
Olaya Pazos
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Cuando
Bea salió de las fauces del metro, línea cuatro, la
verde, desde su hostal de de Jerome Avenue hasta el corazón
de la ciudad, comenzó a llover. Su novio tenía razón,
debería haber cogido un taxi. Demasiado tarde. Además,
a ella no le gustaban los taxis. No entendía a los taxistas
de Nueva York, con su acento pakistaní. Tampoco aguantaba a
esos conductores latinos sabihondos con la garganta pasada de revoluciones
y la radio de decibelios. No soportaba que el taxímetro no
se tomara un respiro y que a la hora de pagar nunca hubiera cambio.
Odiaba aquella emisora ultrarreligosa que llevaban algunos chóferes
negros. Siempre la había odiado. Y estaba hasta las narices
de que los conductores, la mayoría, con independencia de su
nacionalidad, no dejaran de mirarle el escote y, si el retrovisor
lo permitía, también las piernas. “Una ya no sabe
cómo salir a la calle”. Y además, aborrecía
ir en taxi en un día de lluvia. Otro más.
La ciudad se ponía horrible en tardes así, aunque
fuera domingo. Las calles se llenaban de incómodos paraguas,
las esperas en los semáforos se hacían mucho más
largas y había más coches, más todavía.
Y más atascos, más ruido de cláxones, más
motores encendidos y más conversaciones intrascendentes sobre
el tiempo. Y eso que hoy parecía un día distinto a
los demás, porque el gris perla de las nubes le daba a esa
zona de la ciudad un tinte extrañamente luminoso.
Bea cerró el periódico que había estado leyendo
durante el trayecto en metro. Al salir de la estación tiró
en la primera papelera que encontró esa colección
de tinta y papel donde contaban la historia, vaya historia, del
hombre asesinado ayer, cuatro tiros a bocajarro, a tan solo unos
metros de allí y bajo la mayor tormenta que la ciudad recordaba
en años. Sólo con pensarlo aceleró el paso.
Aún le quedaban un par de manzanas para llegar a la casa.
No tenía claro el nombre de la calle, pero sí que
era un edificio viejo, con la pared pintada de blanco, 17 pisos,
ella vivía en el tercero. Subiría andando, no le gustan
los ascensores desde aquella bronca en el hotel durante su primera
visita a Nueva York. Un Tercero C con barrotes negros en las ventanas
-el único que los tenía, le habían advertido-,
era el que estaba buscando. Y seguía lloviendo.
Pasó de largo por dos escaparates, una agencia de viajes,
una coqueta librería (de no más de veinte metros cuadrados),
y se detuvo en el tercero. Una pastelería. Se apoyó
en el cristal como cuando era pequeña en Gijón. Las
manos extendidas a la altura de su cara, como si quisiera acariciar
lo allí expuesto. La nariz cedía ante la presión
de la luna y un círculo de vaho se formó alrededor
de su boca. Tras palpar con la mano las monedas que tenía
en el bolsillo izquierdo de los vaqueros, se decidió a entrar.
El tintineo de unas campanillas sobre su cabeza acompañó
su saludo.
-Buenos días- su gesto fue instintivo y su acento mejor
que el de hace un par de semanas, cuando llegó de nuevo a
Nueva York con la esperanza de que el curso de Juan no se prolongara
demasiado y que ella pudiera encontrar un trabajo por horas para
entretener la espera y practicar el idioma. Se miró en el
espejo que colgaba detrás del mostrador, semioculto entre
estanterías blancas, y se peinó el flequillo. La lluvia
lo había destrozado, y ayer mismo se había hecho las
planchas. Maldita la suerte…
-Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? –era
un dependiente joven, guapo, no tanto como Juan, pensé Bea,
pero no estaba mal. Rubiejo, con la raya en medio y gafas con montura
de cristal. Bata blanca, norma de la casa, y guantes de plástico.
