Una historia escrita a seis manos y un pincel
VI. JUAN Y BEA
por Nacho Serrano y Olaya Pazos
 

Olaya Pazos

Juan Geil todavía creía en el poder de los libros. Quizás por eso les daba clase de literatura a las adolescentes del colegio Santo Ángel, junto a la iglesia de San Pedro y la escalera 2 de la playa de San Lorenzo, en Gijón. Por una parte, estando como estaban las cosas, recién salido de la facultad y sin más ofertas que valorar, aceptar el puesto era cuestión de lógica. Por otra, se sentía tan arropado por las historias que se relataban en los libros que sabía de sobra que nada podía salirle mal en el aula. Sí. Creía en el poder de los libros.

Fue el sustituto de la señorita Palacios (conocida entre las alumnas como la ‘Palas’) durante todo aquel curso. Una baja laboral por depresión fue lo que le brindó a Juan Geil la oportunidad de enfrentarse a la docencia; en el colegio, sin embargo, se murmuraba que la depresión de la Palas no era más que una menopausia galopante, un marido putero y un hijo medio yonqui. Fuese como fuese, Juan Geil se convirtió en el nuevo profesor de literatura de tercero de BUP.

Algunos amigos habían bromeado con la típica tontería del profesor fatal:
–Ten cuidado Juanito –repetía Alberto, –que a esas edades todavía es delito y tú las vuelves locas.

En cierto modo tenía razón. Juan no era un tipo feo, algunas dirían incluso que guapo. Sobre todo era atractivo y nunca pasaba desapercibido. Su trato amable, el brillo de la ilusión en los ojos, su aire de distraído inteligente o su pasión recatada eran el tipo de cosas que le hacían bastante irresistible. Sus clases pasaban casi tan rápido como las historias que en ellas contaba. Dumas, Steinbeck, Dostoievski, Dante, Cervantes y otros se deslizaban en sus labios al tiempo que explicaba lecciones para la vida misma. Por eso se enamoró Bea, porque ese profesor nuevo significaba para ella la vida misma.

Cuando uno tiene 17 años le parece que casi todo es posible y por eso Beatriz Costales, la número 22 de la clase, no se amilanaba nunca y tan pronto como conoció a Juan Geil supo que un día amanecería abrazada a él. La primera vez que hablaron fuera del aula fue por casualidad. Una tarde de mayo, al salir del colegio de monjas subió con Marga al barrio de Cimadevilla en busca del refugio en el que fumarse un cigarrillo a escondidas. Al pasar por la plaza de la Corrada le vio a través de las ventanas de un bar. Estaba sentado y miraba al infinito, con un bolígrafo en la mano y unas cuartillas en blanco a su lado, junto a la taza de café humeante. No quería levantar sospechas en su amiga así que, aunque ya había decidido que entraría a hablar con él, tuvo que esperar a fumarse el cigarrillo más largo de su vida mientras trataba de disimular el nerviosismo. Marga hablaba de un montón de cosas que a Bea le importaban lo justo porque intentaba hilar mentalmente la conversación que luego mantendría con su profesor en ese bar.

***

Juan la vio entrar y no le hizo gracia sentirse descubierto. Solía ir allí a pensar, a escribir, a leer o simplemente a ver pasar el mundo al otro lado de la ventana. Aunque pudiese parecer maniático, tener gente conocida alrededor convertía aquel instante de placer cotidiano en un fastidio. Primero trató de hacerse el tonto y fingir que no la había visto, pero en menos de diez segundos Bea le daba las buenas tardes desde el otro lado de la mesa.
–¡Vaya! Que sorpresa –fingió.
¬–Te he visto desde la calle y quería saludar.
El silencio se hizo tan apabullante que cualquiera se hubiese sentido incómodo, pero la alumna, lejos de ruborizarse acercó un taburete y se sentó a la mesa.
–¿Qué haces? –dijo mientras dirigía la mirada a las cuartillas en blanco.
Juan titubeó antes de contestar.
–Nada… Estaba intentando escribir alguna cosa, pero no tengo una buena tarde.
Una camarera se acercó a la mesa y le preguntó a Bea si quería tomar algo. Pidió una cocacola.
–Tiene que ser Pepsi –advirtió la chica.
–Me vale igual –y volvió a mirar a Juan. –¿También eres escritor?
–No, no, es sólo un hobby, una distracción.

