
Olaya Pazos
|
Juan
Geil todavía creía en el poder de los libros. Quizás
por eso les daba clase de literatura a las adolescentes del colegio
Santo Ángel, junto a la iglesia de San Pedro y la escalera
2 de la playa de San Lorenzo, en Gijón. Por una parte, estando
como estaban las cosas, recién salido de la facultad y sin
más ofertas que valorar, aceptar el puesto era cuestión
de lógica. Por otra, se sentía tan arropado por las
historias que se relataban en los libros que sabía de sobra
que nada podía salirle mal en el aula. Sí. Creía
en el poder de los libros.
Fue el sustituto de la señorita Palacios (conocida entre
las alumnas como la ‘Palas’) durante todo aquel curso.
Una baja laboral por depresión fue lo que le brindó
a Juan Geil la oportunidad de enfrentarse a la docencia; en el colegio,
sin embargo, se murmuraba que la depresión de la Palas no
era más que una menopausia galopante, un marido putero y
un hijo medio yonqui. Fuese como fuese, Juan Geil se convirtió
en el nuevo profesor de literatura de tercero de BUP.
Algunos amigos habían bromeado con la típica tontería
del profesor fatal:
–Ten cuidado Juanito –repetía Alberto, –que
a esas edades todavía es delito y tú las vuelves locas.
En cierto modo tenía razón. Juan no era un tipo feo,
algunas dirían incluso que guapo. Sobre todo era atractivo
y nunca pasaba desapercibido. Su trato amable, el brillo de la ilusión
en los ojos, su aire de distraído inteligente o su pasión
recatada eran el tipo de cosas que le hacían bastante irresistible.
Sus clases pasaban casi tan rápido como las historias que
en ellas contaba. Dumas, Steinbeck, Dostoievski, Dante, Cervantes
y otros se deslizaban en sus labios al tiempo que explicaba lecciones
para la vida misma. Por eso se enamoró Bea, porque ese profesor
nuevo significaba para ella la vida misma.
Cuando uno tiene 17 años le parece que casi todo es posible
y por eso Beatriz Costales, la número 22 de la clase, no
se amilanaba nunca y tan pronto como conoció a Juan Geil
supo que un día amanecería abrazada a él. La
primera vez que hablaron fuera del aula fue por casualidad. Una
tarde de mayo, al salir del colegio de monjas subió con Marga
al barrio de Cimadevilla en busca del refugio en el que fumarse
un cigarrillo a escondidas. Al pasar por la plaza de la Corrada
le vio a través de las ventanas de un bar. Estaba sentado
y miraba al infinito, con un bolígrafo en la mano y unas
cuartillas en blanco a su lado, junto a la taza de café humeante.
No quería levantar sospechas en su amiga así que,
aunque ya había decidido que entraría a hablar con
él, tuvo que esperar a fumarse el cigarrillo más largo
de su vida mientras trataba de disimular el nerviosismo. Marga hablaba
de un montón de cosas que a Bea le importaban lo justo porque
intentaba hilar mentalmente la conversación que luego mantendría
con su profesor en ese bar.
***
Juan la vio entrar y no le hizo gracia sentirse descubierto. Solía
ir allí a pensar, a escribir, a leer o simplemente a ver
pasar el mundo al otro lado de la ventana. Aunque pudiese parecer
maniático, tener gente conocida alrededor convertía
aquel instante de placer cotidiano en un fastidio. Primero trató
de hacerse el tonto y fingir que no la había visto, pero
en menos de diez segundos Bea le daba las buenas tardes desde el
otro lado de la mesa.
–¡Vaya! Que sorpresa –fingió.
¬–Te he visto desde la calle y quería saludar.
El silencio se hizo tan apabullante que cualquiera se hubiese sentido
incómodo, pero la alumna, lejos de ruborizarse acercó
un taburete y se sentó a la mesa.
–¿Qué haces? –dijo mientras dirigía
la mirada a las cuartillas en blanco.