“Parece un doctor, y ya tan joven”. – ¿Señorita?
Bea aterrizó de nuevo en la pastelería.
-Sí, perdone.
El rojo anidó en sus mejillas, las manos en los bolsillos
del blazier azul. El flequillo aún estaba despeinado.
-Medio kilo de bombones, por favor – dijo mientras intentaba
alargar lo más posible su sonrisa con el fin de que sus dientes
ocultaran el rubor.
-¿Alguno en especial?
-Pues… no sé – las temblorosas manos de Bea se
paseaban ahora por el mostrador de cristal-. Supongo que de chocolate.
El joven se echó a reír. Bea hizo una imperceptible
mueca con la boca y después se mordió el labio inferior.
La uña de su dedo índice, el de la derecha, comenzó
a juguetear con una pegatina amarilla que descansaba a un lado del
mostrador acristalado que los separaba.
-Ya. Me refiero a si los quiere con licor, rellenos, trufados…
Bea lo miró aturullada. No terminaba de entenderlo y dudaba
tener vocabulario suficiente para contestar. Había entrado
en la pastelería por impulso. Simplemente. Sólo porque
no quería presentarse ante aquella señora con las
manos vacías. Había pensado, en apenas cinco segundos,
que una cajita de bombones, además de presentarla correctamente,
le ayudaría a iniciar la conversación.
-Si me permite un consejo- el dependiente se aventuró a
hablar después de que Bea se rompiera la uña sin conseguir
apenas levantar el adhesivo- le recomiendo los bombones almendrados.
– Bea le miró a los ojos, aquello prometía –Es
una mezcla perfecta de lo dulce y lo amargo, lo suave y lo duro.
Lo crujiente…
Estaba coqueteando. Fijo. Bea notó cómo el flequillo
apenas se separaba de su frente, cómo una gota de lluvia
le resbalaba, a estas alturas, por la mejilla. La recogió
con sus manos y se la quedó mirando.
-Ya verá como le gustan – dijo el tendero mientras
envolvía los chocolates con un gracioso papel escarlata salpicado
de orlas doradas.
-Sí, supongo que sí –replicó Bea mientras
se secaba la mano en los pantalones. Cogió el paquete, le
dio el dinero, y sus dedos se rozaron menos tiempo del que el joven
hubiera deseado. Ella se volvió a mirar en el espejo. Seguía
despeinada. Una putada.
***
Ése era el portal. Al entrar un extraño olor se apresuró
a salirle al paso. Alitas de pollo, sudor y lavanda, creía
adivinar. Subió las escaleras poco a poco, un paquete rojo
con ribetes dorados en una mano. La otra, apoyada en la barandilla.
Así se sentía más segura.
En la segunda planta una placa presidía una puerta entreabierta.
Pequeñas grietas negras horadaban una superficie plateada,
carcomida en sus bordes por las dentelladas del tiempo, y que refulgía
cuando la luz de la bombilla del pasillo le daba de frente, algo
que no ocurría muy a menudo. Judith Longviewer, futuróloga.
Bea, sin mostrar siquiera una pizca de curiosidad, pasó de
largo. Veinte escalones más. Tenía costumbre de contar
los peldaños dos veces, al subir y al bajar, para cerciorarse
de que no se había equivocado durante la primera suma. Dieciocho,
diecinueve, veinte. Aquel piso estaba completamente oscuro. La ventana
apenas permitía que la luz pasara al rellano. Poca gente
se detenía en esa planta. Pasaban de largo. Pero allí
había tres viviendas. Tercero A, abandonado. La puerta ni
tenía cerradura. Hace tres navidades, supo después,
un banda de okupas celebró allí su fiesta de fin de
año. Ahora ni los okupas pisan por allí. Tercero B.
Estuvo habitado por una cincuentona que siempre llevaba las gafas
colgando al cuello y que un día, sin dar explicaciones, quitó
su nombre del buzón y abandonó el piso, su librería
y la ciudad. El Tercero C, el que estaba buscando, era el de los
barrotes negros en la ventana.
