Otra vez empiezo la columna disculpándome. Faltaría
más. Llevaba sin pasarme por las líneas de Sincolumna
desde mediados de marzo y, aunque en aquella ocasión también
pedía disculpas, poco o nada ha cambiado en este tiempo.
A lo mejor es absurdo ponerme a explicar todas las cosas por las
que he pasado en lo últimos meses y que me han cambiado
la vida, el ánimo y la razón. Quizás es demasiado
desnudarse y a fin de cuentas los más cercanos ya lo saben.
Así que hoy me he levantado de la cama, le he echado un
ojo a la portada de Sincolumna y he caído en la cuenta
de que estamos a punto de cumplir 200 números, ni más
ni menos. 200 números, 200 semanas actualizando este sacrosanto
site de internet donde las opiniones vuelan, el arte se escurre
entre líneas y los amigos siempre están presentes.
Al caer en la cuenta de lo que significan 200 números de
una publicación en internet, sin ningún tipo de
financiación y altruista del todo, también me he
dado cuenta de que era hora de volver. Y aquí estoy, espero
que, salvo fuerza mayor, para quedarme, siempre que mis compañeros
me comprendan. Pues eso, que he vuelto y he vuelto para quedarme.
Vuelvo porque lo necesito, porque las cosas que aquí plasmo
me ayudan a vivir y porque a lo mejor a ti también te hacen
sentir vivo. La música es la coartada, la felicidad es
lo importante. Y aquí he sido feliz, semana a semana, actualizando,
recuperando recuerdos de conciertos perdidos, encarándome
con la sgae y arremetiendo contra todo aquello que no me gusta,
elevando a los altares a mis artistas favoritos y mandando al
infierno a quienes me provocan sarpullidos, he sido feliz sabiendo
que me leías, que esperabas cada lunes mi estúpida
columna cargada de categorizaciones que la mayoría de las
veces ni siquiera compartes. Aún así estás
ahí y por eso vuelvo, porque te quiero Sincolumna.
A Emilo J.B., el volatinero del corazón;
Gorka, el señor de las anécdotas;
David, el escritor de la post modernidad; Paula,
con la música en el corazón; Michi,
entre las butacas; Rosa y su pasión por
el negro sobre blanco; Jaime, y sus clases de
felicidad; y Mon, alegrándonos el lunes
a golpe de pincel. A todos vosotros felicidades por los 200. Como
a todos los que han pasado antes y ya no escriben por aquí
pero sin los cuales habría sido imposible echar esto a
andar: Manolo, el musicólogo; los tres genios de aquel
consultorio sentisexual (Chema, Belén
y Virginia); Blanca y Esteban,
con sus piques futboleros; David Cacho, el hombre
del micro en mano; Imelda fotografiando momentos…
gracias a todos y enhorabuena.
El último párrafo, cómo no, para los cerebros
de este invento: Santi, columnista de pro y superhéroe
enmascarado; Héctor, que puso esto en
pie con esa ilusión que a nadie deja indiferente; Jorge,
contrapunto musical y amigo en la comunicación; y, por
supuesto, Víctor, el jefe invisible del
que siempre hablo, gracias por la paciencia y la comprensión,
por tus resúmenes de la vida, por tu estilo, por colgarme
al minuto mis actualizaciones desde Benicàssim, por estar
pendiente de mí y, sobre todo, por invitarme aquella tarde
a formar parte de esta gran familia que es Sincolumna. Víctor,
puedes sentirte orgulloso porque el niño se hace grande
y yo estoy contigo allá donde vayas y emprendas lo que
emprendas.
Y gracias a los lectores, mil gracias porque esto os lo debemos
a vosotros que aguantáis nuestras neuras y nuestros despistes.
Aquí me quedo… para siempre. En vuestro corazón
de columnistas.