Juan titubeó antes de contestar.
–Nada… Estaba intentando escribir alguna cosa, pero
no tengo una buena tarde.
Una camarera se acercó a la mesa y le preguntó a Bea
si quería tomar algo. Pidió una cocacola.
–Tiene que ser Pepsi –advirtió la chica.
–Me vale igual –y volvió a mirar a Juan. –¿También
eres escritor?
–No, no, es sólo un hobby, una distracción.
Siempre podía alegar que era de natural tímido y
algo taciturno, pero lo que a Juan le pasaba en realidad era que
sentía al menos veinte miradas fijas en su mesa y en la extraña
pareja que hacían la chica del uniforme y el profesor de
literatura; también oía en su cabeza las tonterías
que Alberto cacareaba. Bea, sin embargo, parecía mucho más
suelta, más en su terreno. Mascaba chicle para disimular
el olor del tabaco recién fumado y llevaba el uniforme del
colegio con más gracia que cuando estaba en rodeada de monjas.
–Por cierto –volvió a hablar, –quería
decirte que ya he terminado con La Historia Interminable. Reconozco
que era verdad lo que decías y sí que se me pusieron
los pelos de punta.
–¿En serio? ¿Te ha gustado? –se sorprendió
el profesor.
–Había un momento… ¡El Viejo de la Montaña
Errante! Eso. Cuando el viejo escribe lo que pasa mientras está
pasando, todo eso de “¿dónde está ese
libro? En el libro. ¿Recuerdas? –Juan asentía
un poco alucinado. –Pues me ha puesto los pelos de punta.
Juan Geil adoraba La Historia Interminable. Ese libro le había
convertido en profesor de literatura y en escritor novel. Aunque
no entraba en el programa escolar del curso, había recomendado
encarecidamente a sus alumnas la lectura de la novela como un ejercicio
para entender qué tipo de amor podía llegar a suscitar
un libro. A esas alturas del curso Juan no tenía ninguna
duda de que sus palabras habían caído irremediablemente
en saco roto, por eso cuando Bea le dijo aquello sintió que
algo dentro de él se hinchaba de golpe: orgullo. Y el corazón
empezó a latirle con rapidez.
Sin embargo Bea, enamorada o no, decía la verdad. A veces
el amor es la meta y a veces es sólo el camino. Ella seguía
los consejos de su profesor al pie de la letra. Al principio porque
alimentaba sus sueños; al final, porque además de
guapo, aquel profesor no le había engañado y era verdad
que se podían sentir escalofríos mientras pasabas
la páginas de aquellos libros.
***
Aquella tarde Juan le pagó la Pepsi a Bea. Un mes más
después se acabó el curso y durante el verano los
encuentros vespertinos en el café de La Corrada ya no eran
fortuitos. En septiembre, la Palas volvió a su puesto de
trabajo curada de la depresión, y aunque el colegio Santo
Ángel perdió a su mejor profesor de literatura en
décadas, las letras universales ganaron un autor llamado
a marcar un antes y un después en su devenir.
El primer beso llegó antes de que Bea cumpliese la mayoría
de edad pero para entonces ya no importaba demasiado. Sólo
se querían y por momentos se sentían indestructibles.
Ella le llamaba en broma Humbert Humbert y él se enfadaba
mientras reía y dejaba claro que Lolita tenía 13,
y no 17.
–…y tú, además, eres mucho más
bonita.
Una tarde del siguiente otoño, mirando al cantábrico,
como muchas otras veces, desde los bajos del cerro de Santa Catalina,
Juan Geil miró a su novia con infinita ternura y le susurró
una pregunta inocente:
–¿Qué es para ti la felicidad?
Bea le sonrió, después le dio un beso y por fin dejó
caer una respuesta:
¬–Lo sabes de sobra.
Y lo dijo sin ser conciente en absoluto de que aquellas cuatro
palabras iban a cambiar sus vidas para siempre.
|