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Perreo sin permiso: por qué el reggaetón censurado suena más fuerte que nunca

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Perreo sin permiso: por qué el reggaetón censurado suena más fuerte que nunca

Photo: reggaeton concert performance urban music Latin artist stage, via i.pinimg.com

Hay una playlist que no vas a encontrar en la radio del trabajo. Tampoco en las listas que los algoritmos «familiares» de Spotify te recomiendan los domingos por la mañana. Existe en un territorio más salvaje: en los estados de WhatsApp, en los TikToks que desaparecen antes de que los moderen, en los grupos de Telegram donde la gente comparte lo que no debería. Y tiene más oyentes que muchas de las canciones que sí suenan en prime time.

Bienvenidos al reggaetón que la industria oficial prefiere ignorar, aunque viva obsesionada con sus números.

La censura como estrategia de marketing (aunque nadie lo admita)

Seamos honestos desde el principio: en 2024, la censura musical no funciona como en 1985. No hay manera de que una emisora de radio provincial le cierre el paso a una canción que ya tiene 80 millones de reproducciones en YouTube. Lo que sí puede hacer esa emisora —y esto es lo interesante— es darle a esa canción exactamente lo que necesita para multiplicar su alcance: el estatus de «lo prohibido».

Cuando varias cadenas de radio en España y América Latina decidieron no programar ciertos temas de artistas como Quevedo, Villano Antillano o algunas colaboraciones de Bad Bunny con letras que consideraron demasiado explícitas, lo que consiguieron fue dispararles el algoritmo. Las búsquedas se multiplicaron. Los medios digitales escribieron artículos sobre la censura. Los fans convirtieron la polémica en contenido. El resultado: más streams, más presencia en redes, más dinero.

"La radio mainstream ya no tiene el poder que tenía", dice sin rodeos una fuente del sector musical que prefiere no ser identificada. "Cuando bloquean una canción, básicamente están lanzando una campaña de publicidad gratuita. Los artistas lo saben. Algunos lo calculan."

¿Qué se censura y por qué?

La respuesta corta es: depende de quién tenga el poder en ese momento. La historia del reggaetón con la censura es larga y llena de hipocresías. En sus inicios, el género completo fue tratado como música de segunda categoría, asociado con la delincuencia y la sexualidad «inapropiada». Eso no impidió que se convirtiera en el género más escuchado del mundo.

Hoy, los criterios son más selectivos pero igualmente arbitrarios. Hay letras que hablan de violencia y pasan sin problema. Hay canciones que tratan la sexualidad femenina desde una perspectiva de agencia propia y encuentran resistencia inmediata. No hace falta ser analista cultural para identificar el patrón.

Villano Antillano, artista trans puertorriqueña que se ha convertido en una de las voces más potentes del reggaetón alternativo, lo ha explicado con claridad brutal en varias entrevistas: "El problema no es que mis canciones sean explícitas. El problema es que en mis canciones quien tiene el poder soy yo."

Esa distinción importa. El reggaetón con letras explícitas narradas desde la perspectiva masculina tradicional tiene una historia larga de tolerancia en los mismos espacios que bloquean propuestas que subvierten ese punto de vista.

TikTok, el gran ecualizador

Si hay una plataforma que ha reconfigurado completamente la relación entre el reggaetón «censurado» y el público masivo, esa es TikTok. Su algoritmo no distingue entre lo que aprueba la radio y lo que no. Solo mide engagement: tiempo de visualización, repeticiones, comentarios, shares.

El resultado es que canciones bloqueadas en emisoras convencionales pueden construir una base de fans masiva a través de trends, challenges y duetos antes de que ningún programador de radio haya tomado una decisión al respecto. Para cuando el tema llega a las listas oficiales, ya lleva semanas siendo el soundtrack de millones de videos.

Este mecanismo ha sido especialmente poderoso para artistas emergentes que no tienen acceso a los canales tradicionales de promoción. Sin sello discográfico, sin relaciones con programadores, sin presupuesto para videoclips de producción millonaria, varios artistas han construido carreras completamente funcionales desde la «periferia» del sistema.

Los artistas que ganaron jugando fuera del sistema

El caso más citado en los últimos años es el de Peso Pluma, cuya mezcla de corridos tumbados con elementos urbanos generó resistencia en ciertos mercados antes de convertirse en fenómeno global. Pero hay decenas de historias menos visibles que siguen el mismo patrón.

Artistas colombianos, dominicanos y puertorriqueños con bases de fans de millones en plataformas digitales que todavía no tienen acceso regular a la radio mainstream en España o en los mercados más formalizados de América Latina. No porque su música sea de menor calidad: simplemente porque no encajan en la imagen que ciertas emisoras quieren proyectar.

Lo paradójico es que esos mismos artistas generan, en muchos casos, más ingresos por streaming que varios de los nombres que sí suenan en prime time. La economía del streaming no castiga la polémica. En muchos casos, la premia.

El negocio de lo escandaloso

Aquí es donde la conversación se vuelve más incómoda, y por eso más necesaria. La polémica en torno al reggaetón «prohibido» no existe en un vacío: es parte de una maquinaria que beneficia a todos los involucrados, incluyendo a quienes aparentan oponerse.

Los medios que cubren la censura aumentan su tráfico. Las plataformas de streaming ven subir sus números. Los artistas consolidan su imagen de rebeldes auténticos. Y las radios que bloquean ciertos temas pueden presumir de «responsabilidad» frente a sus anunciantes más conservadores sin perder demasiado.

Eso no significa que todas las polémicas sean fabricadas ni que la censura no tenga consecuencias reales, especialmente para artistas de comunidades marginadas que no tienen el capital para convertir el escándalo en relaciones públicas. Pero sí significa que hay que mirar el sistema completo antes de tomar partido.

El sonido que no para

Mientras esta columna se escribe, hay canciones siendo subidas, bloqueadas, compartidas, reportadas y viralizadas en tiempo real. El reggaetón sigue siendo el género que más incomoda a quienes creen tener autoridad para decidir qué música merece existir en el espacio público.

Y sigue siendo, también, el género que menos necesita ese permiso.

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