Junto a la puerta había una pequeña chapa negra,
sin nada impreso en ella. En otros tiempos ponía el nombre
de sus propietarios. Ya no. Llamó al timbre con la certeza
de que si lo hacía no le cabría marcha atrás,
de que su destino, Bea sonrió al pensar en la estupidez de
esa palabra que tanto le gustaba a Juan, descansaba en un solo dedo,
en un solo gesto… Pulsó con la uña rota. ¡Din…!
Esperó el don de rigor, en vano. Tomó aire.
Se abrió la puerta con un chirrido estruendoso.
-Hola. ¿Eres Bea? Pasa, pasa. Te estábamos esperado.
-Es que me he entretenido cogiendo unos bombones – le enseñó
el paquete a su interlocutor.
-¿Almendrados?
-Sí.
-Buen gusto.
-En realidad yo no he…
-Venga, entra.
Bea siguió a aquellos pantalones grises a través
de un interminable corredor. Había poca luz y menos aún
en el salón. Apenas sí se distinguía el volumen
de los muebles. Apenas sí se percibía el restallar
de sus zapatos, el tic tac de un reloj. Apenas sí se escuchaba
un pequeño gruñido que procedía de algún
lugar impreciso al otro lado de la habitación.
-Ha llegado tu visita-, anunció el señor del pantalón
gris.
Bea no sabía exactamente a quién se dirigía.
La visita, supuestamente, era ella y no conseguía ver a nadie.
¡Estaba tan oscuro! Las persianas bajadas, las cortinas corridas,
se oía el repiquetear de la lluvia en los cuarterones, eso
sí se escuchaba, pero nada más dentro de la casa,
ni siquiera el eco del tráfico y los gritos esperanzadores
de algún vendedor de prensa tres pisos más abajo.
Sólo había una luz encendida en una escuadra de la
habitación. Se fijó en la lámpara. Simulaba
un barco, con mástil pero sin velas. Después dirigió
su vista a la esquina opuesta, la más luctuosa de todas.
Una sombra canosa descansaba en una mecedora.
-¿Es ella? – musitó Bea mientras señalaba
en aquella dirección.
El señor del pantalón gris asintió. Después,
hizo un gesto a Bea para que se sentara. Ella palpó con detenimiento
la penumbra que se extendía a su alrededor y, al fin, entró
en contacto con una silla de mimbre. Se sentó.
-¡Nooo!
Bea se levantó de un respingo, con la respiración
entrecortada. Miró a la mujer postrada en la mecedora del
rincón. Estaba quieta. Bea suplicó un refugio en la
mirada del hombre que tenía enfrente, como si intentara esconderse
detrás de sus ojos. Buscaba una explicación, o algo,
pero sólo halló una mueca, mezcla de indiferencia
y desprecio, por parte del señor del pantalón gris.
-Ya le conté por teléfono que de vez de en cuando…
-Pero yo sólo me intenté sentar en esa silla.
-Lo sé, lo sé. Nadie puede sentarse allí. Nadie
desde que Benjamín…
Aunque con dificultad, Bea observó cómo la sombra
recortada de aquellos hombros color ceniza se encogían para,
a los pocos segundos, volver a su posición natural.
La cabeza de Bea comenzó a dar vueltas. Nunca debía
haber elegido esa casa. Tenía mala fama. Cinco voluntarios
antes que ella habían huido literalmente de aquel apartamento.
