Una historia escrita a seis manos y un pincel
VII. EL CORTE DE PELO
por David Barreiro y Olaya Pazos
 

Olaya Pazos

Nadie sabe cómo sucedió, cual fue el engranaje de piezas, la alineación planetaria, el ajuste de sistemas que permitieron que la realidad tal y como la concebimos, con sus dimensiones temporal y espacial, con su lógica ligada a las baldosas de la existencia, pudiera fusionarse con el universo paralelo, distante y contrario que habita en la mente de un tipo no cualquiera sino único, el de ese sempiterno y despeinado muchacho de Burbank, California, Estados Unidos, llamado Tim Burton.
Pero sucedió.
Fue un día oscuro y lluvioso en esa ciudad que unos y otros se empeñan en llamar Nueva York aunque ella se sienta extraña bajo ese nombre, cuando una joven llamada Beatriz Costales, de Gijón, Asturias, España, colgó el teléfono tras escuchar una voz demasiado conocida y distante, se dio la vuelta y vio cómo los cabellos blanquecinos de la mujer a quien estaba haciendo compañía se dispersaban por el suelo de la habitación como la nieve en el deshielo. Fue entonces cuando la cogió de la mano sin que aquella anciana, antes bella ahora triste, comprendiera lo que estaba sucediendo y juntas atravesaron todos los códigos que rigen nuestras vidas para introducirlse en la Secuencia 37. Interior. Chalé. Día de Eduardo Manostijeras ante un Johnny Depp en estado de gracia que cortó, ahuecó e incluso tiñó el pelo gris de aquella mujer de un hermoso color caoba que le quitaron diecisiete años de encima. En cuanto terminó, antes de que Tim Burton gritara ¡CORTEN! con su eterna voz de adolescente, Bea se llevó a su nueva amiga de la mano y la dejó en la mecedora donde pasaba las horas, solo unos segundos antes de que el hijo de la anciana, Anthony Carmel entrara en casa para quedarse estupefacto, patidifuso y otros adjetivos polisilábicos y, en señal de agradecimiento, le regalara a Bea un hurón encerrado en una jaula. El roedor bajó con Bea los escalones hasta la calle y hay quien afirma que le oyeron contarlos en su descenso tal y como solía hacer su nueva dueña, mientras que la jaula se quedó en el descansillo de Judith Longviewer, la cajera de Wallmart que en su tiempo libre, aprovechando lo insólito de su apellido, se hacía pasar por vidente.

 


David Barreiro
Periodista


Olaya Pazos
Ilustradora