-Pero, ¿por qué?

Anthony se volvió a encoger de hombros. Otro bombón.

Bea nunca llegó a pensar que echaría tanto de menos aquellos pantalones grises, aquella camisa azul, que le dolería tanto no oír esa voz de barítono desentrenado. Estaba sola. Bueno, con ella. Pero ni tan siquiera le veía la cara. No era más que una sombra tortuosa que se balanceaba con ritmo pausado al compás que marcaban los golpes de lluvia en los cristales. Se sentó en el lugar donde hasta ese momento había estado Anthony y se encogió. Se acurrucó junto a uno de los brazos del sofá, abrazó un cojín y comenzó a moverse, como si ella también estuviera descansando en un balancín. A duras penas, veía como una mata de cabellos plateados efectuaban un mismo recorrido, no muy largo, pero siempre el mismo. Delante, detrás, delante, detrás, delante…

Parecía estar muerta, como si se moviera a base de resortes y no por iniciativa de sus piernas. Por más que lo intentaba, no consiguió oírle respirar. Tan solo ese gruñido. Siempre el gruñido. Pero ella no. Ni un roce en el vestido, ni un movimiento de reacomodo, ni un gemido, quejido, amago, susurro, llanto… algo. Pero nada. Sólo se oía ese lamento animal y, encerrado el ruido entre algodones, el chirriar de una mecedora y la lluvia de fuera. ¿Habría muerto? La muerte, creía Bea, tendría que ser algo así, una sombra oscura, oscurísima, con el pelo lacio, blanco, en silencio, temerosa de ser descubierta. El crujir de la mecedora no era el ruido de la muerte. Eran los gritos de los seres enlutados, los que perdían un padre, una madre, un amigo… un hijo. La muerte no era más que eso, apuntó en su mente, una vieja quieta que, de repente, sin previo aviso, comenzaba una ruta concreta, sin demasiado recorrido, siempre el mismo. Como una noria marchita de Coney Island en la que, tarde o temprano -ya con el billete en la mano, ése que compras nada más entrar en la feria-, tienes que montarte, aunque no estés preparado, si no es en este viaje será en el siguiente, si no en la ida, sí en la vuelta… Acaso el hombre –no podía parar- no sea más que uno de esos cabellos blanquecinos, ya no grises, que decoran la testa de la muerte. Y el pelo de esa vieja no dejaba de crecer, cada vez más y más largo. No habría peluquero que lo pudiera cortar. Bea se estremeció. Miró el paquete de bombones que estaba sobre la mesa. Vacío. Le pesaban los ojos, le dolía la cabeza, migraña crónica le había dicho el médico en Gijón, tenía frío y un almohadón entre sus manos. Tan suave…

Sonó el teléfono y Bea se sobresaltó. Después de cinco timbrazos se decidió a cogerlo.
-¿Sí?
-Hola Anthony. Esta noche, cuando lo vuelvas a leer, no olvides cambiar…
-Anthony no está. ¿Quién le llama?
-Soy Juan Geil. ¿Quién es usted?
Bea colgó. Las nubes seguían escupiendo más allá de los barrotes. El cojín quemaba en sus brazos. La mecedora paró de repente. Y Bea comenzó a atar cabos.

 


Víctor Vela
Periodista


Olaya Pazos
Ilustradora