Juraban no volver nunca más. Uno de ellos, Jean, francés,
decía tener pesadillas todas las noches. Soñaba con
aquella sombra canosa, con la lluvia, con sus gritos y, ahora lo
entendía, con una silla de mimbre. Ella nunca creyó
que aquello fuera para tanto. Entre otras cosas, decidió
coger aquella casa para demostrarse a sí misma que era fuerte,
que ya no tenía miedo, que hacía años que no
corría a las faldas de su madre para matar a los fantasmas,
todos ellos ilusiones y ninguno de verdad. Eligió esa casa
para certificar que era capaz de aguantarlo todo, en una palabra,
que era la mejor del grupo de trabajo en el que apenas llevaba diez
días. El señor del traje gris, pantalón y chaqueta,
era Anthony, el hijo pequeño de la mujer, un hombre de apariencia
normal, oficinista adicto al café y a las sonatas de Arcanuelo
Corelli.
-No tengo suficiente tiempo para ella. Además, sé
que necesita ayuda, pero yo no sé cómo dársela.
He hecho de todo. Paseos, charlas, visitas a museos, a jardines.
Hemos ido al cine, incluso a la ópera y a un par de musicales.
Le leo libros. El último ese de la mesilla del fondo. Es
de un escritor español, como usted. La llevo a la peluquería,
porque el pelo le crece muy deprisa, pero ni allí se entretiene,
así que a veces se lo tengo que lavar y secar yo en casa.
Pero como si nada. Está como, como… - Luis se fijó
en que Bea había dejado la caja de bombones en la mesa, la
cogió, quitó el papelito encarnado y comió
uno –están muy buenos, y encima almendrados.
-Son para ella.
-No te preocupes, no come –él sí. Cogió
otro y Bea se inclinó hacia delante. Sin quererlo, su mano
se golpeó con la mesa, se clavó una astilla en el
dedo de la uña rota.
-¿Qué no come? – se chupó el dedo- ¿Nada
de nada?
-No, no… quiero decir que no come dulces. Hace años
que no los prueba. Desde el accidente de tren. Aquel día,
y me da pena decirlo porque es mi madre, creo que murió para
siempre. Al menos tal y como yo la conocía. Ahora no parece
ella. Es como si… - bajó el tono de voz y alargó
en demasía las eses – como si fuera un espíritu,
el fantasma de lo que fue.
Bea no pudo evitar la carcajada. Cuando se dio cuenta de su osadía,
se puso la mano en la boca. Sintió el calor en las mejillas,
de nuevo.
-No, en serio, de verdad. Se puede pasar horas, que digo horas,
días, sin decir nada. Y luego, sin previo aviso, te suelta
una interminable perorata sobre que si el canario, un puente sobre
no sé que río, una cafetería con un camarero
manco. O simplemente se ríe. Ayer mismo, por ejemplo, estuvo
quince minutos seguidos, y no exagero, ¿eh? –otro bombón,
el tercero- quince minutos con el jajaja en la boca. Y sólo
porque le enseñé el hurón que encontré
en la calle.
Dirigió su mirada hacia una mesilla de la habitación
donde había una pequeña jaula con un animal dentro.
Ahora sabía por fin de donde procedían aquellos extraños
gruñidos.
-Y luego está Benjamín. También se ríe
cuando recuerda a Benjamín. O llora. Cada vez que lo nombra
no puede evitar cruzar los dedos. Pero tiene momentos de extraordinaria
lucidez, afortunadamente, Las noches que no duerme, sólo
habla. Y necesita a alguien que la escuche. Yo vivo a solo dos calles,
pero no puedo pasarme todos los días. Ya no. Ahora ya no.
Anthony calló y fue el hurón quien se encargó
de cercenar el silencio. Bea miró de reojo hacia la mecedora.
Ahora se movía. Y crujía.
-Anthony, me está dando un poco de miedo quedarme sola.
-No, mujer, si es inofensiva. Ya verás qué pronto
te haces con ella. Y ella contigo. – El señor del traje
gris pegó dos palmaditas a Bea en la rodilla. Los dos se
miraron por un momento, luego se evitaron. Bea se fijó en
el carillón de la pared. Estaba parado. Ni tan siquiera podía
distinguir la hora que marcaba. Estaba tan oscuro…
-Esto está muy oscuro, ¿no?