Siempre podía alegar que era de natural tímido y algo taciturno, pero lo que a Juan le pasaba en realidad era que sentía al menos veinte miradas fijas en su mesa y en la extraña pareja que hacían la chica del uniforme y el profesor de literatura; también oía en su cabeza las tonterías que Alberto cacareaba. Bea, sin embargo, parecía mucho más suelta, más en su terreno. Mascaba chicle para disimular el olor del tabaco recién fumado y llevaba el uniforme del colegio con más gracia que cuando estaba en rodeada de monjas.
–Por cierto –volvió a hablar, –quería decirte que ya he terminado con La Historia Interminable. Reconozco que era verdad lo que decías y sí que se me pusieron los pelos de punta.
–¿En serio? ¿Te ha gustado? –se sorprendió el profesor.
–Había un momento… ¡El Viejo de la Montaña Errante! Eso. Cuando el viejo escribe lo que pasa mientras está pasando, todo eso de “¿dónde está ese libro? En el libro. ¿Recuerdas? –Juan asentía un poco alucinado. –Pues me ha puesto los pelos de punta.

Juan Geil adoraba La Historia Interminable. Ese libro le había convertido en profesor de literatura y en escritor novel. Aunque no entraba en el programa escolar del curso, había recomendado encarecidamente a sus alumnas la lectura de la novela como un ejercicio para entender qué tipo de amor podía llegar a suscitar un libro. A esas alturas del curso Juan no tenía ninguna duda de que sus palabras habían caído irremediablemente en saco roto, por eso cuando Bea le dijo aquello sintió que algo dentro de él se hinchaba de golpe: orgullo. Y el corazón empezó a latirle con rapidez.

Sin embargo Bea, enamorada o no, decía la verdad. A veces el amor es la meta y a veces es sólo el camino. Ella seguía los consejos de su profesor al pie de la letra. Al principio porque alimentaba sus sueños; al final, porque además de guapo, aquel profesor no le había engañado y era verdad que se podían sentir escalofríos mientras pasabas la páginas de aquellos libros.

***

Aquella tarde Juan le pagó la Pepsi a Bea. Un mes más después se acabó el curso y durante el verano los encuentros vespertinos en el café de La Corrada ya no eran fortuitos. En septiembre, la Palas volvió a su puesto de trabajo curada de la depresión, y aunque el colegio Santo Ángel perdió a su mejor profesor de literatura en décadas, las letras universales ganaron un autor llamado a marcar un antes y un después en su devenir.

El primer beso llegó antes de que Bea cumpliese la mayoría de edad pero para entonces ya no importaba demasiado. Sólo se querían y por momentos se sentían indestructibles. Ella le llamaba en broma Humbert Humbert y él se enfadaba mientras reía y dejaba claro que Lolita tenía 13, y no 17.
–…y tú, además, eres mucho más bonita.

Una tarde del siguiente otoño, mirando al cantábrico, como muchas otras veces, desde los bajos del cerro de Santa Catalina, Juan Geil miró a su novia con infinita ternura y le susurró una pregunta inocente:
–¿Qué es para ti la felicidad?
Bea le sonrió, después le dio un beso y por fin dejó caer una respuesta:
¬–Lo sabes de sobra.

Y lo dijo sin ser conciente en absoluto de que aquellas cuatro palabras iban a cambiar sus vidas para siempre.

 


Nacho Serrano
Periodista


Olaya Pazos
Ilustradora