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Rescatar el bolero, reclamar el merengue: los músicos jóvenes que convierten los géneros olvidados en bandera política

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Rescatar el bolero, reclamar el merengue: los músicos jóvenes que convierten los géneros olvidados en bandera política

Hubo un momento, no tan lejano, en que decir que te gustaba el bolero en una reunión de veinteañeros era equivalente a admitir que pasabas los fines de semana viendo documentales sobre la Segunda Guerra Mundial. Era música de otra época, de otra generación, de otro mundo. El merengue era lo que ponían en las bodas incómodas. La cumbia era el soundtrack de las ferias de pueblo.

Algo cambió. Y no fue gradual: fue un quiebre.

Cuando el rechazo al presente se vuelve género musical

Para entender lo que está pasando con los géneros históricos en manos de artistas jóvenes, hay que entender primero el contexto en el que surgió este movimiento. La industria musical de los últimos diez años ha funcionado con una lógica brutal de ciclos cortos: un género explota, se satura en semanas, se descarta y empieza el siguiente ciclo. El reggaetón de los noventa tardó décadas en construirse. El drill latino duró meses antes de que las plataformas pasaran a otra cosa.

En ese entorno de hiperconsumismo sonoro, volver a un género que no tiene fecha de caducidad porque ya pasó por su momento de descarte es, paradójicamente, un acto de libertad. No hay algoritmo que te diga cómo hacer bolero porque el bolero no está en el radar de los analistas de tendencias. Y esa invisibilidad, que antes era una condena, se convirtió en un espacio de experimentación radical.

Los artistas que están reescribiendo el canon

Naty Peluso es quizás el ejemplo más visible de este fenómeno. Su trabajo mezcla cumbia, tango y spoken word de una manera que desconcertó a la industria y conquistó a audiencias que nunca habían escuchado esos géneros con ese lenguaje. Pero Peluso no es un caso aislado: es la punta de un iceberg mucho más amplio y menos documentado.

En México, colectivos de músicos jóvenes están recuperando el son jarocho y el huapango no como ejercicio folclórico sino como declaración de pertenencia territorial frente a la globalización cultural. En Colombia, artistas de menos de veinticinco años están grabando porro y mapalé con producción contemporánea, publicando en plataformas digitales y acumulando seguidores que nunca habían escuchado esos ritmos pero los adoptan como propios.

En el Caribe, el merengue de calle —el que fue perseguido por las élites dominicanas durante décadas por considerarlo demasiado vulgar, demasiado negro, demasiado pobre— está siendo reivindicado por artistas jóvenes que entienden perfectamente su historia política y lo usan como bandera de clase.

La nostalgia como herramienta, no como escapismo

Aquí está el punto crítico que distingue este movimiento de un simple revival estético: estos artistas no están siendo nostálgicos. Están siendo estratégicos.

La nostalgia tradicional mira hacia atrás porque el presente es incómodo. Lo que hacen estos músicos es diferente: usan el pasado como archivo político, como repositorio de identidades que el mercado global intentó borrar y que ellos rescatan con plena conciencia de lo que están haciendo.

Cuando una artista venezolana de veintidós años graba un bolero hablando de migración forzada, no está siendo retro. Está usando un lenguaje musical que su comunidad reconoce emocionalmente para hablar de algo urgente y presente. El género es el vehículo; el mensaje es contemporáneo y urgente.

Esa distinción importa porque cambia completamente cómo se lee el fenómeno. No es escapismo. Es apropiación consciente de una herramienta que el mercado había desechado precisamente porque no podía monetizarla fácilmente.

Lo que la industria no sabe qué hacer con esto

La reacción de la industria musical ante este movimiento ha sido, en muchos casos, de confusión genuina. Los géneros históricos no encajan bien en las listas de reproducción algorítmicas. No tienen el BPM correcto para las playlists de workout. No generan el tipo de engagement que los departamentos de marketing saben medir.

Eso ha generado una situación peculiar: artistas con audiencias reales y leales que las plataformas no saben cómo clasificar ni cómo promover. Algunos han recibido ofertas de sellos discográficos que querían modernizarlos, limpiarlos, hacerlos más digeribles para el mercado global. La mayoría rechazó esas ofertas.

Y aquí está el paralelo con lo que está pasando en el cine y la televisión latinoamericana: el rechazo a la estandarización global no es un obstáculo para el éxito. Es, cada vez más, la condición para construir algo con durabilidad real.

Política sin manifiesto

Ninguno de estos artistas publica comunicados de prensa explicando su postura ideológica. No hacen falta. La decisión de grabar en géneros que el mercado descartó, de cantar en dialectos regionales, de usar instrumentación que no suena a ninguna tendencia actual, es en sí misma una declaración política.

Es decirle a la industria que no todos los mercados son iguales. Que no toda música tiene que sonar igual para ser válida. Que la identidad cultural no es un obstáculo para la carrera artística, sino el fundamento sobre el que se construye algo que dura.

El bolero no murió. El merengue no está en el pasado. La cumbia no necesita que la modernicen para que siga siendo relevante. Solo necesitaba artistas jóvenes que entendieran su valor y tuvieran el coraje de reclamarlo sin pedir permiso.

Y eso, en el ecosistema musical de 2024, es el acto más punk que existe.

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