-Es que está lloviendo.
-Ya, pero quieras que no, si levantas las persianas… Hay una
luz muy bonita pese a la lluvia. Y todavía son las cuatro
de la tarde. Si es temor, las tormentas tampoco me gustan, pero
hoy no hay truenos, ni relámpagos, ni un fuerte viento. ¿Podría
levantar…?– Al no recibir respuesta inmediata, Bea se
decidió a añadir a la sentencia una coletilla –
Vamos, digo yo.
-No, no, no. Cuando llueve, las persianas siempre bajadas.
-Pero, ¿por qué?
Anthony se volvió a encoger de hombros. Otro bombón.
Bea nunca llegó a pensar que echaría tanto de menos
aquellos pantalones grises, aquella camisa azul, que le dolería
tanto no oír esa voz de barítono desentrenado. Estaba
sola. Bueno, con ella. Pero ni tan siquiera le veía la cara.
No era más que una sombra tortuosa que se balanceaba con
ritmo pausado al compás que marcaban los golpes de lluvia
en los cristales. Se sentó en el lugar donde hasta ese momento
había estado Anthony y se encogió. Se acurrucó
junto a uno de los brazos del sofá, abrazó un cojín
y comenzó a moverse, como si ella también estuviera
descansando en un balancín. A duras penas, veía como
una mata de cabellos plateados efectuaban un mismo recorrido, no
muy largo, pero siempre el mismo. Delante, detrás, delante,
detrás, delante…
Parecía estar muerta, como si se moviera a base de resortes
y no por iniciativa de sus piernas. Por más que lo intentaba,
no consiguió oírle respirar. Tan solo ese gruñido.
Siempre el gruñido. Pero ella no. Ni un roce en el vestido,
ni un movimiento de reacomodo, ni un gemido, quejido, amago, susurro,
llanto… algo. Pero nada. Sólo se oía ese lamento
animal y, encerrado el ruido entre algodones, el chirriar de una
mecedora y la lluvia de fuera. ¿Habría muerto? La
muerte, creía Bea, tendría que ser algo así,
una sombra oscura, oscurísima, con el pelo lacio, blanco,
en silencio, temerosa de ser descubierta. El crujir de la mecedora
no era el ruido de la muerte. Eran los gritos de los seres enlutados,
los que perdían un padre, una madre, un amigo… un hijo.
La muerte no era más que eso, apuntó en su mente,
una vieja quieta que, de repente, sin previo aviso, comenzaba una
ruta concreta, sin demasiado recorrido, siempre el mismo. Como una
noria marchita de Coney Island en la que, tarde o temprano -ya con
el billete en la mano, ése que compras nada más entrar
en la feria-, tienes que montarte, aunque no estés preparado,
si no es en este viaje será en el siguiente, si no en la
ida, sí en la vuelta… Acaso el hombre –no podía
parar- no sea más que uno de esos cabellos blanquecinos,
ya no grises, que decoran la testa de la muerte. Y el pelo de esa
vieja no dejaba de crecer, cada vez más y más largo.
No habría peluquero que lo pudiera cortar. Bea se estremeció.
Miró el paquete de bombones que estaba sobre la mesa. Vacío.
Le pesaban los ojos, le dolía la cabeza, migraña crónica
le había dicho el médico en Gijón, tenía
frío y un almohadón entre sus manos. Tan suave…
Sonó el teléfono y Bea se sobresaltó. Después
de cinco timbrazos se decidió a cogerlo.
-¿Sí?
-Hola Anthony. Esta noche, cuando lo vuelvas a leer, no olvides
cambiar…
-Anthony no está. ¿Quién le llama?
-Soy Juan Geil. ¿Quién es usted?
Bea colgó. Las nubes seguían escupiendo más
allá de los barrotes. El cojín quemaba en sus brazos.
La mecedora paró de repente. Y Bea comenzó a atar
cabos.
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